“Terminamos un año más en el que los problemas de fondo siguen sin afrontarse, en el que las estrategias se proponen sólo para el corto plazo y en el que, una vez más, hemos perdido la posibilidad de encaminar seriamente algunas de las tantas discusiones pendientes en materia ambiental”.
Mientras se pregona que el medio ambiente es “una política” de Estado, la realidad se empeña en seguir indicando exactamente lo contrario. Cada vez más conflictos derivados de la precariedad existente entre el entorno y sus habitantes hacen eclosión por el alto grado de tensión que deriva de la falta de respuestas, de estrategias, de consensos, en definitiva, de políticas, en un sentido amplio y generoso. Los vecinos del Tigre alertan sobre un nuevo proceso de contaminación similar al del Matanza-Reconquista en unas de las zonas turísticas más emblemáticas de la región; los ciudadanos de Gualeguaychú terminan el año esperando respuestas en un conflicto que, lejos de encaminarse aparece cada vez más desmadrado; los vecinos de Caballito reclaman algún criterio que permita planificar un desarrollo urbano integrado; en los bosques nativos continúan los desalojos y los desmontes mientras los diputados se enredan en una discusión ridícula alrededor de la Ley de Presupuestos Mínimos para la Protección de los Bosques Nativos; y, para revertir la crisis energética, el Gobierno propone construir una central a carbón, uno de los combustibles más sucios, atrasados y contaminantes que existe en el mundo.
En este contexto, terminamos un año más en el que los problemas de fondo siguen sin afrontarse, en el que las estrategias se proponen sólo para el corto plazo y en el que, una vez más, hemos perdido la posibilidad de encaminar seriamente algunas de las tantas discusiones pendientes en materia ambiental. Esperamos que el año próximo –elecciones mediante- las agendas electorales logren ver más allá del cortoplacismo crónico con el que suelen definirse y entiendan que afrontar la solución de los grandes problemas ambientales no es un enunciado políticamente correcto, con el que nadie podría disentir. Muy por el contrario, enfrentarlos requiere de un alto grado de incorrección política, hablar claro y denunciar con nombre y apellido. La corrección en política, se sabe, sigue siendo uno de los nombres de la cobardía.