Las armas nucleares son un problema muy actual. Muchos piensan que son una reliquia de la Guerra Fría, pero lo cierto es que los Estados que las poseen las protegen celosamente, están pensando en nuevas funciones para ellas y han comenzado a desarrollar nuevos tipos de armas, de menor potencia y por ello más “utilizables”.
Todo ello ocurre a pesar de las múltiples promesas realizadas y de los tratados legalmente vinculantes que exigen su desmantelamiento.
La cuestión es que una explosión nuclear “pequeña” no existe. Cualquier explosión nuclear tendría catastróficas consecuencias para todas las formas de vida del planeta. La existencia de armas nucleares compromete seriamente cualquier posibilidad de lograr una paz y seguridad reales.
La única solución es su abolición.La amenaza se ha vuelto más impredecible en los últimos años, porque los cinco Estados nucleares reconocidos (EE UU, Rusia, China, Francia y el Reino Unido) no han cumplido las promesas que hicieron en el marco del
Tratado de No Proliferación nuclear (TNP), y que les obligaban a desarmarse. Otros países, como Israel, India, Pakistán y Corea del Norte también han ingresado en este club y tienen armas nucleares. Y el uso de la energía nuclear en al menos cuarenta países más significa que estos países tienen material que podría utilizarse para fabricar armas nucleares.
La comunidad internacional, pero especialmente los Estados mencionados, deben resolver la contradicción que encierra el TNP, que establece que la energía nuclear es un “derecho inalienable”. En realidad esto es producto de un error político e histórico, debido a que cuando se firmó el Tratado, en 1978,
los efectos y consecuencias de la energía nuclear no eran bien conocidos. El único derecho real es el derecho a una energía limpia y segura, y la energía nuclear no es lo uno ni lo otro. Además, ya se ha visto cómo India, Corea del Norte e Irak adquirían capacidades nucleares a partir de sus programas de uso civil.
Sin embargo, también hay esperanza. Algunos países se han librado de sus armas nucleares. Sudáfrica las tuvo en los años setenta, pero decidió desarmarse y se unió a la comunidad internacional como un país que apostaba por la cooperación, y no por la violencia.
A menos que los líderes de las potencias nucleares sigan este ejemplo y comiencen a desmantelar sus arsenales, será más difícil convencer a otros países de que abandonen sus pretensiones de desarrollar armas nucleares. El caso del programa nuclear iraní es un ejemplo claro. Además, la decisión de tener armas nucleares nunca va acompañada de un debate realmente democrático. Las encuestas de opinión, realizadas en Estados nucleares y no nucleares muestran que la gran mayoría de las poblaciones están a favor de la abolición de estas armas, y en las votaciones que se producen cada año en la ONU puede verse cómo la mayoría de los 191 países del mundo votan a favor de esta opción.