La migración de las ballenas jorobadas desde las Islas Cook en el Pacífico Sur.
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Las ballenas jorobadas están entre los animales que más distancia cubren en la Tierra. Todos los años, estos animales recorren entre 2.400 a 8.000 kilómetros (1.500 a 5.000 millas) abandonando las ricas aguas de las altas latitudes, donde se alimentan, para migrar a las cálidas aguas tropicales lugar de su apareamiento y alumbramiento.
Durante este trayecto que puede durar semanas o meses no ingieren alimento alguno, subsistiendo de la grasa almacenada durante la época de alimentación en verano. Mientras permanecen en la zona de apareamiento, los machos emiten largos e impresionantes cantos y en ocasiones compiten agresivamente entre ellos por aparearse con las hembras.
Las hembras embarazadas dan a luz a sus crías en las cálidas aguas tropicales y las alimentan con su rica leche en grasa que les ayuda a crecer con rapidez. Al final del invierno, todas las ballenas comienzan el largo viaje hacia las aguas polares y el ciclo anual se repite una vez más.
El viejo ciclo
Es un ciclo repetido a lo largo de miles de generaciones de ballenas a lo largo de millones de años. Es extraño pensar cuánto tiempo llevan resonando en los océanos las canciones de las ballenas jorobadas y más extraño es darse cuenta de que hace escasamente medio siglo, la caza indiscriminada de ballenas casi silencia para siempre este antiguo cántico.
En el Hemisferio Sur, las ballenas jorobadas se alimentan en las gélidas aguas de la Antártica y se aparean y dan a luz en las aguas costeras o en las islas comprendidas entre el ecuador y el Trópico de Capricornio. La región donde las ballenas se alimentan y aparean está determinada sobretodo por la madre.
Si la madre ballena emigró a Fidji para dar a luz, es muy probable que sea a Fiyi donde la cría se dirija cuando llegue el momento de aparearse. El problema es que a Fidji ya no migran muchas ballenas.
Hoy en día sólo un puñado de ballenas viajan a este lugar. Incluso en el mes de agosto que es temporada alta de las ballenas, el tiempo de espera para avistarlas puede ser muy largo. Esto no siempre fue así.
En la década de los cincuenta, el ya fallecido doctor William Dawbin realizaba recuentos anuales de ballenas jorobadas en varios lugares de Fidji y en temporada alta contabilizaba varios centenares a la semana.
Los recuentos de Dawbin son anteriores a 1959 cuando la antigua Unión Soviética cazaba ballenas jorobadas en números que resultaban excesivos incluso para los licenciosos cánones del siglo veinte. Además, por aquella época ya llevaban a cabo una campaña secreta de caza ilegal de ballenas que duró más de diez años.
Descenso drástico de la población
En el transcurso de dos inviernos, la factoría soviética mató casi 25.000 ballenas jorobadas, la mayoría de ellas se encontraban en la región de la Antártida situada al sur de Australia y Nueva Zelanda.
A consecuencia de ello la población de ballenas jorobas disminuyo de manera drástica e inmediata. El descenso fue tan rápido que las industrias balleneras de Nueva Zelanda y Australia tuvieron que cerrar de inmediato por falta de ballenas.
Se desconocen el número de ballenas jorobadas que sobrevivieron, pero se estima que fueron alrededor de un par de centenar de ejemplares. Después de cuatro décadas en algunos lugares la recuperación de estos animales han sido formidable.
La población al este de Australia se cuenta ya entre los miles y sigue creciendo a buen ritmo. Pero en otros lugares como Fidji, Nueva Zelanda y Nueva Caledonia hay poca o ninguna evidencia de esta recuperación. Se desconoce si ello se debe a que las ballenas de estos hábitats murieron durante la masacre.
Después de medio siglo de protección la caza de ballenas jorobadas comenzará nuevamente en la Antártida.
