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La posibilidad de sufrir un accidente nuclear grave ha aumentado en los últimos años, debido a la confluencia de una serie de factores que afectan negativamente a la seguridad.

A finales de noviembre de 2007 se produjo un escape al medio ambiente de material altamente radiactivo en la central nuclear de Ascó-1 (Tarragona). En junio de 2008, la central de Krsko (Eslovenia) sufrió un accidente que conllevó la pérdida de refrigerante del circuito primario, lo que obligó a activar la Red de Alerta Europea (ECURIE). Ese mismo mes la central nuclear de Tricastin (Francia) tuvo una fuga de decenas de kilos de uranio al Ródano. Dos meses más tarde la central de Olkiluoto-3 (Finlandia) en proceso de construcción tuvo un incendio.

Por otra parte, las fugas radiactivas en la central nuclear japonesa de Kashiwazaki-Kariwa, tras el terremoto sufrido el 16 de julio de 2007, demostró de nuevo la potencialidad catastrófica inherente a la energía nuclear. Poco después del terremoto se supo que la central está construida sobre una falla tectónica.

Cada poco tiempo ocurre un incidente o accidente en las instalaciones nucleares que recuerdan a la población su inseguridad y peligrosidad. A pesar de ello, el lobby nuclear quiere hacer creer que la energía nuclear es segura.

La posibilidad de sufrir un accidente nuclear grave ha aumentado en los últimos años, debido a la confluencia de una serie de factores que afectan negativamente a la seguridad. Así, a los fallos de una tecnología intrínsecamente peligrosa, hay que sumar el acusado envejecimiento de los reactores y la cada vez menor cultura de seguridad de los operadores. Diversos sucesos recientes (Vandellós-2, 2004; Mihama-3, Japón, 2004; Ascó-1, 2007; Tricastin, Francia, 2008…) demuestran que los propietarios de centrales nucleares tratan de maximizar beneficios a costa de reducir los márgenes de seguridad.

En el parque nuclear español se conjugan todos esos factores. La media de edad de las 8 centrales aún en operación es de 25 años (su vida útil técnica) y todas presentan, en mayor o menor medida, problemas de envejecimiento. En especial, la central de Santa Mª de Garoña, la más antigua en funcionamiento, pues sufre graves problemas de agrietamiento por corrosión en diversos componentes de la vasija del reactor.

Además, las centrales nucleares son instalaciones de alto riesgo por considerarse, como reconocen abiertamente las agencias de inteligencia de todo el mundo, objetivo potencial de ataques terroristas. A su vez existe la posibilidad del desvío potencial de materiales nucleares para la fabricación de armas atómicas con fines terroristas o de otro tipo de sustancias radiactivas para la elaboración de las llamadas “bombas sucias”.