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Cuando despierte, ¿la selva seguirá ahí?

Cuando despierte, ¿la selva seguirá ahí?

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En el corazón de la Zona Maya, a 240 kilómetros de las playas turísticas de Cancún, se encuentra el municipio de Felipe Carrillo Puerto, al que sus antiguos pobladores llamaban Balam Nah, "La casa del tigre".

Al estar ahí, es fácil entender por qué le pusieron ese nombre. Basta con adentrarse en la selva para encontrar arañazos sobre la corteza de algunos árboles, rastros de la manera como el jaguar afila sus garras y de paso marca su territorio. De vez en cuando, su rugido pone en alerta a los pobladores que, aunque temen al felino lo respetan.

Carrillo Puerto se encuentra en una de las zonas boscosas mejor conservadas del país, justo entre las reservas de la biosfera de Sian Kaán, en Quintana Roo, y Calakmul, en Campeche. De acuerdo con el Instituto de Recursos Mundiales (WRI, por su sigla en inglés) la selva mediana y baja de esa zona es una de las últimas fronteras forestales de nuestro país, es decir, uno de los últimos bosques primarios bien conservados que cuenta con especies nativas de árboles, y cuya extensión permite albergar poblaciones de animales que por su tamaño y comportamiento requieren grandes territorios, como es el caso del jaguar.

La cuidadosa mano del hombre

El buen estado de estos bosques no es casual. El municipio de Carrillo Puerto es una de las regiones del país en donde, desde hace un par de décadas, las comunidades indígenas y los ejidos decidieron hacerse cargo de los recursos forestales comunales.

Hasta finales de los años 70, los recursos forestales eran considerados propiedad de la nación. Como debían contribuir al desarrollo social y económico del país, el gobierno creó empresas paraestatales para la explotación de la madera. Las comunidades forestales sólo recibían el "derecho de monte" (regalías que pagaba la empresa por explotar la madera), empleos temporales y algo de capacitación. A cambio, debían enfrentar la degradación de los bosques y la inestabilidad de las economías locales por los auges económicos fugaces, ya que las empresas sólo se preocupaban por extraer la mayor cantidad de madera y al agotar el recurso se desplazaban a otra región.

En respuesta, a mediados de los años 70, las comunidades locales se organizaron y lograron un cambio radical en las políticas del gobierno. Los recursos forestales pasaron a ser propiedad de las comunidades y ejidos, lo que tiene gran relevancia pues alrededor del 80 por ciento de los bosques y selvas de nuestro país pertenecen a poblaciones indígenas y campesinas. Con este cambio, la gente que vive en los bosques se vio directamente beneficiada por la venta de la madera y otros productos. Surgieron empresas forestales comunitarias que generaron empleos permanentes y han destinado parte de las ganancias a obras de beneficio común, como escuelas, clínicas y servicio de agua potable. Pero el cambio más radical ha sido que, a diferencia de las empresas paraestatales, los indígenas y campesinos están conscientes de la importancia de conservar sus recursos naturales.

Para que la cuña apriete

A tan sólo una hora del poblado de Carrillo Puerto, al suroeste, se encuentra una de las comunidades más exitosas en el buen manejo de su bosque: el ejido Naranjal Poniente. Su actividad forestal explica por qué, a nivel nacional, Quintana Roo es la entidad más importante en manejo comunitario de selvas.

Si bien en el camino hacia Naranjal Poniente se pueden ver algunas áreas boscosas convertidas en tierras de cultivo, todavía es posible disfrutar de los cenotes que se encuentran a 20 metros de la carretera. Cerca de la comunidad, unos metros selva adentro, quien mira con atención las copas de los árboles distingue monos araña balanceándose entre las ramas, alejándose del intruso que vino a perturbar su descanso. En el ejido, abundan las historias de jaguares solitarios que rondan a los ingenieros forestales cuando se internan en el bosque para evaluar las especies de árboles que ahí se encuentran y sus respectivas edades.

La gente de Naranjal Poniente sigue siendo pobre, vive en casas de madera con piso de tierra. Los abuelos aún recuerdan la hambruna padecida en los años treinta cuando una plaga de langosta arrasó con el maíz y hasta con las hojas de los árboles. Sin embargo, quienes ahí viven expresan con orgullo la certeza de tener su futuro en sus manos. Y es que, durante años, la explotación maderera estuvo bajo el control de la empresa Maderas Industriales de Quintana Roo (Miqroo), pero en la actualidad es la comunidad la que, con un gran esfuerzo técnico y de organización social, aprovecha la madera y otros productos del bosque, como el chicle.

Naranjal Poniente es una de las más de treinta comunidades certificadas por la Forest Stewardship Council (FSC, Consejo de Manejo Forestal en español) en nuestro país, debido al buen uso de su bosque, tanto ambiental como socialmente. Es tanta su convicción por preservar sus recursos naturales que recientemente declararon como reserva las 2 mil hectáreas de selva adyacentes a la comunidad. Esta decisión tiene antecedentes, como a principios de los años 80, cuando 64 comunidades forestales de la zona declararon 500 mil hectáreas como "zonas permanentes de bosque", en ese entonces un hecho sin precedente.

Como esta, son muchas las comunidades y los ejidos que en todo el país se está haciendo cargo del aprovechamiento de sus bosques. Se estima que existen al menos 290 empresas forestales comunitarias. De ellas, 36 cuentan con el sello FSC y producen casi el 15% de la madera que cada año se comercializa en México. En ningún otro país existe tanta experiencia en el manejo comunitario de los bosques. Esto ha representado un enorme esfuerzo por parte de las comunidades ya que el apoyo del gobierno ha sido escaso.

Los beneficios sociales y ambientales de estas experiencias son evidentes. Sin embargo, la madera certificada aún enfrenta dificultades para acceder a los mercados. Esto ha impedido que sean mayores los beneficios para la gente que vive en los bosques y sea retribuida en su justa dimensión la enorme labor que realizan por nuestro medio ambiente.

Por todo lo anterior, Greenpeace ha puesto en marcha una campaña para promover a las comunidades que están realizando un buen manejo de sus bosques. Entre otras cosas, proponemos que el gobierno incluya a la madera certificada en sus compras para respaldar este mercado, que las empresas madereras y muebleras, así como la industria de la construcción, utilicen madera certificada, y que los consumidores exijan estos productos en los establecimientos que venden madera.

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