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El descubrimiento en agosto de 2002 de que Irán tenía un programa secreto de enriquecimiento de uranio es una prueba adicional de que los programas nucleares civiles proporcionan a los estados la posibilidad de acceder a armas nucleares. La forma de resolver la situación iraní es un esfuerzo diplomático de largo plazo con aquel país, y no una acción militar. Hay numerosas razones para ello:

    - Cualquier acción militar sería el fin de la diplomacia. Agencias de inteligencia estadounidenses y de otros países aseguran que a este país le faltan entre cinco y diez años para fabricar un arma nuclear, y esto contando con que ésa sea su intención. El enriquecimiento de uranio que está realizando no vulnera sus obligaciones legales en el marco del TNP. El Organismo Internacional de la Energía Atómica (OIEA) no ha encontrado ninguna prueba de que quieran fabricar una bomba nuclear.

    - La Administración Bush no se ha comprometido con una diplomacia constructiva. En 1998 el ex presidente iraní Mohamed Jatamí ofreció un “diálogo entre civilizaciones” y alabó la “gran civilización estadounidense”. La Administración Clinton hizo algo similar, dejó de calificar a Irán como “estado canalla” y suavizó las sanciones. También admitió el papel que EE UU había organizado el derrocamiento en 1953 del primer ministro iraní, democráticamente elegido, Mohamed Mossadegh. Después del 11 de septiembre, Irán colaboró para expulsar del poder a los talibán en Afganistán. El secretario británico de Exteriores, Jack Straw, agradeció esta ayuda. Pero la Administración Bush terminó con cualquier esperanza de normalizar las relaciones entre ambos países cuando incluyó a Irán en el “eje del mal” y afirmó que es un país que busca tener armas de destrucción masiva y que exporta el terrorismo.

    - No ha habido un esfuerzo diplomático realmente serio para resolver esta crisis. Las llamadas desde EE.UU a un “cambio de régimen” en Irán, la amenaza de acciones militares, la negativa a dar a Irán las garantías de seguridad que necesita, y el apoyo ambiguo a la diplomacia promovida desde Europa, son factores que han jugado en contra de una solución diplomática. Un esfuerzo serio debería incluir garantías de seguridad para Irán, la negociación para establecer una zona libre de armas nucleares en Oriente Medio y el desarrollo de alternativas energéticas para esta región.

    - La diplomacia también se ve comprometida por las propias políticas de las potencias nucleares. Estas están renovando sus doctrinas militares y planteando el desarrollo de nuevas armas. Así se expresó en la Revisión de la Postura Nuclear estadounidense, y el tema está en la agenda en Francia y el Reino Unido.

    - Un ataque militar podría tener un efecto contrario al buscado. Podría garantizar que Irán consiga la bomba nuclear. Irak logró reconstruir el reactor nuclear de Osirak, destruido en 1981 por la fuerza aérea israelí. Para 1991, la coalición que atacó aquel país pudo comprobar que su programa estaba mucho más avanzado que antes de aquel episodio. Irán podría dedicar a este objetivo más recursos de los que tenía Irak. Si se produce un ataque, obtener la bomba se convertiría en prioridad nacional. Además esto significaría hacer el programa más secreto y expulsar a los inspectores internacionales, y uniría a los iraníes con los sectores más “duros” del régimen.

    - Provocaría una gravísima pérdida de vidas humanas. Irán aprenció la lección de Osirak y sus instalaciones nucleares son múltiples, dispersas y en algunos casos subterráneas. No se conoce la ubicación de todas. Para tener un impacto real habría que atacar no sólo las instalaciones nucleares sino laboratorios universitarios, y destruir las defensas aéreas y las instalaciones de producción de misiles, además de la Guardia Nacional y las unidades navales. El ataque debería durar un mínimo de cuatro o cinco días pero probablemente más. El caos y la destrucción rebasarían con mucho las fronteras iraníes.

    - Irán tiene varias opciones de respuesta. Una es contribuir a desestabilizar Irak mediante su influencia y vínculos sobre los chiíes de aquel país, alentando más ataques contra EE UU y proporcionándoles armamento. Un ataque militar provocaría furia entre los 1.200 millones de musulmanes que hay en el mundo, y se convertiría, como lo ha sido la invasión de Irak, en un poderoso argumento para el reclutamiento por parte de grupos terroristas. Ante la posibilidad de un ataque, Irán también podría recortar sus ventas de petróleo y bloquear el Estrecho de Ormuz, la principal vía mundial de transporte de crudo. Esto llevaría los precios a unos niveles que podrían provocar una recesión global.