El cambio climático está aumentando la presión sobre el agua al modificar los patrones de lluvias, los flujos de los ríos, los niveles de los lagos, y el agua del suelo. En algunos lugares las fuentes de agua se han secado, en otros la tierras se han visto inundadas. Globalmente los pantanos y las cuencas de los ríos, donde vive la mayoría de la población humana, se están deteriorando, apareciendo sequías nuevas o más intensas, en particular en los países más pobres, viéndose afectado su desarrollo sostenible, hasta tal punto que puede plantear una amenaza grave para su salud.
Así la sequía puede tener un impacto sobre la salud en los países en vías de desarrollo, debido a sus efectos adversos sobre la producción alimentaría y sobre la higiene, el agua se utiliza fundamentalmente para la dieta más que para la limpieza. Además, las epidemias de malaria suelen producirse durante las épocas de sequía como resultado de los cambios geográficos causados por el mosquito, vector de la enfermedad.
La tendencia del cambio climático es hacia periodos de sequía más extensos. Antes de 1970, un 15% de la superficie terrestre sufría sequía en algún momento. Actualmente, la proporción ha aumentado, es de alrededor del 30% y promete empeorar si no se toman medidas drásticas.
España es el país más árido de Europa. Según la ONU, un tercio de su superficie sufre una tasa muy elevada de desertificación y un 6% ya se ha degradado de forma irreversible. Las zonas más afectadas por este fenómeno son la vertiente mediterránea y las Islas Canarias.
Las consecuencias ambientales, sociales y económicas de la falta de previsión en la gestión del agua serán dramáticas si no tomamos medidas urgentes. Los períodos de sequía y escasez se convertirán en crónicos en buena parte de la Península Ibérica.
La temperatura media de España ha subido 1,5ºC, más de tres veces la subida mundial. El país ha entrado en una clara africanización del clima peninsular. El cambio climático produce, entre otros efectos, el agravamiento de los periodos de sequía con una previsible disminución del 20% de las precipitaciones para 2100 y el aumento de la frecuencia de los incendios naturales y de su intensidad.
La intensidad y recurrencia de los incendios forestales están teniendo efectos dramáticos sobre nuestro suelo, con efectos irreversibles en algunos casos. Las elevadas pendientes aumentan además la erosión generando suelos cada vez menos productivos. Avenidas, inundaciones, colmatación de embalses y desertificación son consecuencia del paso repetido del fuego por nuestros ecosistemas.
Para saber más.--
Convención de las Naciones Unidas de Lucha contra la Desertificación