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Es la energía más sucia aunque la radiactividad no se pueda ver, ni oír, ni oler, ni tocar, ni sentir.

Las centrales nucleares generan residuos radiactivos cuyo alto nivel de radiactividad se prolonga durante cientos de miles de años.

En sus más de 50 años de existencia, la industria atómica no ha sido capaz de encontrar una solución técnica satisfactoria a este grave problema, puesto que todas las opciones propuestas tienen importantes cuestiones por resolver, y su resolución está aún en estado de investigación básica. Ni siquiera existe consenso sobre las posibles soluciones técnicas entre los representantes de la industria nuclear.

La industria nuclear defiende que existe una solución “mágica” a este problema: la transmutación. Esta consistiría en forzar la conversión de un elemento químico muy radiactivo en otro de menor actividad induciendo en el primero un cambio en la estructura de su núcleo atómico mediante una reacción nuclear provocada por el bombardeo con partículas subatómicas. Pero lo cierto es que existe consenso científico en que la transmutación no es una opción tecnológica que se pueda tener en cuenta, ni a corto ni a medio plazo, para la gestión de los residuos radiactivos. Además existen dudas sobre si las investigaciones en curso harán de ella una opción finalmente viable para este propósito.

Por otra parte, las centrales nucleares emiten al medio ambiente radiactividad en su funcionamiento rutinario: gases radiactivos mediante la chimenea dedicada al efecto y líquidos radiactivos al mar, al embalse o al río del que depende para su refrigeración.

Si un accidente nuclear puede liberar dosis masivas de radiactividad en un instante, las emisiones rutinarias son responsables de generar “dosis bajas”. Pero la radiactividad tiene efectos acumulativos. Un ejemplo: según revela un estudio del Centro Nacional de Epidemiología del Instituto de Salud Carlos III del Ministerio de Sanidad, la tasa de mortalidad por mieloma múltiple en las proximidades de la central nuclear de Zorita es 4 veces más alta de lo normal.

En enero de 2008, se publicó en European Journal of Cancer un estudio de investigadores alemanes que demostraba que los niños que viven a menos de cinco kilómetros de una central nuclear tienen un 50% más de probabilidades de desarrollar leucemia.