Desde el final de la Guerra Fría, todos los años hay una media de 25 conflictos armados abiertos en todo el mundo. Desde Filipinas hasta Colombia, pasando por Oriente Medio y Asia Central y buen número de países africanos, se trata de un arco de inestabilidad donde múltiples actores luchan por poder político, territorio y por el control de economías ilegales de guerra y de recursos naturales.
La inmensa mayoría de las guerras contemporáneas no responde al paradigma de la guerra entre Estados, cuyos ejércitos se enfrentan bajo un mando unificado. La guerra moderna tiene mucho más que ver con formas de violencia múltiple y desestructurada. Son guerras internas, intraestatales, que se libran sobre todo con armas pequeñas y ligeras y cuya
principal víctima es la población civil: en torno a un 90% de las víctimas totales de los conflictos son civiles, frente al 10% en la I Guerra Mundial.
El problema del desarmeSe trata de guerras muy largas en las que participan diversos actores armados: fuerzas armadas estatales, grupos de oposición de diversas tendencias, paramilitares, mercenarios, grupos del crimen organizado vinculados al tráfico de armas, de drogas o de personas, e incluso bandas urbanas convencionales que pueden ejercer la violencia social o vincularse a alguno de los actores anteriores (como ocurre, por ejemplo, en Colombia).
La violencia que se produce actualmente en muchas partes del mundo tiene fuertes y profundas raíces y en la mayor parte de los casos no responde a odios atávicos o irracionales. Es consecuencia de una posición periférica en el sistema internacional, de economías en retroceso y de instituciones que, por presiones internas y externas, dejan de funcionar. La proliferación de armas no es la causa de la guerra ni de la violencia, pero la hace más probable, multiplica los puntos de violencia, incrementa la letalidad de la misma y la hace más difícil de abordar.
Estos largos conflictos tienen un impacto devastador sobre los países donde se producen. Además de las víctimas mortales, generan grandes cifras de refugiados y desplazados internos, de heridos y mutilados, y la destrucción de las insfraestructuras físicas del país y de la actividad económica. Pero sobre todo, dejan sociedades enfrentadas entre sí y que heredan una cultura de la violencia difícil de erradicar. A menudo necesitarán años para afrontar, no sólo la reconstrucción (que incluye la desmovilización y reinserción de ex combatientes, el desarme, el retorno de las poblaciones desplazadas, el desminado, la puesta en marcha de actividades económicas...), sino la reconciliación.
Desde Greenpeace creemos que son necesarias normas internacionales para regular el comercio de armas, y que cada país debe regularlo a nivel nacional y asumir sus responsabilidad. Después de más de 10 años de campaña, hemos logrado que el Gobierno español apruebe una Ley de Comercio Exterior de Material de Defensa y de Doble Uso, que regulará las exportaciones españolas de armamento.
Pincha aquí para conocer nuestra valoración sobre la ley:
comunicado de valoración.
Pincha aquí para conocer los aspectos más positivos y negativos de la nueva ley.
Pincha aquí para saber más sobre la campaña:
documento sobre los 10 años de campaña.