Principales debates
La utilidad militar
Las
bombas de racimo son armas de “saturación de área”, es decir que
pretenden impedir al enemigo el acceso a una zona determinada. Se
diseñaron para hacer frente a enemigos muy distintos: grandes columnas
de blindados con apoyo aéreo, y guerrillas que se camuflan en densas
selvas como el Vietcong.
Sin embargo, la evolución de los
conflictos en la segunda mitad del siglo XX ha implicado que estos
ahora son muy diferentes, y que en general se libran entre fuerzas
irregulares y dispersas que se camuflan entre la población. Muchos
países occidentales, por otro lado, tienen muchas más posibilidades de
intervenir en una misión de mantenimiento de la paz que en un conflicto
armado.
En estos contextos la utilidad militar de las bombas
de racimo es muy dudosa. Por un lado, porque es difícil o imposible
distinguir entre blancos civiles y militares. Por otro, porque al
causar daños a los civiles, puede aumentar el apoyo de estos hacia los
enemigos. Además, son las propias tropas las que pueden verse
afectadas.
Desarrollos y mejoras técnicas
En
los últimos años han comenzado a desarrollarse bombas de racimo que
incorporan sistemas de auto-destrucción o auto-neutralización, para
evitar el alto número de municiones que quedan sin explotar. Además se
ha afirmado que se podrían usar aquellos tipos que tienen menor número
de submuniciones, o los nuevos sistemas que tienen submuniciones con
sistemas de guiado, para aumentar su precisión.
Ninguno de estos argumentos es válido, por varias razones:
a) No
se ha logrado, en ningún caso, una fiabilidad completa para estas
armas. Por tanto, con el altísimo número de municiones que se emplea
habitualmente, siempre quedarán algunas sin estallar. Y una sola ya es
un peligro demasiado grande.
b) El
argumento del menor número de submuniciones tampoco es válido. La
función de estas armas es saturar un área: si las bombas tienen menos
submuniciones, simplemente habrá que usar más bombas.
c) Los
sistemas de guiado dependen de la inteligencia humana, que es la que
debe fijar el blanco. El margen de error, por tanto, sigue existiendo.