Estudio sin valor científico
En noviembre, la flota japonesa se dirigirá a la Antártida para cazar 935 rorcuales aliblancos, 50 rorcuales comunes y 50 ballenas jorobadas.
Estas matanzas forman parte de la caza científica japonesa y tendrán lugar todos los años. Este programa ha sido desacreditado por numerosos científicos y se cree que es la forma que tiene Japón de burlar la moratoria que dictó en 1986 la Comisión Ballenera Internacional (CBI) sobre la caza de ballenas con fines comerciales.
En 1946 la CBI estableció la Convención Internacional para la Regulación de la Caza de Ballenas bajo la cual cualquier nación podía otorgar permisos para matar ballenas con fines científicos. Hace sesenta años, cuando se firmó la convención, esto tenía sentido porque en aquellos tiempos la única forma de estudiar a las ballenas era matándolas.
Esta medida, conocida como Artículo VIII, se estableció para permitir a los científicos la matanza de un número reducido de ballenas para su estudio. El Artículo VIII no dictaba el número máximo de ballenas que se podían matar porque en 1496 nadie imaginaba que esta medida se usara como puerta trasera para eludir la moratoria a la caza de ballenas.
Poblaciones en peligro de extinción
Uno de los problemas que presenta la caza de ballenas es la imposibilidad de detectar la población de procedencia de la ballena a punto de ser arponeada, puede ser de la australiana que está relativamente recuperada o de poblaciones pequeñas y sobreexplotadas como las de Fidji y Nueva Caledonia.
Aunque 50 ballenas al año no parecen una cantidad muy elevado comparado con las matanzas de la Unión Soviética y otra naciones balleneras de los años cincuenta y sesenta, la caza actual puede poner en peligro a las poblaciones que están luchando por recuperarse.
Una de las claves es la compresión de la estructura de la población. Para la gestión de cualquier especie de ballena es necesario saber cuántas poblaciones hay, su tamaño y sus interrelaciones.
La importancia de esta información se puede ilustrar con un ejemplo. Imagina una población de mil ballenas jorobadas en la que los animales se mezclan libremente entre sí y que se aparean todos juntos.
Ahora imagínate que todos los años un determinado número de estas ballenas muere de causas no-naturales como la caza, por las redes de pesca, la colisión contra embarcaciones, etc. El impacto de estas muertes será menor si hay una única población de mil ejemplares que si los mil ejemplares están divididos en dos poblaciones, una de novecientos y la otra de cien.
El impacto en una población de cien ejemplares será obviamente mayor que si el mismo número de ballenas muere en una población única de mil animales.
En otras palabras, es necesario saber cuántas poblaciones existen antes de poder tomar decisiones inteligentes sobre la gestión de estos animales. Cuando tratan sobre temas de gestión, los científicos y la CBI normalmente definen las poblaciones trazando líneas en los mapas. Aunque esto resulta inevitable y conveniente las ballenas desconocen dichas fronteras.
Actualmente, la CBI reconoce siete poblaciones de ballenas jorobadas en el Hemisferio Sur. Cada población se alimenta en un área específica de la Antártida y dichas áreas están relacionadas con zonas específicas de apareamiento en aguas tropicales.
Por ejemplo, se piensa que las ballenas jorobadas que se alimentan en la denominada Área V, la región del Océano Antártico al sur de Australia y Nueva Zelanda, se aparean en la costa este de Australia y al oeste de Oceanía.
La gestión de estos animales conlleva tareas que van desde establecer medidas para su conservación hasta dictaminar cuotas de caza. Todos estos actuaciones se determinan basándose en la hipótesis de una población no tiene relación con otras poblaciones, cuya gestión a su vez dependerá de los conocimientos disponibles sobre su tamaño y estructura.
¿Cómo se estudia la estructura de la población?
Existen varios métodos, la mayoría consisten en rastrear a las ballenas según viajan de un lugar a otro y comprobar si los datos de los que disponemos sobre su estructura y fronteras son correctos.
