Asegurar la capacidad de la Tierra para alimentar la vida en toda su diversidad, incluyendo la vida humana y las necesidades de alimento de los pueblos a través de una agricultura responsable desde el punto de vista social y ambiental, es una cuestión fundamental para nuestra supervivencia. Los métodos de cultivo que minan la seguridad alimentaria de los pueblos, además, destruyen el medio ambiente.
La industria agrícola actual tiene más en común con la minería que con
el cultivo de los campos. Sus métodos comprometen la tierra de la que
dependen todos nuestros alimentos futuros. El fracaso del enfoque
actual de la agricultura amenaza a ricos y pobres indistintamente. En
lugar de cultivar alimentos para abastecer las necesidades de las
comunidades locales con una dieta diversificada y saludable, la
agricultura industrial produce cultivos para vender en los mercados
mundiales.
Desde 1950 la producción mundial se ha triplicado. Sin embargo, ahora
hay más gente hambrienta que hace veinte años. Millones de familias
abandonan sus tierras, donde se cultivan alimentos que no pueden
comprar. Muy a menudo, el resultado es una espiral de destrucción
medioambiental y pobreza (mitigada por un absurdo sistema de
subvenciones en las regiones del mundo que pueden permitírselo).
Las “soluciones” tecnológicas como los cultivos transgénicos impiden
que se perciban los problemas medioambientales y sociales que causan el
hambre. Estas “soluciones” no tienen en cuenta cuestiones como quién
produce nuestra comida, cómo y dónde se cultiva, cómo se distribuye y
quién tiene acceso a ella. El argumento de que la ingeniería genética
es vital para alimentar al mundo está basado en la afirmación de que el
hambre es el resultado de la escasez de alimento. Pero estas falsas
soluciones vinculadas a la concentración de la riqueza y al libre
comercio y que esconden intereses de unas pocas empresas que quieren
controlar la alimentación no contemplan los recursos disponibles. El
agua es un recurso insustituible sea cual sea el tipo de cultivo y el
rincón del mundo en que nos encontremos y la disponibilidad y el acceso
a ella son cada vez más reducidos.
El agua está cada vez más contaminada y es un arma de especulación y de
control. En el caso de España, tenemos un contexto agrario y político
sin precedentes: es el único país de la UE que cultiva transgénicos a
pesar del creciente rechazo de la población. En 1998, España aprobó el
cultivo comercial de un maíz transgénico de la multinacional Novartis
(hoy Syngenta) con propiedades insecticidas, el Bt 176. Desde entonces,
los Gobiernos del PP primero y del PSOE después han autorizado el
cultivo de variedades de éste y otros tipos de maíz. Desconocemos la
superficie actual de transgénicos, dada la opacidad de la
Administración en este ámbito y la ausencia de registros públicos de
estos cultivos. La superficie de cultivo comercial en 2005 ha rondado
probablemente las 80.000 ha y la superficie experimental está atomizada
y tampoco tiene un registro centralizado; en cualquier caso ocupa miles
de hectáreas.
Cada vez es más evidente que los daños ambientales y agrarios propios
de los transgénicos son una realidad: mayor consumo de tóxicos
agrarios, contaminación genética, pérdida de biodiversidad, efectos no
deseados sobre especies no-objetivo y plagas más resistentes. Y en
muchos de estos casos la incidencia sobre el agua o la participación
del agua en el mecanismo del daño es evidente, por ejemplo, la
contaminación del medio hídrico por biocidas o transporte de pólenes y
semillas.
Es necesario establecer una nueva cultura del agua, un nuevo modelo
agroalimentario que no destruya las reservas y que no sea dependiente
de un recurso tan escaso. Esto incluye prácticas agrarias eficientes
que ahorren agua, un nuevo modelo de ayudas económicas que permita
recuperar los cultivos de secano o con menos demanda de agua, un modelo
alimentario, por ejemplo, menos basado en derivados animales.
Es realmente preocupante que las Administraciones, en lugar de promocionar
cultivos y técnicas menos demandantes de agua y más adaptadas a las
condiciones climáticas de nuestras geografías, sigan apoyando un modelo
productivo basado en cultivos y tecnologías extremadamente
despilfarradoras de agua, como los maíces transgénicos.
España es un ejemplo perfecto del malgasto del agua. El maíz, uno de
los cultivos que más recursos hídricos demanda, se siembra precisamente
en las zonas más áridas del país. Se utilizan decenas de metros cúbicos
de un agua que deben trasvasarse de otras zonas lejanas o se extraen de
acuíferos que terminan por salinizarse debido a la sobreexplotación.
Todo ello para producir un kilo de maíz y fabricar piensos compuestos
para cerdos, vacas, gallinas. Cientos de metros cúbicos para unos cuantos gramos de proteína animal.