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Vista aérea de un bosque de manglar destruido delante de un bosque de 
manglar intacto

Vista aérea de un bosque de manglar destruido delante de un bosque de manglar intacto

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Los langostinos tropicales son cada vez más frecuentes en nuestras mesas, pero dejan un sabor amargo de destrucción ambiental y tragedia social en las zonas en las que se producen, del que pocos consumidores son conscientes.

La otra cara de la producción de estos langostinos son arrecifes de coral dañados, bosques de manglar devastados, y la migración obligada de pueblos enteros. Y aún así, la industria camaronera, que cría este langostino, sigue extendiéndose por los trópicos.

Hace más de veinte años comenzaron a mermar las capturas de las pesquerías de langostino. Para mantener el nivel de producción necesario a fin de satisfacer una demanda creciente de este producto en los países del norte, se inició la acuicultura, la "Revolución Azul". Numerosos proyectos de acuicultura intensiva fueron apoyados por la Organización para la Alimentación y la Agricultura (FAO), el Banco Mundial, y otras entidades financieras internacionales. La acuicultura intensiva se presentó como una alternativa para disminuir la presión de las pesquerías oceánicas sobre los stocks de langostino y gamba silvestres, que habían sido dañadas por la excesiva pesca de arrastre de estos crustáceos.





Hoy, es obvio que aquellas promesas no sólo no han aliviado los problemas generados por las pesquerías de langostino, sino que han añadido nuevos problemas como la degradación de ecosistemas que son vitales para el mantenimiento de la biodiversidad, suponiendo una grave y continua agresión a las comunidades locales que dependen de estos ecosistemas para su supervivencia.

La demanda de langostino tropical en el mundo industrializado está estimulando el incremento de los esfuerzos pesqueros de estas especies, y está fomentando la expansión de la acuicultura intensiva. El langostino tropical es un ejemplo de cómo el consumo de lujo en el norte genera en el Sur productos orientados a la exportación, con una visión de corto plazo, que conlleva serias consecuencias sociales y ambientales. Japón, Estados Unidos, y Europa (con España a la cabeza) son los tres mayores importadores de langostino tropical del mundo.

La acuicultura de langostino se ha expandido rápidamente desde la década de los ochenta, y actualmente cubre vastas áreas de las zonas costeras de Asia y América Latina. Esta industria también se ha establecido rápidamente en costas de Africa oriental. La producción de langostino de acuicultura excede hoy el millón de toneladas.

El langostino tropical que llega a nuestros mercados puede proceder de pesquerías en aguas lejanas o de la acuicultura en áreas costeras de la franja tropical y ecuatorial. Ninguno de estos modos de obtención es sostenible. La pesca de arrastre arrasa los fondos marinos provocando daños en arrecifes de coral y especies bentónicas, y captura accidentalmente gran cantidad de especies, incluyendo especies en peligro de extinción. Cada año, las pesquerías de langostino esquilman unos 10 millones de toneladas de otras especies no objetivo. Muchas de ellas son fundamentales para la seguridad alimentaria de las comunidades locales de regiones enteras. El problema no es sólo la pérdida de recursos desde el punto de vista del consumo humano, sino la contribución, a escala global, al incremento de los problemas de la sobrepesca.

Por otro lado, la industria que cría langostino en piscinas de acuicultura destruye los bosques de manglar y las tierras agrícolas productivas circundantes. Más de un millón de hectáreas de zonas costeras ricas y frágiles han caído bajo los bulldozers de los camaroneros. Hoy en día, la mitad de los manglares del mundo han desaparecido, principalmente a causa de su tala para la construcción de piscinas de cría de langostino tropical, lo que ha creado serios problemas ecológicos y de supervivencia para las comunidades locales.

Los manglares generan una gran cantidad de servicios ecológicos vitales como áreas de reproducción de especies marinas tropicales, como protectores naturales de las costas frente a inundaciones, fuertes vientos y huracanes; o por el mantenimiento de la calidad de las aguas. Pero, una vez se establecen las piscinas de cría de langostino, estos servicios y productos desaparecen: las tierras circundantes y las aguas de los estuarios se salinizan y contaminan con productos químicos, fertilizantes y antibióticos; los recursos se ven mermados por la destrucción física del manglar, y por la pesca de larvas de langostino (que se destinarán a la acuicultura) con malla fina que captura inmaduros de otras especies destruyendo las pesquerías locales; a las comunidades locales se les impide el acceso a las áreas comunes y a la fachada costera a través de las zonas privatizadas ilegalmente, y estas comunidades quedan a la merced de los efectos, más virulentos sin la protección de los bosques de manglar, de los huracanes y tifones.