Por ejemplo, si una ballena del este de Australia apareciera de repente en la región antártica al sur de África, esto cuestionaría la teoría de que la población australiana se alimenta en aguas polares al sur de ese continente.
La magnitud con la que este hecho cuestionaría la teoría existente, dependería de si se trata de un único individuo o es una circunstancia que se da con relativa frecuencia.
Hasta el día de hoy no se han detectado tales movimientos, aunque científicos en el Océano Índico observaron una ballena que viajaba de la costa este de África a la oeste.
¿Cómo se rastrean las ballenas?
Los principales métodos para rastrear las ballenas son tres. El primero es la identificación por fotografía, para ello se sacan fotos de la marcas de la parte inferior de la cola de la ballena jorobada.
Estas marcas son como huellas dactilares porque no existen dos ejemplares que tengan el mismo patrón. Miles de ballenas jorobadas en todo el mundo se han identificado por este método.
En algunas partes del mundo, los científicos han podido seguir durante décadas a ciertos ejemplares usando la identificación fotográfica y han logrado documentar la capacidad reproductiva de las ballenas hembras y de sus crías a lo largo de varias generaciones.
El segundo método precisa de tecnología moderna. Los científicos disparan a la ballena un dardo que toma una pequeña muestra de la piel y luego cae al agua, así pueden examinar su ADN y llevar a cabo análisis que aportan gran cantidad de información.
De esta manera se puede determinar el sexo del animal (difícil de hacer sólo con métodos visuales), determinar su linaje materno y perfil genético lo que permite la identificación del ejemplar.
Al igual que con la identificación fotográfica que compara dos fotografías tomadas en diferentes áreas para asegurar que se trata del mismo ejemplar, la toma de muestra de la piel en dos sitios distintos permite identificar sin lugar a dudas a un individuo a través del genotipo.
La toma de muestra de un pequeño trozo de piel permite llevar a cabo un sinfín de pruebas, no es necesario tomar al animal entero como muestra como pretenden los balleneros japoneses.
Con cualquiera de estos dos métodos, una ballena se puede localizar una y otra vez y por lo tanto obtener información sobre sus movimientos a lo largo de años o de toda su vida. No es necesario mencionar que utilizar la matanza como método de estudio aporta información en un único momento determinado.
Estos métodos se han utilizado para documentar las migraciones de las ballenas que en ocasiones pueden cubrir grandes distancias. Por ejemplo, se ha rastreado a algunas ballenas jorobadas del Atlántico Norte durante más de treinta años y se las ha localizado en sitios tan distantes como Noruega y el Caribe.
Sin embargo, ni la identificación por fotografía ni la genética pueden revelar los movimientos diarios de los animales o los desplazamientos por las vastas zonas del océano donde no hay observadores humanos.
Una ballena fotografiada en las Islas Cook o en Nueva Caledonia puede ser avistada de nuevo en Tonga, hecho muy común según se ha podido verificar por fotografías y muestras genéticas. Sin embargo, no podemos saber qué ocurre con la ballena entre estos dos puntos y aquí es donde es útil la tercera técnica de rastreo.
Rastreo por satélite
Los movimientos diarios de una ballena se pueden seguir a larga distancia si a ésta se le coloca un transmisor. Éste envía una señal al satélite Argos que a su vez retransmite los datos a una estación terrestre, a partir de entonces cualquier científico pueden tener acceso a la información con un ordenador personal desde cualquier lugar del mundo.
La identificación por fotografía o por muestreo genético requiere que los científicos estén al lado del animal y esto no es siempre posible ya sea por mal tiempo, por ser de noche o por que el animal abandone la seguridad de las aguas costeras. Sin embargo, con el rastreo por satélite se puede seguir a una ballena a cualquier lugar de la Tierra y en cualquier momento.
