Skip navigation.
Dioxinas: las dioxinas son tóxicas, persistentes en el medio ambiente y bioacumulativas, es decir, se acumulan en los tejidos de animales y humanos. Las dioxinas son subproductos no intencionados de actividades humanas relacionadas con la fabricación y el uso de cloro, y la combustión de materiales que contienen alguna forma de cloro. Los niveles de dioxinas en las poblaciones y en el medio ambiente de regiones industrializadas comenzaron a crecer notablemente a partir de la II Guerra Mundial, con la fabricación y dispersión de pesticidas clorados y otros productos químicos y sus residuos. La contaminación por dioxinas no se limita a las inmediaciones de las fuentes de emisión. Como otros contaminantes orgánicos persistentes se transportan miles de kilómetros por medio de las corrientes de aire y como consecuencia se convierten en contaminantes ubicuos globalmente.

Las dioxinas ocasionan una gran cantidad de efectos tóxicos ya que actúan sobre un sistema de regulación bioquímica fundamental en el organismo común en animales y humanos. Las dioxinas ejercen sus efectos uniéndose al “receptor Ah” y como consecuencia afecta a varios genes.

Los efectos toxicológicos de las dioxinas son: carcinogénesis, efectos en el sistema inmune, efectos en el sistema reproductor masculino, efectos en el sistema reproductor femenino, impactos en el desarrollo de niños y niñas y disruptor de hormonas.

No existen niveles seguros de emisión para las dioxinas (tardan años o décadas en degradarse) y son bioacumulativas (se acumulan en todos los organismos de la cadena alimentaria, aumentando su concentración en los últimos eslabones). La cantidad final que llega a los organismos vivos, incluido el ser humano (que se encuentra al final de la cadena alimentaria) es muy superior a los niveles que emiten las incineradoras.

Hexaclorobenceno (HCB): este compuesto es persistente, bioacumulativo y tóxico para la vida acuática, las plantas, animales terrestres y para humanos; se ha utilizado de forma extensiva como un pesticida y en tratamientos de semillas. Las recientes investigaciones indican que el HCB puede contribuir de forma significativa a la toxicidad causada por los compuestos organohalogenados en leche materna.

Este compuesto es un “posible carcinógeno” en humanos. El HCB puede dañar el desarrollo de fetos, el hígado, el sistema inmune y endocrino, el tiroides, los riñones, los huesos, la sangre y el sistema nervioso central. El hígado y el sistema nervioso son los órganos más sensibles a sus efectos.

PCBs: este grupo abarca 209 congéneres diferentes. Alrededor de la mitad de ellos se han identificado en el medio ambiente. Son persistentes, tóxicos y bioacumulativos. Los PCBs altamente clorados son los más persistentes y la mayoría se encuentran como contaminantes ambientales. Los PCBs se han convertido en productos químicos ubicuos globalmente e incluso se encuentran en concentraciones elevadas en tejidos de animales que viven en ambientes que se consideran vírgenes. A los PCBs se les asocia un amplio rango de efectos tóxicos en la salud que incluyen efectos inmunológicos, neurológicos y reproductivos.

Se sospecha que ocasionan muchos impactos en la salud de la vida salvaje y en humanos. Algunos PCBs también producen los mismos efectos sobre la salud que las dioxinas, ya que estructuralmente son productos químicos similares. La producción de PCBs ha cesado prácticamente en casi todos los países. Se estima que, al menos un tercio de los PCB´s que se han producido se han liberado al medio ambiente (Swedish EPA, 1999). Los otros dos tercios permanecen en viejos equipamientos eléctricos y en vertederos de residuos, desde donde continúan lixiviando al medio ambiente. Aunque ésta se considera la mayor fuente de contaminación de PCB´s hoy en día, algunos de ellos también se generan como subproductos de la incineración y en ciertos procesos químicos en los que el cloro está presente.

DDT: el DDT–dicloro difenil tricloroetano– es un pesticida organoclorado, que comenzó a utilizarse de forma extensiva durante la II Guerra Mundial para controlar enfermedades que se transmitían a través de insectos denominados “vectores”. Durante décadas, el DDT tuvo un uso agrícola y forestal, pero debido a su impacto medioambiental se prohibió casi universalmente. Desde entonces numerosos investigadores han documentado los riesgos de los compuestos organoclorados bioacumulativos para los seres humanos y para la vida salvaje en general.

El DDT y sus metabolitos son lipofílicos y, por tanto, se pueden bioacumular en los tejidos grasos. En personas que no trabajan con DDT, la comida es la fuente principal de exposición. La exposición a través de la dieta, sobre todo en los países donde el DDT ha dejado de utilizarse, es por el  producto de degradación del DDT, el DDE. El DDE es más persistente tanto en el cuerpo como en el medio ambiente que el DDT y la mayor parte del impacto medio ambiental es atribuible a este compuesto a menos que haya existido exposición reciente a DDT.

El DDT y sus compuestos funcionan como disruptores endocrinos y presentan diferentes modos de actuación. El DDT, que funciona como un imitador del estrógeno, es el más activo. El DDE es probablemente el que está presente a más altas concentraciones en seres humanos y funciona como un inhibidor del andrógeno que actúa contra las hormonas sexuales masculinas. Además, el DDT es un “posible carcinógeno en humanos".

La exposición de la fauna silvestre al DDT y sus metabolitos está principalmente relacionada con la acumulación y la persistencia de estos contaminantes tanto en la cadena alimentaria acuática como terrestre. La ingesta de comida contaminada provoca la acumulación de DDT en tejidos con sus consecuentes efectos reproductivos, de desarrollo y neurológicos. Aunque la principal causa de la disminución de la población son los fallos reproductivos, el DDT puede provocar la muerte de aves por exposición directa.