Amchitka

El viaje de fundación

Página - 19 diciembre, 2010
Bob Hunter navegó en el primer viaje de Greenpeace en 1971 hacia Amchitka, en las Islas Aleutianas, para tratar de detener una prueba de armas nucleares desarrollada por Estados Unidos. Cuando estaban a medio camino de su destino, Richard Nixon anunció el retraso en un mes de la prueba. La mayor parte de la tripulación se quedaba sin dinero o tiempo de vacaciones y un mordaz debate se llevó a cabo, ¿continuar o volver atrás? Esta es la historia de Bob sobre lo que pasó.

Extracto de "The Greenpeace to Amchitka"
Por Bob Hunter publicado por Arsenal Pulp Press, Canada
http://www.arsenalpulp.com
ISBN: 1-55152-178-4

Reproducido con permiso JUNIO 2004

La vida en un viaje de Greenpeace siempre está compuesta por variadas personalidades, opiniones fuertes, buenos y malos momentos. Obviamente en este punto, Bob no estaba con el mejor de los ánimos, y eligió una novela (una forma no violenta, pero no necesariamente no ofensiva) para demostrarlo.

Cuando volví de la expedición a Amchitka y me siento a escribir un libro acerca de ello, estaba convencido de que habíamos perdido, estaba enojado. La mejor oportunidad que nunca tendríamos para realmente interferir en los ensayos nucleares, y nosotros pasábamos por la estupidez y falta de nervios, por decirlo de modo amable. Frustración en el camino a Amchitka, fue el título que se pasaba por mi mente, y mi fracaso de voluntad personal fue un factor importante en esa frustración. Lo que es peor, yo tenía miedo de que me había lanzado inconscientemente en la lucha para continuar con el viaje. Tendría que vivir con eso hasta que muriese o el mundo estallase, lo que ocurriese primero.

También estaba frente al dilema de la escritura más grave de mi vida. Desde mi infancia, cuando había comenzado a escribir ciencia ficción en la escuela, había estado buscando la "experiencia". Al igual que todos los intensos escritores jóvenes, tenía mucho que decir, pero más bien poco contexto para presentar mis pensamientos. Había leído un poco, pero no habían ocurrido plagas o cruzadas o guerras recientes en mi propio terreno. Aun cuando la gran inundación del Río Rojo azotó en 1950 y mi familia fue evacuada antes de que los diques se rompieran. La aventura de la vida había sido difícil de encontrar en la clase obrera de Winnipeg, luego de la guerra, un periodo en el cual Canada estaba apagado, como se pueden imaginar. El tipo de aventuras que yo experimenté mientras crecía, fueron de lo romántico común, de viajes o de variantes cercanas en mi infancia. He acampado solo algunas veces en el bosque boreal, "mochileado" en el oeste de Canada y Europa, me casé y fui padre de dos hijos, me embarqué en una interesante carrera de periodismo y he publicado tres libros. Pero hasta ese fatídico viaje en el otoño de 1971, nada me había sucedido como para que hubiese aparecido y hubiese sido esencial escribir sobre ello, aunque sólo sea por mi propia comprensión de la vida. Y ahora que me sucedió, me vi obligado a no escribir sobre ello, por el bien de la causa.

El problema era que yo me había unido. A qué exactamente me había unido aún no se esclarecía -aún me faltaba definirlo- pero había dejado definitivamente de estar en el exterior observando hacia el interior, más bien estaba en el interior observando hacia afuera. Había comenzado como un columnista de periódico, el último ismaelí desconocido,  acostumbrado a ser responsable de nada excepto la autenticidad de mis ideas y palabras. “Dilo tal cual es”, fue el credo de la contracultura escrita, y mi mantra personal. Derepente me encontré en el círculo interno de una organización política naciente, con un poco de poder potencial en la mano, que al mismo tiempo parecía con el poder de cambiar el curso de la historia. Todo lo que tenía que suceder era que el MV Phyllis Cormack, también conocido como Greenpeace, llegase a la Isla de Amchitka y se quedara allí bajo del aroma de una bomba de ensayo nuclear con nombre en código Cannikin. ¿Cuánto más simple podría ser?

Sin embargo, todo se jodió.  Nosotros nunca logramos ir en la dirección que queríamos ir, o estar en el lugar queríamos estar. Y luchamos amargamente entre nosotros al respecto. Todo lo que se hizo o dijo fue aspirado en una lucha abrumadora por el poder. Aquí estábamos, supuestamente salvando el mundo a través de nuestro ejemplo moral, emulando a los cuáqueros, nada menos, cuando en realidad nos pasamos la mayor parte de nuestro tiempo discutiendo el uno con el otro, chocando egos. El grupo estaba fatalmente dividido de principio a fin. Como todos los escritores desde Homero, podrían decirles, ésta era la historia: El conflicto interno. Pero al haber aceptado, al principio del juego, la “regla de la unidad” - algo así como: “Me comprometo a estar dentro del grupo sin importar lo que suceda”, que parecía como un salto audaz hacia la solidaridad con el movimiento en el momento - yo me había amordazado con eficacia como reportero e historiador. Fue una compensación; pero yo había comprado parte de ella, así que no me podía quejar. Llegué a ser parte del consenso, mi propia mano delgada en la rueda de la toma de decisiones sobre el destino del curso de Greenpeace, y por lo tanto, su destino, pero como cualquier otro político, tendría que estar de acuerdo de no estar en desacuerdo en público. Yo no estaba de acuerdo, como se vio después, con casi todo lo que se hizo, pero tenía que mantener mi boca cerrada. ¿Cómo, por tanto, escribir un libro? Un libro autorizado, que siguió la línea del partido y aún así dijo la terrible verdad. Que nos habíamos jodido.

