Cada peso que gastamos es parte de ganancias millonarias de quienes hacen los productos que encontramos en la tiendita, esos pesos son también nuestra voz, al menos la que van a escuchar más fuerte las grandes marcas para decidir qué productos y servicios nos van a ofrecer, o en otras palabras, vamos a comprar.

Por ello, hoy queremos invitarte a pensar en el consumo, en tu consumo, como un acto político. Cada vez que decides comprar un producto, estás apoyando e invirtiendo en todo el modelo de producción que hay detrás de ese alimento. Si compras comida chatarra, votas de alguna forma por más alimentos chatarra, por la obesidad, etcétera; por el contrario, si compras un alimento ecológico, entonces votas por más alimentos sanos para las y los mexicanos, por el cuidado del medio ambiente y el comercio justo.

Sin embargo, sabemos que esto no es fácil de saber. La regulación en México no obliga a las empresas a decirnos cómo producen los alimentos, si usan transgénicos que no han demostrado ser seguros, si explotan a quienes trabajan en la cadena de producción, o si usan ingredientes que provienen de otros países. Las políticas gubernamentales tampoco promueven la producción ecológica u orgánica, al contrario, para acceder a certificaciones de este tipo es altamente costoso y con una lista larguísima de requisitos.

Esto a pesar de que quienes consumimos tenemos derecho a saber qué hay detrás de nuestros alimentos. Por ejemplo, de acuerdo con la encuesta Percepciones y actitudes de la población urbana mexicana sobre la producción y consumo de los organismos genéticamente modificados, el 90 % de los mexicanos prefiere que se usen etiquetas para informar a los consumidores cuando un alimento es transgénico, independientemente de que su opinión sea a favor o en contra de esa tecnología.

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