En 1998, España aprobó el cultivo comercial del primer maíz transgénico, el Bt 176 de Ciba Geigy(hoy de Syngenta). Desde entonces, España es el único Estado miembro de la UE que permite el cultivo de organismos modificados genéticamente (OMG) a gran escala hasta 2005, habiéndose aprobado numerosas variedades de maíz transgénico Bt 176 y de MON 810.
A partir de marzo de 2004, el nuevo gobierno prometía que se
establecerían unas normas que permitirían a la agricultura convencional
y a la ecológica sobrevivir frente a la continua agresión de las
corporaciones de los transgénicos, se respetaría el derecho de los
consumidores a elegir su alimentación y se minimizaría en lo posible el
impacto ambiental de estos cultivos. Si bien se mejoró la postura de
España en las votaciones europeas, el Ejecutivo sigue permitiendo el
cultivo de maíces transgénicos sobre los cuales existen dudas acerca de
su seguridad y ha aprobado 14 nuevas variedades.
En la situación actual conviven errores administrativos, opacidad en el
mundo de la investigación, nulo o deficiente seguimiento y control de
los cultivos y de los casos de contaminación, variedades ilegales,
campos experimentales no autorizados, ausencia de registros, ningún
respeto a las distancias mínimas entre parcelas, declaraciones falsas
para cobrar las subvenciones por cultivo de maíz, dueños de
cosechadoras que reconocen que no limpian las máquinas entre un campo
transgénico y uno no transgénico o gerentes de cooperativas que
reconocen que mezclan todo en un mismo montón. La falta total de
medidas de separación, de segregación y de control por parte de la
Administración es evidente.
Precisamente cuando el gobierno catalán y el nacional están estudiando
una normativa para su mal llamada coexistencia con la
agricultura convencional y ecológica, se demuestra que no se dan las
condiciones para el cultivo de OMG en España. Por ello y porque los
transgénicos suponen un daño irreversible para el medio ambiente, la
economía y la salud, es urgente que el Gobierno y las administraciones
de las diferentes regiones y autonomías revoquen las variedades
aprobadas hasta la fecha y paralicen los cultivos transgénicos en
España.
La ausencia de normas orientadas a minimizar la contaminación de los
campos, de segregación entre cosechas, y de control y transparencia,
sumado a la no diferenciación de precios, la carencia de medios
técnicos o humanos para gestionar los transgénicos y sus consecuencias
están llevando a la agricultura no transgénica a una situación de
crisis sin precedentes.
La "coexistencia" no es posible, la contaminación de cultivos es un
hecho y la estrategia de la industria semillera es contaminar,
generando una situación irreversible que elimine cualquier alternativa
de cultivo y que obligue al conjunto de la sociedad a aceptar unos
umbrales de presencia de OMG crecientes.
Con esta situación se puede concluir que:
- el control y el seguimiento de los OMG del laboratorio al plato
son ineficaces, y en muchos casos inexistentes. El sistema de
segregación, trazabilidad y etiquetado no funciona;
- no existen sistemas independientes de detección e investigación
de los casos de contaminación, cultivos ilegales (comerciales o
experimentales), irregularidades administrativas o efectos negativos de
los transgénicos. La inmensa mayoría de las contaminaciones no se
detecta nunca;
- los costes económicos de las contaminaciones y del resto de
problemas provocados por los transgénicos son altos y son soportados
por los afectados. Los efectos sociales, ambientales y sobre la salud
son potencialmente inmensos. Todo ello debido tanto a los daños
directos de estas tecnologías como a la pérdida de soluciones agrarias
y alimentarias verdaderas y sostenibles, provocada por el sumidero
financiero que supone la opción biotecnológica;
- el tremendo coste que supondría un análisis exhaustivo y un
control riguroso real por parte de las autoridades, hace que este tipo
de tecnología sea social, ambiental y económicamente inviable;
- la falta de transparencia impide que la mayor parte de los fallos
de los transgénicos o de los escándalos relacionados con ellos sean
percibidos por la sociedad. Ésta, sin embargo, está constantemente
sometida a la propaganda de una industria que sólo divulga los
supuestos beneficios de estos cultivos sin ofrecer una información
objetiva y contrastada, con la única finalidad de aumentar su control
sobre los sectores agrario y agroalimentario;
- la industria de los transgénicos es capaz de influir a muchos
niveles sobre el poder político, haciendo prevalecer sus intereses
sobre los del medio ambiente o la sociedad;
- los Estados son incapaces de evitar la venta y el cultivo
ilegales, y de impedir el incumplimiento de las normas en el cultivo de
transgénicos;
- cualquier sistema de control tiene fallos y siempre existen
imprudencias y errores humanos o técnicos, por lo que en la práctica es
imposible evitar la contaminación de otros cultivos.
Por todo ello, Greenpeace exige que:
- se suspenda inmediatamente toda autorización de cultivo de
transgénicos en España, por considerar que no existe el marco técnico y
legal para poder cultivarlos en condiciones de control y seguridad;
- para ello, deben revocarse las autorizaciones de todas las
variedades que los diferentes gobiernos han aprobado hasta la fecha y
prohibirse los cultivos experimentales;
- se suspenda cualquier intento de aprobar decretos o reales decretos de coexistencia;
- las autoridades realicen un replanteamiento de la política
agraria española en el sentido de garantizar la existencia de una
producción absolutamente libre de transgénicos, asegurando con ello la
libertad de elección de los consumidores y de los agricultores por
encima de los intereses de la industria de los transgénicos y de las
multinacionales dueñas de estas tecnologías;
- se cree una comisión que estudie con rigor e independencia y
analice de forma transparente los daños ambientales, sociales o
sanitarios de los transgénicos y exija que se apliquen sanciones a sus
causantes. Las compañías
productoras de transgénicos o dueñas de las patentes deben ser
consideradas culpables de las contaminaciones y otros daños, salvo que
puedan demostrar que el error o la negligencia proviene de otra parte.