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Aunque sus costes variables son relativamente bajos, las inversiones iniciales son muy altas, lo que introduce inseguridad en los inversores, elevados gastos financieros, etc. En un reconocimiento implícito de que la energía nuclear no es competitiva, los representantes del lobby nuclear admiten que, para decidirse a emprender la construcción de nuevas centrales, necesitarían la existencia de un marco regulatorio que garantizase plenamente la recuperación de sus inversiones.
Un estudio del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MTI) de 2003 concluyó que, en las condiciones actuales, la energía eléctrica de origen nuclear no es competitiva. Para que lo fuera, los gastos de construcción deberían disminuir en un 25%; los plazos de construcción de las centrales habría que acortarlos a cuatro años (el tiempo medio de construcción de los reactores nucleares terminados entre 1995 y 2000 fue cerca de 10 años); se tendrían que reducir los costes de operación y mantenimiento en un 8%, etc. Que se logren estos cambios es muy difícil, entre otras cosas, porque tanto los costes de construcción como los precios del combustible nuclear son muy dependientes de la evolución de los precios del petróleo, y la tendencia de éstos en los últimos años ha sido al alza.
Un claro ejemplo de ello es la construcción del reactor EPR en Finlandia por parte de la empresa estatal gala Areva, el denominado proyecto Olkiluoto-3.
En realidad, la energía nuclear perdió hace muchos años la batalla de la competitividad económica en unos mercados energéticos cada vez más liberalizados. No en vano, vista la experiencia en EEUU, la revista Forbes calificó la energía nuclear como “el mayor fiasco en la historia económica norteamericana”. Hace más de 30 años que en ese país, el pionero en el desarrollo de la energía nuclear, no hay encargos de nuevos reactores. Asimismo, el Banco Mundial y otros bancos multilaterales no financian desde hace tiempo proyectos nucleares, por no ser una opción eficiente en coste.