Situación Argentina | Greenpeace Argentina

Situación Argentina

Página - 14 diciembre, 2010
En nuestro país, el desarrollo nuclear estuvo ligado profundamente a los gobiernos militares que hemos padecido; hoy, atados a ellos, se revelan innumerables intentos de desarrollo militar. Más allá de los discursos en tiempos de democracia, en nuestra región, el intento de gobiernos progresistas de continuar el desarrollo de emprendimientos asociados a la industria nuclear sigue vigente.


 

La sustentabilidad energética no implica únicamente el vínculo entre producción energética y medio ambiente, sino que incluye como premisa básica la idea de soberanía energética: es patrimonio de los pueblos decidir sobre su futuro energético. Esta idea responde a la construcción de un contexto de equidad en la distribución de los recursos energéticos, y de mecanismos democráticos en la resolución de las políticas energéticas.

Nuestro país necesita desnuclearizarse para permitir crecer una nueva matriz energética: se deben suspender los proyectos de expansión de la actividad nuclear ya que son gigantescas fuentes de dilapidación de recursos económicos escasos del Estado Nacional.

El suministro eléctrico puede ser fácilmente cubierto por fuentes renovables de las que Argentina posee en abundancia. Cada kWh producido por energía nuclear es de un costo económico mucho más elevado que cualquier otra fuente energética. Sucede que se ocultan esos costos a través de los subsidios y permanentes erogaciones del Estado Nacional que cubren las deficiencias económicas y pasivos ambientales en toda la cadena de producción nucleoeléctrica: minería de uranio, fabricación de combustibles nucleares, operación y mantenimiento de centrales atómicas y absorbiendo el pasivo económico y ambiental de los residuos nucleares e instalaciones que quedarán en desuso.

Esa enorme cantidad de recursos económicos y técnicos podrían ser dirigidos al desarrollo de proyectos energéticos renovables con un impacto mucho mayor en términos de generar una industria que posee todas las cualidades para ser económicamente viables, con un potencial enorme en materia de generación de empleos.

La insistencia en continuar subsidiando a la energía nuclear es una demostración cabal de la ausencia de nuevas ideas en el sector energético del sector gubernamental y político.
 

ATUCHA II y el avance nuclear en Argentina    

Actualmente en nuestro país se encuentran funcionando dos centrales nucleares (Embalse y Atucha I), se está terminando de construir Atucha II y recientemente se aprobó el proyecto de construir una cuarta central nuclear.

 

El mayor ejemplo de despilfarro e ineficiencia del sector es la finalización de la Central Atómica de Atucha II. Si el Poder Ejecutivo logra concluir la obra, Atucha II será la central nuclear más cara del planeta. La obra terminará costando más de 4.000 millones de dólares. Tendremos una fuente energética cuyos costos jamás serán recuperados ni con toda la generación del actual sector nuclear.
Esta historia arranca 30 años atrás.

La decisión de construir Atucha II, la tercera planta atómica de la Argentina, fue adoptada durante la dictadura militar en los últimos años de la década del ’70, como parte de un plan de desarrollo atómico que hoy ya no existe.
 
Precisamente ese diferente contexto tecnológico es lo que desde la Agencia Internacional de Energía Atómica (IAEA) y ahora desde la propia Autoridad Regulatoria Nuclear (ARN) se ha señalado que el diseño de Atucha II es absolutamente impropio en la era post-Chernobyl, etapa en que la revisión de diseños y mejoramiento de los sistemas de seguridad tuvieron una enorme inversión y desarrollo.

Los contratos para la construcción de Atucha II fueron firmados en mayo de 1980 y ratificados por la Junta Militar en julio de ese año. Las obras comenzaron en marzo de 1981 y alcanzaron casi su estado actual de avance durante los años 1982 y 1983. La decisión de construir Atucha II fue claramente parte de un programa nuclear cuyo objetivo central era político y militarista, no un programa energético. Cuando acaba el gobierno militar, a finales de 1983, comienzan los problemas para continuar esta obra.
 
