Es el tiempo que ha pasado desde que unos jóvenes activistas canadienses fletaran un viejo pesquero, al que llamaron "Greenpeace", y se echaran al mar para detener las pruebas nucleares que EE.UU. realizaba en el archipiélago de Amchitka en Alaska. Desde entonces han pasado 40 años manteniendo vivas las señas de identidad con las que nació Greenpeace: ser testigos de las agresiones medioambientales para contárselas al mundo, utilizar la acción pacífica para denunciarlas y ser totalmente independientes política y económicamente.