Llevo un año y medio viviendo en Estambul, en Taksim. Este fin de semana, por primera vez, me sentí como en casa. En medio de este tenso contexto y entre las nubes de gas lacrimógeno la gente está siendo excepcionalmente amable.

Una mujer en la calle se acercó a mí ayer por la mañana y tímidamente dijo: “Veo que estás embarazada, sólo quiero decirte que justo ahora hay peleas en Besiktas y mucho gas lacrimógeno. Por favor no vayas para allá”. Otros me ofrecieron agua en la calle, una máscara de gas o incluso entrar a su tienda para descansar.

Los últimos días en Estambul han sido fuera de lo normal, atemorizantes a veces, pero también inspiradores como nunca.

El domingo había un sentimiento de victoria en el aire. La policía se retiró del parque Gezi el sábado por la tarde. No regresaron al área de Taksim, donde vivo y donde están nuestras oficinas.

El centro de la ciudad estaba en calma, al menos hasta la noche. Al mediodía del domingo fui con algunos amigos y colegas al parque Gezi. Estaba muy soleado y tranquilo.

Vi algunas cosas que me conmovieron hasta las lágrimas: miles de personas estaban caminando alrededor del parque con bolsas de basura llenas con los restos de toda la destrucción de los últimos días. La gente incluso levantaba las colillas de cigarros, dejando el parque impecable.

En una esquina del parque había un improvisado puesto de bebidas y comida las cuales eran ofrecidas a la gente. Alguien me dio un bote con agua y me invitaba a tomar un pastel. Cada minuto alguien venía al puesto para realizar alguna donación de comida, bebidas y material de limpieza. La limpieza se extendió más allá del parque y atravesó la ciudad. En mi colonia, donde un día antes hubo violentos choques, la gente salió desde muy temprano en la mañana para limpiar sus calles.

Son estos actos de espontánea solidaridad los que han hecho estos últimos días tan memorables. Después de un día tranquilo, las noticias de la mañana hablaban de la violencia policíaca en la capital de Ankara y en el barrio de Estambul, Besiktas.

Me encontraba en la casa de un amigo, de pie en la entrada de su edificio cuando de pronto, en un piso más arriba, alguien abrió una ventana y comenzó a golpear una cuchara contra una cacerola. Unos segundos después, la gente en otros edificios se unió a la acción desde otros balcones y ventanas, golpeando las cacerolas, botes de vidrio o de plástico. Unos minutos después todo el vecindario tocaba al mismo ritmo.

La gente en las calles aplaudía o silbaba en señal de solidaridad con Ankara y Besiktas. Es difícil de explicar este momento tan conmovedor, cómo con tan limitadas y pequeñas acciones un sentimiento tan grande puede ser expresado.

En la oficina de Greenpeace, mis colegas han hecho un trabajo increíble. Ha permanecido abierta sin parar desde el viernes y conforme las protestas se incrementaron por la noche y comenzaron a acercarse a la oficina (está a un kilómetro de distancia de la plaza Taksim, en la avenida principal), la policía también se acercó lanzando enormes cantidades de gas lacrimógeno.

El sábado fue, por mucho, el día más intenso. Llegué a la oficina por la mañana cuando las calles estaban despejadas y todo parecía muy tranquilo. Fue cuestión de horas para que las calles fueran infestadas con gas nuevamente.

La oficina está en el quinto piso, desde las ventanas podíamos ver los choques entre la policía y los manifestantes. Por la tarde, el gas había penetrado tanto que era difícil respirar. Nuestros lugares de trabajo fueron convertidos en clínicas donde los manifestantes que fueron expuestos al gas lacrimógeno eran tratados por enfermeras, apoyadas por miembros del staff de Greenpeace. Voluntarios y activistas trabajando juntos.

Era muy peligroso salir de la oficina salir en ese momento y casi imposible volver a entrar, aun así la gente encontró la manera de traernos comida y medicinas, o simplemente para ofrecer su respaldo.

Por la tarde el ambiente era muy tenso. Un bote de gas lacrimógeno fue disparado directamente hacia el piso de nuestras oficinas, por suerte el bote cayó en el techo y no en el balcón donde se encontraba mucha gente. Nos preocupaba que la policía pudiera entrar y comenzara a arrestar a todos  aun cuando no habíamos hecho nada malo.

A las 17:00 horas, de pronto, todo había cambiado. Había miles de personas inundando las calles hasta la plaza y la policía se replegó al instante.

Una vez más por encima del drama y de muchos actos de valentía también hubo muchos pequeños actos de solidaridad de personas que individualmente hacían lo que podían para ayudar a todos los que hicieron para mí este día tan memorable.


Por nombrar solo algunos que estuvieron a mi lado: un voluntario que se encargó de llenar con leche y comida el refrigerador todo el tiempo (la leche es buena para combatir la inhalación de gas) sin que nadie ni siquiera se diera cuenta de dónde salían los suministros; un grupo  de chicas que preparó comida en la cocina; a muchos que se mantuvieron alertas y, finalmente, cuando las cosas se calmaron, una chica, que no era miembro del staff ni nadie que yo hubiera visto antes, lavando todos los trastes sucios y limpiando la cocina, donde horas antes tantos se alimentaron.

Creo que a estas alturas nadie puede decir si esto morirá lentamente o se convertirá en algo más grande. Nadie pudo previsto apenas unos días atrás que una pacífica protesta en defensa de un parque de la ciudad se saldría de control e inspiraría a tantos para levantarse por el derecho a manifestarse pacíficamente.

Lo que sea que ocurra, atestiguar el poder y voluntad de las personas cuando se unen, desde muy diferentes ámbitos de la sociedad, más allá de partidos políticos y sin ninguna clara guía u organización ha sido un privilegio e inspiración que durará toda la vida.

Jen Maman es una asesora para la paz de Greenpeace Internacional. Ella radica en Estambul.