La construcción de grandes infraestructuras, el uso de los ríos como vehículos para diluir la contaminación o la canalización de algunos cauces son ejemplos de una gestión de nuestros ecosistemas fluviales que no ha sido capaz de comprender y conservar la gran variedad de servicios ambientales que nos proporcionan los ríos y nos coloca ante una situación alarmante.
En relación a la función ecológica que cumplen los ríos en su encuentro
con los espacios costeros y con el mar hay un mensaje especialmente
preocupante porque se repite hasta la saciedad e indica un gran
desconocimiento: “el agua que va a parar al mar se pierde, sin que la
hayamos utilizado”. Se trata de uno de los pilares de las formas de
“gestionar” el agua sobre las que se asientan políticas como las del
felizmente derogado “trasvase del Ebro”.
Lejos de “perderse”, el agua que llega al mar cumple funciones
importantísimas. Una de ellas es aportar sedimentos: el agua de mar no
es sólo agua y sal, lleva sustancias en suspensión que contribuyen al
equilibrio geológico de la costa, aportando el material con el que se
construyen elementos geomorfológicos como deltas o playas. El Delta del
Ebro, por ejemplo, uno de los humedales más importantes de Europa, ha
perdido el 99% de los aportes de estos “materiales de construcción”
como consecuencia de los 200 embalses existentes en su cuenca. Este
fenómeno,
que puede provocar a medio-largo plazo la desaparición del Delta, se
vería agravado por una mayor disminución del caudal del río.
El agua dulce que llega a la costa se mezcla, además, con la del mar,
creando una zona de mezcla, con una salinidad (porcentaje de sal)
intermedia entre la del río y la del mar. Las características de esta
zona, su tamaño y su estructura van a depender, entre otras cosas, de
la cantidad de agua que alcance la costa. También cumple una función
ecológica fundamental, tanto a la hora de permitir el desarrollo de
muchas especies como a la hora de impedir que el agua marina salada
avance aguas arriba, lo que puede tener efectos muy negativos sobre los
estuarios, el suministro de agua o la agricultura.
Pero además, y particularmente en zonas pobres en nutrientes, los ríos
cumplen un papel primordial: fertilizar el mar. La producción pesquera
en muchas zonas en todo el mundo depende estrechamente del volumen de
agua que consigue alcanzar el océano. En el caso del Mediterráneo
occidental catalán, se ha calculado que cada metro cúbico por segundo
de caudal del Ebro que llega al Mediterráneo durante el periodo de
reproducción de la anchoa puede representar 204 kg de captura mensual
de anchoa obtenida un año después. Es así de simple: a menos agua,
menos producción, menos pescado, menos pescadores...
El agua que llega al mar, por lo tanto, no se pierde. De hecho, cuando
nos asomamos a la costa, parte de la riqueza que vemos es resultado
directo de toda ese agua que forma parte fundamental del funcionamiento
de estos ecosistemas.