Son una amenaza especialmente grave para las poblaciones civiles. Las
bombas de racimo han matado civiles en todos aquellos conflictos en los
que se han utilizado. Debido a que son armas que afectan a grandes
áreas de territorio, existen grandes probabilidades de que afecten a
poblaciones civiles que se encuentren en el área o cerca de ella.
La
inmensa mayoría de los conflictos actuales se producen en áreas
habitadas, lo que hace el uso de estas armas totalmente inaceptable.
Además, el gran número de bombas que se usa en cada ataque, su alta
carga de submuniciones y el hecho de que una parte de ellas no explota,
hace que sus efectos letales se prolonguen en el tiempo, incluso mucho
después de que el conflicto haya finalizado. En la práctica, esas
municiones sin explotar, dispersas en grandes territorios, funcionan
como minas antipersonales.

La combinación de estos factores
hace que las bombas de racimo sean especialmente letales. Ni siquiera
haciendo un esfuerzo para no atacar objetivos civiles puede evitarse
que esto ocurra. Las medidas técnicas que se han propuesto hasta el
momento para mejorar su fiabilidad y funcionamiento no han logrado una
eficacia total, ni poner fin a la muerte de poblaciones civiles debido
a su uso.
Otras armas con efectos indiscriminados y
desproporcionados sobre los civiles, durante un conflicto o después de
él, están controladas de forma estricta por el Derecho Internacional, y
su uso genera rechazo general entre la opinión pública. Esto incluye
las armas nucleares, biológicas y químicas. Las minas antipersonales y
las bombas incendiarias también han sido prohibidas o reguladas por el
Derecho Internacional por sus efectos indiscriminados.
Son una amenaza en alzaMás
de 50 estados almacenan bombas de racimo y más de 30 las producen. Han
sido usadas en más de 20 conflictos o territorios, y en todos ellos,
han causado serios problemas a los civiles durante el ataque y después
del mismo, desde Vietnam a
Kosovo,
Afganistán,
Irak o
Líbano.
Si no se ataja esta amenaza y se prohíbe su uso, cada vez más países
podrán hacerse con ellas y las consecuencias humanitarias serán
gravísimas. Los gobiernos que tienen estos arsenales deben deshacerse
de ellos para evitar que puedan acabar en manos equivocadas.
Los nuevos tipos de conflicto han reducido su utilidad militarLas
bombas de racimo se diseñaron para hacer imposible el acceso del
enemigo a grandes áreas de territorio (Vietnam), y para hacer frente a
un hipotético ataque masivo por parte de tropas del Pacto de Varsovia.
Sin embargo, la mayoría de los conflictos actuales no se basan en estas
premisas. Además, incluso en el caso de intervenciones militares,
conquistar los “corazones y las mentes” de la población local es el
elemento esencial para ganar la guerra. Provocar altas cifras de
muertes civiles y dejar un territorio contaminado con explosivos no es
la mejor forma de lograrlo, y son las propias tropas las que pueden
resultar afectadas.
La presión de la sociedad civil ya ha conseguido resultadosYa
en 1976, un grupo de 13 países propuso prohibir las bombas de racimo y,
aunque las reticencias son fuertes, numerosos Parlamentos y gobiernos
han adoptado iniciativas al respecto o reconocido su peligrosidad. El
Parlamento Europeo aprobó en el año 2004 una declaración en la que
pedía una moratoria. Pero el avance más decisivo lo dio
Bélgica en febrero de 2006, cuando decidió prohibir la producción, almacenamiento y venta de bombas de racimo.
Ahora,
Noruega
ha anunciado su intención de liderar un proceso encaminado a lograr su
prohibición. Estos pasos deben ser seguidos por otros gobiernos,
incluido el de
España, que también debe apoyar los esfuerzos para lograr un acuerdo internacional.
Greenpeace pide al Gobierno y al Parlamento español