Tres décadas más tarde, su barba gris, ahora blanca, Jim Bohlen me confesó a partir de un trago que había dado las órdenes de vela a nuestro capitán en secreto durante el viaje. Como el tipo que firma los cheques y como el presidente del “Comité No Provoques un Maremoto”, que había alquilado el barco, Bohlen tenía la autoridad legal para hacer eso, pero en lugar de decir que él era el jefe, y que Greenpeace y la acción de protesta por lo tanto se ejecuta como un poder jerárquico de antigua estructura, él jugaba para mantenernos como jóvenes radicales miembros de la tripulación bajo control. Una de ellas era la promesa de que el barco se dirigiría por consenso; cada uno de nosotros tenía el poder de veto. Esto fue considerado como la última forma de compartir el poder en ese momento, y yo, por mi parte, lo respetaba.

Pero todo era una farsa. Las decisiones tomadas, Bohlen las hizo. Y las hizo después de que el resto de nosotros había vuelto a nuestras literas. En el momento en que escribí mi manuscrito, inmediatamente después del viaje, no tenía ni idea de lo que Bohlen había hecho detrás de las escenas. Cualquier día el recorrido de los barcos, en lugar de ir en la dirección que habíamos acordado en nuestra reunión de la noche anterior, se convirtió en un misterio para mí. Bohlen nos había desconcertado completamente. Ahora le saludo su astucia, la madurez y la prudencia. Probablemente hubiésemos muerto si él no asumía el control. Pero en aquel entonces, tracé y confabulé para derrocarlo como líder porque estaba “intimidando”. Ben Metcalfe, co-conspirador de Bohlen en la trama de llevarnos a casa con vida, otro veterano de guerra maduro a bordo, y el autor intelectual de la campaña a través de los medios de comunicación, no veía ninguna razón para ponernos en riesgo de cometer suicidio en masa, y me burlé de él por haber “perdido”. Pero este hombre había luchado en la Guerra del Desierto contra Rommel, se había resistido a las órdenes de la RAF para bombardear a los seguidores de Gandhi, y fue muy por delante mío en términos de esa cosa esquiva llamada experiencia, que nunca hubo ninguna duda de que en asuntos de vida o muerte él iba a superar a la amotinada, pero ingenua, facción joven. Era un viejo pillo sobreviviente. Un genio, ahora me doy cuenta. Al final, he estudiado a sus pies.

El hombre que en última instancia determinó el destino de ese primer viaje de Greenpeace, fue John C. Cormack, el capitán y propietario, que había aceptado el trabajo de navegar en su barco de pesca en una zona de ensayos nucleares sólo por desesperación económica, un hecho del que nunca se habló mucho. En retrospectiva, es interesante recordar lo que Cormack hizo y no hizo en el momento crítico. Salvó su barco y a nosotros junto con él. Y a todos orgullosos, por lo menos lo suficiente como para volver a casa.

El momento clave del viaje se produjo un día antes de que regresáramos a Vancouver. Mientras todos nos sentamos en la cocina desplomados, Bohlen, enojado, anunció que iba a cerrar el “Comité No Hagas Un Maremoto” tan pronto como tuviese oportunidad. Era un grupo ad hoc y de hecho hizo sus cosas. No hagas eso, le dije. ¿Por qué perder todo el capital puesto en los medios de comunicación? Repliega la comisión, seguro, pero reconstitúyela como la Fundación Greenpeace. Esa fue mi principal contribución, sin embargo, el momento no ha encontrado su camino en mi manuscrito. Fue un elemento de esperanza para una futura revolución, y yo no tenía esperanzas mientras me balanceaba en el puerto de Steveston, corazón enfermo y medicado, escribiendo la historia de nuestro fracaso. Al final, dije la verdad como yo lo vi, supuestamente como era, sin importar la lealtad a la causa.

Como resultado, toda mi angustia fue innecesaria. El tiempo ha demostrado que mi desesperación post-viaje ha sido totalmente errónea. El viaje fue un éxito más allá de los sueños más salvajes de nadie. Esa bomba estalló, pero las bombas previstas para después no. El programa de pruebas nucleares en Amchitka fue cancelado cinco meses después de nuestra misión, y algunos eruditos sostienen que este fue el principio del fin de la Guerra Fría. Lo que sea que la historia decida sobre el panorama general, el legado del viaje en sí no es sólo un montón de chicos en un barco de pesca, sino que la de Greenpeace, que todo el mundo ha llegado a amar y odiar.

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