Al contrario que con los otros métodos que sólo permiten ver los destinos intermedios y final, éste ofrece cada detalle de los movimientos de la ballena sin tener que localizar físicamente al animal en la inmensidad del océano. Los métodos tradicionales requieren que la ballena se localice de nuevo para fotografiarla o hacerla una biopsia y esto es cuestión de suerte.
Este año, el apoyo económico de Greenpeace Internacional ha servido para que un grupo de científicos que trabaja en el Pacífico Sur siga vía satélite a las ballenas de Nueva Caledonia y de las de las Islas Cook. Se eligió Nueva Caledonia porque su población es pequeña y está sobreexplotada y se temía que la flota japonesa fuera una inminente amenaza para ella.
La doctora Claire Garrigue de Operation Cétacés dirige un estudio sobre las ballenas de Nueva Caledonia y estima que la población no supera los 400 ejemplares y que dan pocas muestras de recuperarse de la caza.
Debido a su situación geográfica había razones para pensar que las ballenas jorobadas de Nueva Caledonia migraban al Área V para alimentarse, ésta será una de las zonas donde la flota japonesa realice su caza científica durante los próximos años.
El hecho de que el muestreo genético haya situado a una ballena en ambos territorios confirma la hipótesis. Es presumible que las ballenas de las Islas Cook migren más hacia el este que las de Nueva Caledonia y la población de allí es aún más pequeña.
Nan Hauser directora del Cook Islands Whale Research identifica vía fotografía sólo a 60 ó 70 ballenas por temporada. Se puede dar el hecho de que Claire Garrigue fotografíe una ballena al sur de Nueva Caledonia y unas semanas o años más tarde Nan Hauser la localice a una milla de la costa de Rarotonga (Islas Cook). Nuevamente, el rastreo vía satélite ayudará a comprender qué pasa entremedias.
Estas concordancias tienen gran relevancia científica a pesar de que los desplazamientos de las ballenas entre estos dos puntos tan distantes en tiempo y espacio siguen siendo un misterio.
El año pasado el estudio de Hauser consistió en colocar un dispositivo de rastreo por satélite a una ballena madre que se había avistado en Rarotonga y seguirla durante más de cuatro meses según migraba de las Islas Cook al Océano Antártico.
El dispositivo dejó de transmitir a finales de enero de 2007, para entonces la ballena había viajado cerca de 4.000 km. hacia el Círculo Polar Antártico y se encontraba cerca de la frontera entre dos áreas gestionadas por la CBI. Esto fue una sorpresa para muchos.
En agosto y septiembre de este año, Garrigue, Hauser y el científico brasileño Ygor Geyer, consiguieron colocar 20 dispositivos de rastreo en un total de 20 ballenas jorobadas, doce de ellas de Nueva Caledonia y ocho de las Islas Cook.
Los científicos esperaban ansiosos la información procedente del sistema de rastreo, cuando ésta llegó no les decepcionó.
Aunque todas las retrasmisiones finalizaran antes de que las ballenas llegaran al Océano Antártico, la información obtenida fue extraordinaria. Debido a que los humanos nos vemos obligados por necesidad a trabajar cerca de las costas, tendemos a pensar que las ballenas jorobadas son animales costeros pero esto no es cierto.
Varias de las ballenas de Nueva Caledonia viajaron desde la laguna marina situada al sur de la isla a un arrecife lejano en el sureste y algunas permanecieron allí por un largo periodo de tiempo. Hasta entonces nadie sabía lo importante que este hábitat era para los cetáceos.
Para el año que viene, Garrigue tiene previsto realizar identificaciones fotográficas y muestreos de ADN en la zona. Es posible que en un futuro se tomen medidas para proteger este hábitat que hasta el momento era desconocido.
Una de las ballenas sorprendió a los científicos ya que abandono la laguna para bordear toda la costa oeste de Nueva Caledonia y luego viajar cientos de millas a una zona de arrecifes e islas conocidas como las Chesterfield.
