Hace poco más de un mes me he convertido en Director de la Oficina de Greenpeace en Chile. Antes de participar de esta necesaria aventura era parte del staff del Ministerio de Vivienda y Urbanismo, y trabajaba elaborando estudios e indicadores para apoyar la construcción de hábitat más humanos, sustentables y justos.

En lo grueso el foco de mi trabajo no ha cambiado. La meta sigue siendo la misma. Hoy somos testigos de cómo las luchas contra el hambre, la miseria y la injusticia tienen un correlato evidente en las luchas por un medio ambiente para todos, en donde se respete el derecho a la vida, a la alegría, ala solidaridad y a la justicia.

Construimos Hábitat cada día. Con cada una de nuestras acciones damos tono a nuestro entorno. Nuestras relaciones con otros, con el medio, nos definen y dan forma a nuestra sociedad. El escenario ambiental de Chile es complejo y requiere una discusión profunda en la que los actores involucrados tengan derecho a voz y a voto.

Evidente es que necesitamos inversión privada para permitir el desarrollo. Sin embargo en el escenario que asumo lo que hoy está en juego es la soberanía de la nación para establecer reglas del juego que favorezcan la incorporación de energías sustentables, renovables y enmarcadas en proyectos amistosos con su entorno. Las presiones y campañas emprendidas por aquellos que no tienen otra motivación que el propio lucro, se enfrentan a legislaciones aún incompletas que no defienden los intereses de la mayoría.

Nuestra consigna ha de ser la solidaridad por sobre todo. No es posible la equidad si no existe un marco de justicia que la proteja y garantice. No se trata de ser o no mas verdes; se trata del planeta que habitamos, de las consecuencias que tienen nuestras decisiones hoy en otras partes del globo y en el futuro inmediato. La irresponsabilidad de no asumir estos desafíos tiene consecuencias catastróficas demostradas. Se trata de decidir ahora cómo haremos para lograr el desarrollo que nos hemos propuesto, sin que nadie se aproveche de nosotros para hacerlo.

Necesitamos centrar nuestra mirada en la sustentabilidad. La lucha contra las condiciones que producen y mantienen la pobreza aún no termina, y las decisiones en materia de planificación territorial y medio ambiental exigen tenerla en perspectiva. Particularmente cuando sabemos que el precio de la energía eléctrica para calefacción, cocina y uso doméstico es de los principales aspectos a considerar en el perfil de consumo de los primeros quintiles de la nación. En la jerga de la política pública es evidente que debemos considerar dentro de las vulnerabilidades aquellas que tienen su origen en las desigualdades e injusticias ambientales y sus mercados inmediatos.

¿Cuánto cuesta destruir un ecosistema para instalar una represa, una central, una ciudad?
Consumidores, ciudadanos, víctimas son caras de una misma moneda.

¿Qué planificación queremos impulsar para favorecer un desarrollo como nación, limpio y sustentable? Aquí el desafío. Otro mundo justo y solidario es posible, y ya estamos dando esa pelea por ello. Únete a nuestro compromiso.

Abrazos a todos y nos vemos pronto.