Nuestra historia se remonta a 1971…

En septiembre de 1971 podemos ubicar la primera acción concreta de lo que poco tiempo despues sería nuestra organización, Greenpeace. Hay que subrayar que la historia de Greenpeace no es una sola ni está ordenada. Se expande en muchas direcciones y desafía cualquier intento por contenerla o definirla. Y la historia contada aquí no es la única y probablemente es posible enriquecerla con anécdotas, datos, resultados que se han ido encontrando con el paso del tiempo.

Lo único cierto es que si nos hiciéramos la pregunta de cómo sería el mundo sin la acción decidida de Greenpeace, la respuesta no sería alentadora; tendríamos entonces que responder cuestiones como: ¿cuántas ballenas más habrían muerto?, ¿cuántos vertidos peligrosos más se habrían vertido al mar?, ¿cuántos bosques más habrían desaparecido?, ¿cuántos ensayos nucleares atmosféricos más se habrían realizado?, entre muchas más.

Tripulación del primer viaje de Greenpeace a bordo del Phyllis Cormack, antes de partir hacia la Isla de Amchitka el 15 de septiembre de 1971. Comenzando por el lado superior izquierdo y siguiendo las manecillas del reloj: Hunter, Moore, Cummings, Metcalfe, Birmingham, Cormack, Darnell, Simmons, Bohlen, Thurston, Fineberg. © Greenpeace / Robert Keziere

Por eso, hoy que llegamos a 40 años, vale la pena decir larga vida a Greenpeace, a sus socios, sus voluntarios, sus ciberactivistas, sus aliados y colaboradores en todo el mundo. La suma de todas esas voluntades y compromisos es la que ha hecho posible a nuestra organización llegar a 40 años de trabajo ininterrumpido en favor del planeta.  ¡Muchas gracias por ser Greenpeace!

Y, para celebrar, he aquí un poco de cómo empezó todo…

 

De No hagan olas a Greenpeace

Los fundadores de Greenpeace (de derecha a izquierda): Irving Stowe, abogado; Paul Cote, estudiante de derecho; Jim Bohlen, un científico forestal. Todos miembros del comité "No hagan olas". 1971. © Greenpeace / Robert Keziere

Fue en la diminuta isla de Amchitka, situada en un extremo del archipiélago aleutiano del Pacífico Norte —donde Estados Unidos realizó una prueba nuclear subterránea en 1969—, donde los canadienses Jim Bohlen, Irving Stowe y Paul Cote dieron origen a Greenpeace, concentrando en su nombre dos elementos cardinales de la organización: pacifismo y ambientalismo.

Ubicada en las aguas de la costa oeste de Alaska, Amchitka era hogar de águilas calvas, halcones peregrinos y último refugio de 3,000 nutrias. Amchitka está situada en una de las regiones más sísmicas del mundo. En 1964 un temblor de entre 8.3 y 8.6 grados en la escala de Richter ocasionó la muerte de 115 personas, dejando a cientos sin hogar y destruyendo el 75% de la infraestructura del comercio y la industria. Esto generó también series de tsunamis y olas sísmicas que afectaron playas de Oregon, California, Hawai y Japón.

Este fue el sitio que Estados Unidos escogió para probar su arsenal nuclear, así que el 2 de octubre de 1969, Amchitka fue estremecida por la fuerza de una bomba nuclear, que explotó 1,200 metros bajo su superficie.

El acto estuvo rodeado de controversia, pues la gente temía otro temblor. El día de la prueba, 10 mil manifestantes bloquearon el paso a la principal frontera entre Estados Unidos y Canadá para demostrar su preocupación. Sus pancartas decían “Don’t Make A Wave. It’s Your Fault If Our Fault Goes” (1).

La Comisión de Energía Atómica de Estados Unidos ignoró las protestas y llevó a cabo la prueba, mientras los sismógrafos grababan olas que medían 6.9 en la escala de Richter. Pero la bomba no causó un temblor ni una onda en la marea, y el miedo bajó por un tiempo. Luego llegó el anuncio de que se llevaría a cabo otra prueba en 1971, cinco veces más fuerte que la anterior.

