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“Hoy en día, ningún sector es portador de un discurso convincente que permita suponer que el riesgo para la seguridad alimentaria a escala global pueda ser mitigado.”

Juan Carlos Villalonga
Director Político
Greenpeace Argentina

La enorme expectativa generada en torno al uso de los biocombustibles está estrechamente vinculada a los intereses económicos del sector agropecuario. Esto no tendría nada de malo si no fuera porque se soslaya sistemáticamente la dimensión ambiental, social y energética de este potencial negocio.

Desde el punto de vista social hay una disyuntiva que nadie puede minimizar:
si la producción de biocombustibles se focaliza en cultivos energéticos que son al mismo tiempo materias primas para la industria de la alimentación, la expansión de éstos arrastrará inexorablemente los precios de tales comodities a la suba, lo que impactará en los costos de los alimentos a escala global. No hay modo de eludir semejante impacto. La pregunta entonces es: ¿Se podrá minimizar? ¿Se podrá neutralizar?

Hoy en día, ningún sector es portador de un discurso convincente que permita suponer que el riesgo para la seguridad alimentaria a escala global pueda ser mitigado. Algunos podrán apostar a la ingenua teoría del “derrame” y entonces se confiará en que mejores precios harán más prósperos a los productores agropecuarios y esto a su vez beneficiará a la sociedad en su conjunto, especialmente a los más vulnerables. Lo cierto es que existen unos 823 millones de hambrientos crónicos en el mundo. Todas las ecuaciones indican que un aumento en los precios de los alimentos básicos agravará la situación y neutralizará los esfuerzos por reducir las cifras de la pobreza y el hambre a nivel mundial.

Dentro del campo de los biocombustibles, la dimensión ambiental resulta ser una de las más débiles, ya que es considerada a partir de suposiciones simplistas, pero lo cierto es que la materia es mucho más compleja de lo que se piensa y con resultados muy diversos. Mientras algunos cultivos presentan un potencial de reducción de emisiones de gases de efecto invernadero que puede resultar atractivo, muchos otros son irrelevantes en ese sentido. Las opciones de biocombustibles en base a soja y maíz están entre las opciones más pobres en ese sentido. Son múltiples las cuestiones ambientales que se deben ajustar. Mientras la soja siga siendo un motor de destrucción de bosques nativos en la Argentina, el balance ambiental de un biodiesel en base a ese cultivo es claramente negativo e inaceptable.

En términos energéticos se ha puesto la prioridad en producir biocombustibles líquidos para el transporte en base a cultivos energéticos. Cuando se evalúa el potencial energético de la biomasa o las múltiples opciones que nos ofrece la bioenergía se puede comprobar que existen numerosas opciones más eficientes y que prácticamente no implican ninguno de los riesgos antes mencionados. Las opciones se encuentran desde la producción de biogás a las tecnologías de “segunda generación”- que permiten utilizar residuos forestales y agrícolas- y desde la producción de combustibles en base a cultivos no tradicionales al uso tradicional de la biomasa pero con modernas tecnologías de combustión. Uno de los aspectos que sobresale cuando se evalúa la bioenergía con mayor amplitud, es que se puede comprobar que los usos estacionarios, es decir la bionenergía utilizada para producir electricidad o generar energía térmica, presentan mejor eficiencia energética y ambiental.

Mucho se ha hablado de las metas que han adoptado algunos países o regiones del mundo industrializado. Sin embargo vale destacar que, por ejemplo, en el caso europeo, si bien se ha adoptado una meta para alcanzar casi un 6% de uso de biocombustibles en el transporte para el año 2010, el objetivo para ese mismo año en materia de bioenergía para otros usos - básicamente electricidad y calor- es 7 veces más importante que para el transporte.

El aporte energético de la biomasa es mucho más significativo en sus aplicaciones industriales o en generación de energía eléctrica, más allá de la actual visión dominante en la Argentina, en la cual los biocombustibles son sinónimo de etanol en base a maíz y biodiesel en base a soja. Es necesario ampliar esa visión y sumar al análisis económico de los productores agropecuarios una dimensión ambiental y energética, aspecto soslayado en el debate tal como se presenta hoy día.


Esta nota salió publicada en la edición del 25 de agosto de 2007 en el Diario La Nación


PARA MÁS INFORMACIÓN:
Juan Carlos Villalonga: juan.carlos.villalonga@ar.greenpeace.org