La innovación tecnológica en los últimos 60 años recibió un impulso sin precedentes. Esto ha posibilitado que tecnologías en principio caras, complejas y orientadas a un público determinado, sean hoy baratas, sencillas y fácilmente utilizables en la vida cotidiana.

Este constante desarrollo tecnológico sumado a la lógica del mercado, genera un permanente recambio de los artefactos eléctricos y electrónicos que se consumen de manera doméstica. Las nuevas funcionalidades y modelos de los aparatos; la mayor accesibilidad por la disminución de los costos y la oferta constante de “la novedad”, hacen que estos productos se tornen obsoletos con mayor rapidez.



Debido a esto, la otra cara de este “boom” de consumo masivo de aparatos eléctricos y electrónicos es la explosión en la generación de basura electrónica, la que contiene sustancias químicas tóxicas y metales pesados y, al mismo tiempo, materiales valiosos como oro, plata, platino o cobre.

En Argentina, se estima que cada habitante genera 3 kilogramos de basura electrónica por año.

El despegue de las ventas y del consumo de los electrónicos en Argentina se produjo luego de la crisis económica de 2001-2002: primero creció considerablemente el consumo de computadoras personales y luego, en 2004 se disparó la venta de teléfonos celulares.

Según el informe de Greenpeace: “El lado tóxico de la telefonía móvil” se estima que cada año se descartan 10 millones de celulares. Más del 30 por ciento de estos aparatos termina directamente en rellenos o basurales. 

Los televisores son otros de los aparatos que están liderando las ventas y engrosando la fracción de basura electrónica en el país. Los factores que han contribuido a que esto ocurra han sido: en 2010, el mundial de fútbol de Sudáfrica y los planes de financiación de las cadenas comerciales de electrodomésticos, pero sin duda el gran impulso al recambio de aparatos estará dado por la irrupción de la televisión digital, generando una explosión de basura electrónica en un país que aún no cuenta con una infraestructura de recolección, reutilización y reciclado de esta clase de “residuos”.

La velocidad con la que esta montaña de productos electrónicos obsoletos está creciendo generará una crisis de enormes proporciones a menos que las corporaciones de la industria electrónica, que obtienen ganancias por fabricar y vender estos aparatos, asuman su responsabilidad.

Durante 5 años Greenpeace impulsó  una ley nacional de gestión de residuos de aparatos eléctricos y electrónicos bajo la responsabilidad extendida del productor, que obliga a los fabricantes a hacerse cargo de los residuos de sus propios productos e impulsa un sistema de mejora en la fase de producción que elimina las sustancias tóxicas en los aparatos y una disminución en el consumo.

Sin embargo, en 2012 la La Ley de Basura Electrónica perdió estado parlamentario debido a la negativa de los Diputados del Frente para la Victoria a darle tratamiento en el Congreso de la Nación.

Con el objetivo de sacarles toda responsabilidad a las empresas por la contaminación que sus productos generan, la Ministra de Industria de la Nación, Débora Giorgi, frenó el proyecto de ley.

Las empresas son las responsables directas de la contaminación que producen pilas, baterías, teléfonos celulares, impresoras, lámparas de bajo consumo, computadoras, etc., una vez que termina su vida útil.

Estas mismas fabricantes ya se hacen cargo del reciclado de sus propios productos en muchos otros países. En Argentina, en cambio, con complicidad del Gobierno Nacional y los Diputados del Frente para la Victoria, las compañías internacionales y locales quieren evadir esta responsabilidad.

Por eso, hoy la única solución no es tirar los residuos sino llevarlos a las Cámaras que agrupan a estas compañias para que los reciclen.

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