La propia decisión tecnológica para Atucha se fundamentó en razones de estrategia de negocios de la dictadura militar, eso motivó la elección de la Siemens KWU para construir un reactor, cuya única experiencia en Alemania había sido un prototipo de 57 MW que funcionó desde 1966 hasta 1984 y en Atucha I. Esa línea tecnológica fue desarrollada por Siemens y utilizada comercialmente por Argentina únicamente.

Para complicar las cosas, Siemens, el diseñador original del proyecto, abandonó el negocio nuclear hace años y ahora no existe un proveedor que pueda hacerse cargo de su finalización. Quienes acordaron con el Gobierno hacerse cargo de ese complejo paquete es la canadiense AECL, que no tiene experiencia alguna en reactores como Atucha II, pero lo hará porque ya negoció la venta de un par de nuevos reactores canadienses al Gobierno Nacional.

Atucha II ha significado un inmenso agujero por el que se han ido miles de millones de dólares, y lo seguirá siendo mientras siga vigente esta anacrónica fascinación por lo nuclear. Además todos estos años de parálisis han implicado un costoso sistema de mantenimiento que totaliza unos 25 millones de dólares anuales. Si se quiere finalizar la obra las cifras no pararán de crecer, si sumamos las inversiones en el mantenimiento del ciclo del combustible nuclear (desde minería hasta la gestión de los residuos radiactivos) contabilizar todas esas actividades mostraría el tamaño del disparate económico del que estamos hablando.

Los gastos de Atucha II formaron parte de una serie de desmesuras cometidas dentro del denominado Plan Nuclear Argentino durante la dictadura militar y que produjeron que a fines de 1983 la deuda externa contraída por la CNEA representase el 13% de endeudamiento del país. Concluir el proyecto significa aumentar ese desatino y asumir un temerario riesgo tecnológico al no contar siquiera con los proveedores originales.

El costo de cada kilovatio instalado rondará la cifra de 6.000 dólares, una de las centrales eléctricas más caras del planeta. Si se lo compara con otras opciones convencionales o con iniciativas energéticas renovables y limpias, como la energía eólica, las comparaciones muestran la magnitud del error. También se ha dicho que finalizar la planta es más barato que cerrarla. No es verdad, los costos de cerrar el proyecto fueron sobrestimados por la CNEA para alcanzar una cifra similar a su terminación y así forzar la continuidad de las obras, pero terminar Atucha II sale por lo menos unas 20 veces más que cerrar el proyecto.
 
Atucha II es un proyecto equivocado, de alto riesgo, caro, tecnológicamente obsoleto, un pesado legado de la dictadura militar. Querer reflotar este proyecto a raíz de la crisis energética es un error, hay modos mucho más eficaces de encarar la crisis y de invertir el dinero del Estado. Es preciso hacer un giro en las inversiones. No podemos seguir subsidiando tecnologías peligrosas y con escaso futuro mientras que las energías renovables no poseen ningún tipo de apoyo. Aún el reciclado de la obra eléctrica y civil de Atucha II para convertirla a gas, hubiera resultado un modo más eficaz y rápido de tener energía de un modo más barato que las plantas térmicas que hoy se están construyendo. Si prevaleciera el criterio de producir energía del modo más eficiente, más limpio y con mayor potencial a futuro, no deberíamos distraer un solo centavo más en la vía nuclear.

A la finalización de atucha II, también hay que remarcar el peligro que implican los actuales anuncios sobre el financiamiento del complejo tecnológico de la Comisión Nacional de Energía Atómica en Pilcaniyeu, provincia de Río Negro, y las iniciativas que pretenden extender la vida útil de la central atómica de Embalse y avanzar con la construcción de la denominada cuarta central que también se emplazaría en la localidad de Zarate.

La energía nuclear es una industria que con más de 50 años aún no puede desarrollar un solo proyecto sin contar con inmensos subsidios del Estado, mientras no existe ningún tipo de apoyo a las energías renovables, como es el caso de la energía eólica, la fuente energética más dinámica a nivel mundial.

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