Una de las personas más activas en la protesta antinuclear era Jim Bohlen. Buzo y operador de radar en la Marina de Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial, el neoyorquino Bohlen estaba en Okinawa cuando Estados Unidos lanzó las primeras bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki en 1945. Bohlen se opuso fervientemente a políticas del gobierno estadounidense relacionadas con las armas nucleares, y objetó fuertemente la participación de este país en Vietnam. Luego se mudó a Vancouver en 1966 con su familia, donde conoció a Irving Stowe en una marcha antiguerra en 1967.

Fue Stowe quien introdujo a Bohlen en la religión cuáquera. Los cuáqueros creían en una forma de protesta conocida como “dar testimonio”(2), una forma de resistencia pasiva que implica acudir a la escena de una actividad objetable y expresar oposición simplemente al estar ahí de manera física.

Pronto enfocaron su atención en Amchitka. La cuestión era cómo despertar la conciencia en Estados Unidos. En 1970 Bohlen y Stowe, junto con Paul Cote, formaron el comité “No Hagan Olas” (3), retomando el lema de la manifestación de 1969. El propósito era detener la prueba nuclear en Amchitka.

Según Bohlen: “‘Comité No Hagan Olas’ eran palabras que no significaban mucho. La gente no se relacionaba con ellas, así que el grupo trató de pensar en algo que la gente pudiera entender”.

No queda claro cómo surgió el nombre, al parecer fue Hill Darnell, un trabajador social canadiense, quien ideó la combinación de palabras que señalan la preocupación por el planeta y la oposición a las armas nucleares. Así nació Greenpeace.

 

Dando testimonio

El Phyllis Cormack, un viejo barco pesquero de 24 metros, fue el primer navío del grupo, rentado por seis semanas a un costo de 15,000 dólares. Tenía más problemas mecánicos que los que se suponía debía tener. Después de pasar trece meses tratando de encontrar algo mejor, Bohlen, Stowe y Cote concluyeron que no había alternativa. En este bote navegaron hacia la bomba.

Dave Birmingham iza la bandera de Greenpeace en el barco Phyllis Cormack unos días antes de partir a Amchitka. Septiembre, 1971. © Greenpeace / Robert Keziere

Tanto el navío como su tripulación estaban en el ojo público. Se comunicaron por radio con la costa y los medios. Había doce personas a bordo, incluyendo al capitán Cormack. A las 4 de la tarde del 15 de septiembre de 1971, llevando los símbolos de la paz y la ecología, el Phyllis Cormack, zarpó a cumplir su primera misión real.

“Nuestra meta es muy simple, clara y directa: llevar a una confrontación entre la gente de muerte y la gente de vida. No nos consideramos a nosotros mismos radicales. Somos conservadores, insistimos en conservar el medio ambiente para nuestros hijos y futuras generaciones de hombres”, reportó Ben Metcalfe, un veterano de radio que estaba entre los periodistas que integraban la tripulación, y que jugaron un rol preponderante, la mañana del 16 de septiembre desde el barco.

En esa travesía también resultó clave la presencia de otro periodista, Robert Hunter, quien llevaba a bordo un libro llamado Guerreros del Arcoiris, un pequeño volumen de mitos indígenas y leyendas, y que fue una fuente de inspiración para el equipo, en particular una profecía de 200 años de una anciana cree llamada Ojos de Fuego, quien predijo que cuando la tierra fuera saqueada de sus recursos, el mar ennegrecido, las corrientes envenenadas, el venado muerto sobre sus huellas, justo antes de que fuera demasiado tarde, el indio recobraría su espíritu y enseñaría al hombre blanco la reverencia por la tierra, uniéndose a él para convertirse en Guerreros del Arcoiris. Este nombre tendría una resonancia básica en la historia posterior de Greenpeace.

Así pues, en el camino a Amchitka, a cinco kilómetros del límite territorial, con cámaras y grabadoras la tripulación del Cormack “atestiguó” en la tradición cuáquera, y a través de los medios hizo que Canadá también fuera testigo. Entonces la tripulación recibió un mensaje por radio que anunciaba que la prueba había sido pospuesta, pero no se sabía por cuánto tiempo.

