Retirar las municiones sin detonar que han quedado en un territorio es
difícil y caro, e implica también un alto riesgo para los equipos de
desminado.
En general, las actividades relativas a estos explosivos incluyen varias tareas:
- Retirada
o detonación de los explosivos, para lo que antes es necesario
reconocer el terreno, determinar qué áreas están minadas, marcarlas y
señalizarlas.
- Educación sobre el riesgo que representan estos explosivos, para ayudar a la gente a evitarlas.
- Ayuda
a las víctimas, que incluye asistencia médica, rehabilitación y
servicios de reintegración, además de enseñarles nuevas posibilidades
laborales.
- Asesoría sobre las actividades relativas a las minas y los tratados internacionales, para avanzar en restricciones a su uso.
En
definitiva, se trata de volver a crear un entorno en el que las
personas puedan vivir con seguridad, y donde el desarrollo económico y
social pueda restablecerse.

En el caso de las bombas de racimo
el proceso es mucho más complejo. Estas tareas de “limpieza” son las
más delicadas y peligrosas. La submunición de una bomba de racimo exige
un tratamiento distinto. En primer lugar, y por la alta sensibilidad de
su mecanismo de detonación, los especialistas afirman que nunca deben
moverse para ser eliminadas ni hay que intentar desactivarlas, sino que
hay que destruirlas, una a una,
in situ. Y esto hay que hacerlo desde cientos de metros de distancia, porque hasta ahí podrían llegar los fragmentos.
La
limpieza con artefactos mecánicos es imposible, ya que por su alto
potencial explosivo, la bomba puede dañar o destruir el aparato.
Tampoco pueden usarse perros para localizar su ubicación, ni los
detectores electromagnéticos que se utilizan para las minas (la propia
onda electromagnética puede hacer estallar la bomba). Y no es
conveniente avisar por radio de que se ha encontrado una de ellas desde
una distancia inferior a los 100 metros: la señal de radio la puede
hacer explotar.