Uno de los mayores beneficios que nos brinda el Bosque de Agua es precisamente el cuantioso aporte de este líquido. Los habitantes del Valle de México sabían esto desde hace cientos de años. De hecho, el nombre de Ajusco, proviene del náhuatl Axosco que significa "donde brota el agua" o, sencillamente, "floresta de agua".
Este bosque no sólo proporciona agua a la Ciudad de México; también
vierte sus aguas a la cuenca del valle de México, a la cuenca del Río
Lerma y al Río Amacuzac, que forma parte de la cuenca media del Río
Balsas.
Es fácil imaginar cómo los antiguos habitantes del Valle de México
hicieron la asociación entre estos bosques y el agua si consideramos la
gran cantidad de manantiales, arroyos y ríos que en ese entonces
brotaban en las partes altas del sur y poniente de la región y
abastecían de agua a sus pobladores y a los lagos que ocupaban la parte
baja de la cuenca.
Aunque en la actualidad gran parte de esos manantiales, arroyos, ríos y
lagos se han secado, se encuentran entubados o se utilizan como
drenaje, el Bosque de Agua todavía abastece casi tres cuartas partes
del agua que se consume en el Distrito Federal y parte de su área
metropolitana.
El crecimiento urbano (hablamos de una zona que concentra casi una
cuarta parte de los habitantes de México: en el área metropolitana del
Distrito Federal viven casi 20 de cada 100 mexicanos y en la cuenca del
Lerma viven casi 10 millones de personas) ha tenido como resultado un
incremento en la demanda de agua, lo que ha ocasionado que, por
ejemplo, el acuífero de la Ciudad de México se encuentre sobreexplotado
(es decir, que la extracción de agua es mayor a la recarga natural) en
un 35 por ciento. Al tiempo que ha aumentado la demanda de agua, ha
disminuido la recarga de estos mantos acuíferos por la reducción del
tamaño del bosque. El propio crecimiento de la urbe ha destruido parte
del bosque, junto con el cambio de uso de suelo para uso agropecuario y
la tala ilegal.
Según la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales (Semarnat)
la cantidad de agua que se extrae de este acuífero equivale casi al
doble de la recarga, en tanto que de acuerdo con la Comisión Nacional
del Agua (CNA), este acuífero presenta un déficit en su disponibilidad
de 969.5 millones de metros cúbicos al año, lo que equivale a casi dos
veces el volumen del lago de Pátzcuaro, el tercer lago más grande de
México, suficiente para abastecer a casi 8 millones de personas.
Para subsanar esta disparidad entre la demanda del agua y la capacidad
del bosque de capturarla y ofrecerla, se ha hecho necesario traer agua
de otras regiones, lo cual tiene un gran costo económico y un fuerte
impacto ambiental en zonas remotas. Por ejemplo, a partir de 1951 fue
necesario llevar agua desde pozos en la cuenca del Río Lerma hasta la
Ciudad de México y desde 1982 se empezó a "importar" agua desde la
cuenca del Río Cutzamala, ubicada a 127 kilómetros del Distrito
Federal. Esto implica bombear agua a través de acueductos que tienen
que vencer un desnivel de mil 200 metros, para saciar la sed de quienes
viven en la capital y en su zona conurbada. Cabe señalar que mientras
esa "importación" de agua del sistema Cutzamala abastece un 25 por
ciento del líquido que se destina a la Ciudad de México, el INEGI
reporta que 32 por ciento del agua que se consume en la capital se
pierde debido a fugas.
Aún así, de los 34,430 litros de agua potable que la Ciudad de México
recibe cada segundo, un 73 por ciento (25,134 litros) proviene
directamente del Bosque de Agua (70 por ciento se extrae del subsuelo y
3 por ciento de manantiales), lo que equivale a casi 220 mil pipas de
agua al día.
Otros acuíferos de la zona que se encuentran sobreexplotados y cuya
recarga depende del bosque de agua son el del Valle de Toluca y el
Ixtlahuaca-Atlacomulco, ambos ubicados en el Estado de México. Aunque
los acuíferos de Morelos no se reportan como sobreexplotados -todavía-,
es necesario tomar en cuenta que esta entidad presenta una de las tasas
de crecimiento de población más altas de la región, junto con el Estado
de México (2.7 y 2.9 por ciento anual, respectivamente).
Como consecuencia de la deforestación, del desarrollo urbano sobre el
bosque y de la sobreexplotación, han desaparecido manantiales y otros
cuerpos de agua. Por ejemplo, el lago de Xochimilco actualmente es
mantenido con aguas tratadas, ya que en 1975 se agotó el último de los
manantiales que lo abastecían, el manantial de Nativitas. De igual
manera, ríos como el San Lucas, Santiago, Churubusco, de los Remedios,
Hondo y Consulado han sido entubados para "evitar inundaciones" y se
han convertido en receptores de drenajes doméstico e industriales.
Actualmente, en el Distrito Federal solamente sobrevive el río
Magdalena, que no ha sido entubado pero sí recibe descargas de aguas
domésticas en sus partes bajas. Otro ejemplo dramático son las Lagunas
de Zempoala (cuyo nombre significa "lugar de muchas aguas"), ubicadas
en los límites de los estados de México y Morelos, decretadas parque
nacional desde 1947 y en las que originalmente había 7 lagunas de las
cuales hoy 5 están secas.
La deforestación y la desaparición de los cuerpos de agua superficiales
están provocando la disminución de los niveles de agua del acuífero del
valle de México a un ritmo de entre 1.1 y 1.5 metros por año, lo que ha
traído como consecuencia el hundimiento de distintas partes de la
ciudad de México a ritmos de hasta 35 centímetros por año. Por ejemplo,
la zona centro se ha hundido 8 metros en los últimos cien años,
ocasionando fracturas en edificios e infraestructura urbana. Esto ha
contribuido a que un 32 por ciento del agua que se distribuye en la
ciudad de México se pierda a través de fugas de la red de distribución.
Asimismo, esto ha ocasionado un aumento en la vulnerabilidad frente a
temblores e inundaciones.
La falta de la cobertura vegetal derivada de la deforestación y la
degradación del bosque no sólo afecta la capacidad de éste de recargar
los acuíferos de la zona, además provoca que la lluvia, al no tener
nada que la frene en su caída, impacte con fuerza el suelo y lo
arrastre hacia las partes más bajas. Esto erosiona la tierra y azolva
arroyos, ríos y presas.
La conjunción de estos factores y el establecimiento de presas, bordos
y asentamientos humanos en zonas de riesgo aumentan la vulnerabilidad
de la zona. Esto quedó demostrado en 2003, cuando un incremento de 40
por ciento en las precipitaciones provocó el desbordamiento del río
Lerma afectando 127 mil hectáreas de cultivo y dejando pérdidas por 500
millones de pesos en cinco estados. Las inundaciones de ese año
ocasionaron daños en la infraestructura urbana y en carreteras y
dejaron a más de 100 mil personas damnificadas. Estimaciones
conservadoras calculan el monto total de los daños en más de 600
millones de pesos, sin embargo, es necesario tener en cuenta que este
tipo de fenómenos meteorológicos extremos irá en aumento debido al
cambio climático. Por ejemplo, los huracanes Stan y Wilma que afectaron
los estados de Chiapas y Quintana Roo a fines de 2005, ocasionaron
daños por al menos 20 mil millones de pesos.
Esto hace urgente la conservación del bosque de agua ya que la
viabilidad y la seguridad de las ciudades y la población de la región,
depende de su existencia.