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Aunque la bioenergía podría ser una solución a la dependencia mundial de los combustibles fósiles, la demanda excesiva de cultivos para su producción puede transformarse en un grave problema mundial.

Ante la gravedad de las consecuencias del  cambio climático, los biocombustibles se están presentando a nivel mundial como la solución que permitiría dejar de depender de los combustibles fósiles (carbón, petróleo, gas) y pasar a utilizar otros elementos en apariencia más amigables con el medio ambiente.

Sin embargo, Greenpeace advirtió en su informe “Bioenergía: oportunidades y riesgos” que los impulsores de estos usos de la biomasa evitan aclarar que el crecimiento en la demanda de las materias primas como la soja y el maíz  puede conllevar un aumento desmesurado de la deforestación para obtener nuevas tierras de cultivo. En este sentido, los países que se verían más afectados son aquellos que cuentan con territorios y climas propicios para este tipo de actividades.

La biomasa ha tenido un papel importante en el suministro energético a escala global y regional desde hace tiempo. En la actualidad representa cerca del 10% del total de la energía consumida en el mundo. Las tecnologías para hacer uso de la energía contenida en la biomasa son diversas y no son explotadas con la misma intensidad. Por lo general sus usos tradicionales han sido perjudiciales para el medio ambiente, como ocurre con el uso de la leña obtenida de prácticas forestales destructivas, y la salud humana, cuando se utilizan sistemas de combustión ineficientes en sitios poco ventilados o cerrados.

La mayor preocupación se debe a los posibles impactos ambientales y sociales que pueden estar vinculados al incremento del uso de la bioenergía. En especial, aquellos que están asociados al desarrollo a gran escala para ser utilizada en el transporte. Mucha de la información relacionada con sus posibles efectos es confusa e incompleta, a esto se suma que los recursos disponibles y el potencial para desarrollar aplicaciones amigables con el clima y la biodiversidad varían en las diferentes regiones del planeta.

Todo hace suponer que en el corto plazo la mayor parte de los biocombustibles líquidos se obtendrán de cultivos como la colza, el maíz, la soja o la caña de azúcar.

Hasta el momento, no está demostrado que este tipo de biocombustibles posea un balance energético positivo ya que en su producción se utiliza una gran cantidad de energía en el laboreo de la tierra, la cosecha y el procesamiento del cultivo.

Algunos biocombustibles derivados del cultivo de granos, como el etanol obtenido de la caña de azúcar, pueden contribuir a reducir las emisiones de gases de efecto invernadero pero deben ser obtenidos a partir de prácticas agrícolas sustentables que no ocasionen la destrucción de ecosistemas y no ponga en riesgo la soberanía ni la seguridad alimentaria de ningún país, especialmente, aquellos que están en vías de desarrollo.

Por su parte, el bioetanol en base al maíz y el biodiesel basado en la soja tienen un balance energético pobre que, en el caso de la soja, se agrava porque su cultivo ha impulsado la deforestación, lo que ha provocado un aumento de las emisiones por pérdida de masa forestal, situación que acentúa el problema ambiental.

Otro de los problemas que podría acarrear este tipo de cultivos es la competencia entre las tierras destinadas a la producción de alimentos y las que deberán utilizarse para la producción de biocombustibles. Si bien todavía estos cultivos no han puesto en peligro la oferta global de alimentos, el impulso que Estados Unidos dio al etanol hizo que el maíz superara su techo histórico en los precios y se estima que esto es el comienzo. Se prevé que el precio del maíz se elevará en un 20 por ciento para el 2010 y un 41 por ciento para 2020. Las semillas oleaginosas: soja, colza y girasol serán un 26 por ciento más caras para 2010 y un 76 por ciento para 2020. Cada vez que los alimentos aumenten en un 1 por ciento, casi 20 millones de personas verán su seguridad alimentaria amenazada.

Como contrapartida al uso de este tipo de biocombustibles se encuentran los combustibles de segunda generación que permiten el uso de materiales orgánicos ricos en celulosa como la madera, los tallos y los residuos de cosechas que son mucho más abundantes que los cultivos de granos y pueden recolectarse con menor interferencia en la economía de los alimentos y menores restricciones en el uso del suelo y el agua.

Las plantas de rápido crecimiento como el sauce, los álamos y eucaliptos y las pasturas perennes serían algunos de los insumos adecuados para este tipo de biocombustibles. Además, se pueden utilizar los residuos de una agricultura sustentable y de la actividad forestal. La utilización de estos insumos evitará la destrucción de ecosistemas de alto valor y no provocará conflictos en el uso de la tierra.

Para Greenpeace los biocombustibles representan un posible sustituto a los combustibles fósiles y, aplicados junto a otras estrategias, como la mejora en la eficiencia de los vehículos, permitirían lograr un sistema de transporte a nivel mundial diversificado y sustentable.

De todos modos, esto podrá llevarse a cabo si las políticas de promoción y desarrollo se establecen sobre bases correctas en las que se considera no acentuar las desigualdades sociales, en especial entre países desarrollados y en desarrollo; dar prioridad a las necesidades locales por sobre el comercio global y lograr que el comercio en relación con la bioenergía no provoque impactos negativos en materia ambiental ni social ni debilitar la seguridad alimentaria y la soberanía.

PARA MAS INFORMACION:
Rosario Espina: rosario.espina@ar.greenpeace.org