Estás aquí:
![]() |
Los sistemas económicos globales quiebran no sólo como consecuencia de la avaricia, el fraude y los bienes tóxicos, sino por el hecho de que se sustentan sobre falacias acerca del mundo natural.
Los fraudes de Ponzi y las consecuentes estafas de los banqueros internacionales no pueden sustituir a la economía real: los sistemas ecológicos vivos, la energía, los suelos, los minerales, los bosques y los mares.
Las teorías egoístas de los economistas obsesionados por el crecimiento se despegan de esta realidad profunda como el papel tapiz barato. Desde los días de Akenaton y César, los especuladores sobrealimentados han insistido en que su élite y los genios esotéricos crean la riqueza. Cada vez que salaban un suelo o diezmaban un bosque, se dirigían hacia la siguiente línea divisoria de aguas o “descubrían” otro continente.
Esos días han llegado a su fin. Ya no hay más reservas gigantescas de las que puedan echar mano. La riqueza de los faraones y de los timadores del mercado de valores llegaba a ellos no porque fueran genios, sino por la habilidad que tenían para valerse de engaños, para idear préstamos con dinero de fantasía y para intercambiar apuestas sobre el valor cambiante de promesas de papel, el moderno mercado de “derivados”. Pero, al final, esta prosperidad depende de la verdadera riqueza: la naturaleza y sus sistemas, sus materiales y sus energías.
Los mercados se recuperarán y quebrarán una vez más, y los traficantes de valores almacenarán más dinero en sus cajas fuertes, pero al final, el dinero no podrá reemplazar al suelo y al agua. El producto interno bruto de ningún país puede reemplazar al bienestar auténtico.
A medida que los mercados de valores de todo el mundo fueron derrumbándose este otoño, varios sucesos ambientales urgentes provocaron estrépito bajo las lamentaciones superficiales, como profundos volcanes que despiertan para recordarnos que “con la naturaleza no se juega”.
Es el suelo, chicos
Hace cinco décadas, el ecologista estadounidense Aldo Leopold escribió: “Abusamos de la tierra porque la vemos como algo que nos pertenece. Cuando la veamos como la comunidad a la que pertenecemos, tal vez empecemos a utilizarla con amor y respeto”.
Los economistas han pasado por alto, e incluso se han burlado de las advertencias de los ecologistas, y ahora el planeta se enfrenta a la escasez de suelo fértil como resultado de la erosión, la salinización, la contaminación, la desertificación y la explosión demográfica. El Director de Agricultura de la ONU, Lennart Bage, anunció el verano pasado que “la tierra fértil con acceso al agua se ha convertido en un bien estratégico”. Aunque, en realidad, siempre lo ha sido para todos los seres vivos.
Este año, Irán compró más de 1 millón de toneladas de trigo a Estados Unidos, algo que no hacía desde 1980. Irán no hubiera ido a rogarle a su enemigo declarado sino fuera porque no tiene otra opción.
Irán, las naciones sauditas y los demás países petroleros del Medio Oriente, dependen de la agricultura global para adquirir los granos que necesitan, y los Emiratos Árabes Unidos compran tierras agrícolas en Sudán y Kazajstán, Corea del Sur trata de conseguir tierras en Mongolia, China y el sureste de Asia, mientras Libia renta granjas en Ucrania.
Con el cierre de los embarques ucranianos, sólo quedan tres grandes exportadores de granos: Norteamérica, Australia y Nueva Zelanda. Sin embargo, estos productores globales dependen totalmente del uso de fertilizantes y combustibles fósiles. No obstante, casi no hay quien produzca fósforo, principal componente de los fertilizantes, y la escasa producción va en declive, de modo que la era de la energía barata está llegando a su fin.
La gran fogata
La globalización consiste literalmente en quedarnos sin gasolina. Los geólogos que participaron en la Conferencia de la Asociación para el Estudio del Pico del Petróleo y del Gas, cuyas siglas en inglés son ASPO, realizada en California en el mes de septiembre, confirmaron que la producción mundial de petróleo ha dejado de aumentar e iniciará su inevitable declive durante la próxima década.
Un estudio del Departamento de Energía de Estados Unidos (el informe Hirsch) advirtió en 2005, el año en que se estabilizó la producción mundial de petróleo, que la sociedad necesitaba un plazo de 20 años para poder poner en marcha un nuevo plan de energía óptimo. Ya es demasiado tarde para una respuesta tan mesurada, pero además, el hecho de no haber actuado a tiempo, es el resultado de los cánticos de “crecimiento eterno” que lanzaban los economistas y los grupos interesados para ocultar o pasar por alto la evidencia que tenían ante sus ojos.
La teoría económica convencional ha establecido que los recursos son virtualmente infinitos, que sólo se necesita capital y mano de obra para crear “riqueza”. El agotamiento de los mantos petrolíferos deja al descubierto este trágico engreimiento. La producción del petróleo disminuyó el año pasado en ocho de las doce principales naciones productoras de petróleo. Todos los mantos petrolíferos importantes del planeta están en declive y los descubrimientos globales alcanzaron su punto más alto hace 40 años.
Mientras tanto, los promotores del crecimiento económico esperan que la humanidad duplique el parque vehicular en los próximos diez años, de uno a 2 mil millones de vehículos, mientras se siguen construyendo caminos sobre tierras cultivables.
Los avances en energía solar y eólica ayudarán a mitigar el próximo desenlace energético, pero no sustituirán a los combustibles líquidos baratos. Los biocombustibles tienen cierto valor limitado si se basan en los desechos agrícolas, pero dicho valor será insignificante a escala mundial.
El etanol de maíz socava la agricultura para producir alimentos y definitivamente no podrá reemplazar ni remotamente al económico petróleo. Los proyectos de hacer biocombustibles con celulosa y algas no pueden ni siquiera producir energía neta, de modo que no resultan económicos a ningún precio.
Los nuevos descubrimientos de petróleo y las tecnologías de recuperación quedan irremediablemente rezagados frente al inminente declive de los campos petroleros convencionales. Los promotores de la industria petrolera proclamaron hace poco que había “90 mil millones de barriles de crudo” en el Ártico, pero se les olvidó mencionar que esta cantidad de petróleo, suponiendo que dicho manto pudiera confirmarse y extraerse, alcanza sólo para tres años de suministro mundial.
Rex Weyler fue director de la Fundación Greenpeace original, editor del primer boletín de la organización y cofundador de Greenpeace International en 1979. Fue fotógrafo y reportero de las primeras campañas de Greenpeace en pro de las ballenas y las focas y ha escrito una de las historias más afortunadas y completas sobre la organización, Greenpeace (Raincoast, 2004). Su libro, Blood of the Land, la historia del movimiento indígena estadounidense, fue nominado al premio Pulitzer.
- Rex Weyler
Ver capítulos anteriores: 1 2 3 4 5 6