Expertos de Greenpeace miden los niveles de radiación frente al colegio femenino Al-Majidat -con 900 alumnas- situado junto a las instalaciones nucleares de Al-Tuawaitha
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Las armas nucleares son el paradigma de las armas de destrucción masiva. Su uso provoca la aniquilación total de una amplia zona alrededor del punto de impacto, además de que una región mucho mayor queda contaminada radiactivamente durante generaciones. Por esas especiales características no es posible distinguir el impacto estrictamente medioambiental de las armas nucleares, aunque es obvio que no existe armamento más letal para el medio ambiente que el nuclear.
Existen tres tipos fundamentales de bombas nucleares: la bomba atómica (bomba A), utilizada en Hiroshima y Nagasaki y basada en la fisión nuclear; la bomba de hidrógeno o termonuclear (bomba H), basada en la fusión nuclear, con una potencia entre mil y cuatro mil veces mayor que la bomba A; y la bomba de neutrones o de radiación intensiva (bomba N), variante de la bomba H pero con un poder de irradiación mucho mayor para la misma potencia.
Los efectos más importantes de las bombas nucleares
En consecuencia, las explosiones nucleares conllevan impactos medioambientales que incluyen la lluvia radiactiva, la contaminación radiactiva de aguas subterráneas y cadenas tróficas, la destrucción de la cubierta vegetal y de la capa de ozono. Además son capaces de provocar graves alteraciones irreversibles en el material genético de poblaciones enteras, que se transmiten de generación en generación.
Una vez producidas, las armas atómicas son probadas para verificar la calidad de su mortífera carga. En esto consisten las pruebas nucleares, como las más de 2.000 que han sido realizadas por las diversas potencias nucleares desde el comienzo de la carrera nuclear en "tiempo de paz".
Las pruebas nucleares atmosféricas ocasionaron nubes y lluvias radiactivas más allá de su prohibición en 1963 (Francia, por ejemplo, continuó realizando ensayos atmosféricos hasta 1974 y China hasta 1980). Todas las potencias atómicas han realizado numerosas pruebas nucleares subterráneas, cuyo impacto medioambiental traspasa la zona de la explosión debido a los escapes que se producen a través de las formaciones geológicas donde se realiza el ensayo, que resultan con frecuencia gravemente alteradas. Los cientos de testimonios de los afectados por las pruebas nucleares en el Pacífico dan fe del alcance de estos ensayos.
También hay que atribuir al militarismo los peligros inherentes al uso "civil" de la energía nuclear, puesto que militar fue su origen y militar es, en definitiva, su finalidad real. Además, las centrales nucleares, que junto a sus frecuentes accidentes (Chernóbil, Harrisburg, Vandellós-I y un largo etcétera) e incidentes de variadísima gravedad añaden la contaminación radiactiva de su funcionamiento normal, constituyen un objetivo militar prioritario en caso de conflicto armado, declarado o no. Ello se pudo comprobar en el bombardeo de la central nuclear iraquí de Osirak por parte de la aviación israelí en 1981, o en el bombardeo del centro nuclear iraquí de Tuwaitha, por parte de las fuerzas aliadas, durante la guerra del Golfo.
Por lo tanto, la amenaza de las armas nucleares abarca muchos más aspectos que el de su propia utilización.