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La Tierra produce comida suficiente para alimentar a toda la población mundial. El problema del hambre se debe al mal reparto de los recursos y se puede resolver con decisiones políticas. En las condiciones actuales de organización de los mercados, un aumento de la producción no serviría para abastecer a los más necesitados sino para aumentar la concentración de la riqueza.
Los países que han adoptado masivamente el uso de cultivos transgénicos son claros ejemplos de una agricultura no sostenible. Esto se cumple en el caso de Argentina. La entrada masiva de la soja transgénica en 1996, cultivo del que este país es uno de los primeros productores y exportadores mundiales, exacerbó la crisis de la agricultura argentina con un alarmante incremento de la destrucción de sus bosques primarios, el importante desplazamiento de campesinos y trabajadores rurales, un aumento del uso de herbicidas y una grave sustitución de producción de alimentos para consumo local. La mitad de la población se encuentra por debajo del umbral de la pobreza. Durante la crisis alimentaria argentina, en la que los casos de desnutrición fueron tan graves que la ONU abrió una oficina de control en Buenos Aires, las exportaciones de soja y maíz argentinos siguieron alimentando a las ganaderías de los países ricos.
El déficit en micronutrientes en las dietas de muchos países en vías de desarrollo está directamente relacionado con la falta de biodiversidad agropecuaria y es consecuencia de la falta de verduras, de frutas y de alimentos frescos en general. El modelo de agricultura intensiva y transgénica que fomenta el monocultivo no hará sino acentuar estos problemas.
La introducción de los OMG en la agricultura exacerba el monopolio de unas pocas multinacionales del Norte no sólo sobre la producción de alimentos. Con las OMG cinco multinacionales tendrían también el control sobre las semillas y sobre su comercialización. En Argentina, por ejemplo, 160.000 familias tuvieron que abandonar sus tierras en la última década porque no podían competir con las grandes agropecuarias. La política de concentración promovida por Monsanto ha creado un modelo de sociedad donde unos pocos se llevan los beneficios a costa de la mayoría y donde se incrementan las diferencias entre pobres y ricos.
Antes de la llegada de los transgénicos hubo otra promesa de erradicar el hambre en el mundo basada en la agricultura industrial, llamada revolución verde. Sin embargo, los resultados están a la vista. La revolución verde fue una campaña de gobiernos y empresas para convencer a los agricultores de países en desarrollo para que sustituyeran cultivos autóctonos por variedades de alto rendimiento dependientes de productos químicos y fertilizantes. En la India provocó la pérdida de casi 50.000 arroces distintos, en Indonesia se extinguieron 1.500 variedades locales de arroz en los últimos 15 años. Los insecticidas y herbicidas causaron la pérdida de pescados, gambas, cangrejos, ranas que vivían en los arrozales. Al utilizar unas pocas variedades de semillas, las plagas provocaron grandes devastaciones. Desde que en los años 40 Estados Unidos introdujera los insecticidas, las pérdidas de cosechas por plagas se han incrementado un 13%.
La solución al hambre y la desnutrición pasa por el desarrollo de tecnologías sostenibles y justas y por el empleo de técnicas como la agricultura y la ganadería ecológica. Éstas ya existen pero carecen del apoyo necesario para su puesta en marcha o para su generalización. La industria biotecnológica utiliza su poder comercial y su influencia política para desviar los recursos financieros que requieren estas soluciones duraderas y sostenibles.
01 junio 2002
01 septiembre 2001
01 septiembre 2001
01 septiembre 2001
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