Es interesante saber que en la época de Herman Melvilla, en el siglo diecinueve, las Islas Chesterfield fue uno de los territorios de caza ballenera de los yanquis.
Algunas de las ballenas de Nueva Caledonia emigraron a la Isla Norfolk y a la costa norte de Nueva Zelanda. Este dato ayuda a comprender la estructura de la población, ya que los científicos se preguntaban a dónde viajaban las ballenas neozelandesas (la identificación por fotografía era muy limitada antes de realizarse este proyecto).
Las migraciones entre estos dos territorios es importante porque ninguna de las poblaciones de estas dos áreas ha logrado recuperarse de la caza y por lo tanto esta conexión tiene serias implicaciones para la conservación de estos animales.
Respecto al hecho de que ninguna de las ballenas de Nueva Caledonia viajará a Australia aporta nueva evidencia que señala que la recuperación de estas ballenas no se debe a la incorporación de ballenas australianas cuya población es muy superior.
Las ocho ballenas de las Islas Cook no se dispersaron y viajaron en distintas direcciones tal y como se esperaba, sino que todas emigraron hacia el oeste. Uno de los ejemplares viajó hasta Samoa Americana mientras que otros recorrieron las islas y arrecifes que componen el reino de Tonga.
¿Significa esto qué las ballenas entran por oleadas en las Islas Cook y van viajando en dirección oeste a través de las islas?
Este dato todavía se desconoce pero comportamiento similar se ha observado en poblaciones caribeñas de ballenas jorobadas, identificadas vía foto en su zona de apareamiento. A pesar de que algunos dispositivos de rastreo siguieron funcionando hasta octubre ninguna de las ballenas de las Islas Cook mostró ninguna señal de cambiar de dirección y poner rumbo sur hacia la Antártida, hecho que resultó inesperado.
Ello contrasta con las ballenas de Nueva Caledonia que se dirigieron hacia el sur poco después de tener colocado el dispositivo de rastreo. La diferencia en desplazamientos y la constancia con la que el grupo de las Islas Cook viajó hacia el oeste tiene graves implicaciones para una variedad de temas como la estructura de la población y sobre cómo navegan estos animales.
Durante los próximos meses, los científicos investigarán a fondo la trayectoria de estos animales, estudiando si sus movimientos están ligados a las características del océano, del suelo marino o quizá al campo magnético de la Tierra. Las ballenas jorobadas podrían utilizar cualquiera de estos referentes para orientarse en la inmensidad del océano.
Aunque este tipo de proyecto ha sido el primero en esta región y por ello un tanto experimental, ya se ha obtenido más información sobre las que una vez fueron grandes poblaciones de ballenas de la que se obtendrá con la caza japonesa.
Durante los próximos meses 50 ballenas jorobadas morirán en la Antártida en nombre de una investigación científica que nos dirá poco más de lo que ya sabemos.
De hecho, el programa letal japonés apenas estudia los temas de investigación recomendados por la CBI con respecto a las ballenas jorobadas del Hemisferio Sur.
En otras palabras, las recomendaciones científicas del organismo que gestiona la caza de ballenas se ignoran y aún así Japón declara que su estudio es beneficioso.
Con sólo veinte animales ya se ha obtenido más información sobre los movimientos y relaciones de las ballenas del Pacífico Sur de la que existía previamente. El rastreo vía satélite no puede documentar todos los aspectos de la vida de las ballenas, es más adecuado para unas áreas de investigación que para otras.
Sin embargo, junto a otras técnicas no-letales entre las que se encuentran la identificación fotográfica y el análisis genético, se puede obtener más y mejor información para la conservación y gestión de estos animales de la que se obtendría cazándolas.
Esta información fue facilitada por los científicos que investigan las ballenas jorobadas del Pacífico Sur y que colaboran con Greenpeace en El Gran Viaje de las Ballenas.