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El desarrollo sostenible se fundamenta en tres premisas: debe ser 1) económicamente eficaz: más calidad de vida y bienestar al mismo tiempo que proporciona beneficios al menor coste, incluyendo en el cálculo las externalidades medioambientales 2) socialmente equitativo: ahora y en el futuro, y para todos y 3) medioambientalmente aceptable: con el menor impacto ambiental posible y con el menor uso de recursos y degradación ambiental.
En cuanto a la energía nuclear, los hechos han demostrado que no cumple ninguna de esas premisas. Además de no ser rentable económicamente, ya ha producido problemas a las personas y al medio ambiente: contaminación radiactiva asociada a la actividad normal en todas las fases del ciclo nuclear; numerosos accidentes nucleares, como la catástrofe de Chernóbil, con graves daños a la salud pública, al medio ambiente y a la economía de las zonas afectadas; elevadas cantidades de peligrosos residuos radiactivos con los que no se sabe qué hacer... Todo esto lleva a concluir que la energía nuclear no tiene cabida en un modelo energético sostenible.
Quizá los residuos radiactivos sean la prueba más clara de esa insostenibilidad, puesto que las centrales nucleares, cuya vida útil técnica ronda los 25 años, genera inexorablemente unos residuos cuya peligrosidad se prolongará durante muchas decenas de miles de años, y con los que no se sabe qué hacer.