La gran cantidad de munición sin explotar que permanece en el suelo tras el conflicto es una de las mayores amenazas para los civiles.
Los civiles tienen muchas más posibilidades de morir por el impacto de una submunición que por una mina antipersonal, ya que al contrario que éstas, las bombas de racimo están diseñadas para matar (y no sólo para herir o mutilar).
También es probable que la explosión hiera a un mayor número de personas, ya que
tienen más poder explosivo y más fragmentos de metal. Sus colores brillantes (a menudo amarillo, rojo, etc.)
atraen en mayor medida a los niños, que juegan con ellas y resultan gravemente heridos o muertos.
A menudo, las personas que sobreviven presentan graves amputaciones y daños en la cara y los órganos internos, además de traumas psicológicos. Además, las víctimas suelen encontrarse con que sus posibilidades de acceder a los cuidados médicos adecuados son muy limitadas.
En muchos casos,
las zonas afectadas por las bombas de racimo están lejos de un hospital o incluso de una carretera asfaltada, y los hospitales que tienen el equipamiento adecuado para tratar estas heridas están muy lejos. Es difícil, por tanto, que puedan acceder no sólo a tratamientos paliativos para sus heridas sino a la psicoterapia, apoyo psicosocial y formación que necesitan para poder reanudar sus vidas.
Por otro lado, la amenaza de
las municiones sin detonar hace muy arriesgado el acceso a la tierra agrícola y a las fuentes de agua, o incluso asistir a la escuela o a los centros religiosos. Cultivar la tierra se convierte en una tarea de alto riesgo.
Además, desde Laos hasta Kosovo, se han documentado situaciones de posconflicto en las que las personas civiles tratan de limpiar por sí mismas los explosivos con el fin de reanudar antes las tareas agrarias, o las recogen para venderlas y alimentar un ilegal mercado negro que se convierte en una de las pocas alternativas para sobrevivir.
Por último, el impacto no afecta sólo a la tierra. Durante la campaña de Kosovo, más de 200 bombas (varias de ellas de racimo) fueron lanzadas al Adriático por aviones que regresaban de bombardear poblaciones en el interior. En mayo de 1999 una de esas bombas quedó atrapada en las redes de un barco pesquero italiano, e hirió a tres de sus tripulantes.
El desminado, una tarea difícil y compleja.