Luego, el 30 de septiembre, se acercó al Cormack el buque Confidence, de la Guardia Costera, y el comandante avisó al barco de Greenpeace que estaba bajo arresto, y los tripulantes fueron detenidos. A espaldas del comandante, el personal del Confidence entregó a los tripulantes del Cormack un cablegrama firmado por 17 marinos, y que decía: “Debido a la situación en que nos encontramos, la tripulación del Confidence siente que lo que están haciendo es por el bien de toda la humanidad. Si nuestras manos no estuvieran atadas por estos lazos militares, estaríamos en la misma posición en que están ustedes, si fuera posible. Buena suerte. Los apoyamos 100%”. Cuando los marinos partieron, lo hicieron con los bolsillos llenos de carteles, libros y banderas con el signo de la paz que les dio la tripulación de Greenpeace.

A pesar de un sentimiento de derrota, ya que la batalla no se había ganado, al menos aparentemente, Greenpeace reunió apoyo en toda la nación gracias a la información de Metcalfe y Hunter: los eventos del viaje, especialmente el arresto y “amotinamiento” de la tripulación de la Guardia Costera.

En el puerto de Vancouver, simpatizantes de Greenpeace esperan el regreso del Phyllis Cormack de la primera protesta contra las pruebas nucleares en la costa de Canadá. Octubre, 1971. © Greenpeace / Robert Keziere

Tanta era la buena voluntad hacia Greenpeace que, de regreso a la Columbia Británica, Stowe pudo reunir el dinero para otro bote más rápido, de 47 metros, el Edgewater Fortune, que se enfiló hacia Amchitka mientras el Cormack volvía a casa. Los dos barcos se cruzaron cerca de la isla de Vancouver.

Empezó entonces una carrera contra el tiempo. La tripulación de 28 miembros reunió provisiones e hizo planes en 24 frenéticas horas, después de que el presidente Nixon marcara como fecha límite para la siguiente prueba: el 4 de noviembre de 1971. El Fortune, rebautizado como Greenpeace II para el viaje, perdió tiempo cuando fue golpeado por una tormenta al tratar de cruzar el Golfo de Alaska y tuvo que hacer dos paradas por reparaciones y combustible.

A pesar del valeroso intento, el Fortune estaba a 1,100 kilómetros, el 6 de noviembre de 1971, cuando el secretario de la AEC, Schlesinger, ordenó que la bomba fuera detonada.

El sismo que se dio fue del orden político: tantas manifestaciones públicas contra las pruebas y emplazamientos a huelga que era imposible para Estados Unidos continuar con las pruebas en Amchitka. Después de cuatro meses de silencio, la AEC anunció el final de las tentativas en el archipiélago aleutiano por “razones políticas y de otra índole”. La voz de Greenpeace se había escuchado, y la pequeña isla de Amchitka estaba a salvo.

 

Viaje hacia la bomba

El segundo gran capítulo en la historia de Greenpeace se remite al Atolón de Mururoa, en la Polinesia francesa, donde Francia probaba armas nucleares. Cabe mencionar que Inglaterra, Estados Unidos y la entonces URSS habían firmado un tratado en 1963 en el cual se comprometían a llevar a cabo todas las pruebas bajo tierra. Sin embargo, Francia y China se habían rehusado a ello.

David McTaggart abordo del "Vega", barco de Greenpeace. Noviembre, 1981. © Greenpeace

La tarea de detener estas pruebas recaería en otro canadiense, un hombre que no era parte del equipo original de Greenpeace y no estaba al tanto de los eventos en Amchitka: David McTaggart, quien se convertiría en uno de los líderes más pertinaces y recios de Greenpeace.

Con una trayectoria que pareciera predestinarle a estar en el lugar preciso en el momento oportuno, McTaggart tenía, como única posesión, un barco llamado Vega, de doce metros, que le había llevado a navegar alrededor del Pacífico Sur hasta Nueva Zelanda. Ahí conoció a una mujer llamada Ann-Marie Horne, que se convertiría en una de sus amigas más cercanas, y le haría saber que Greenpeace buscaba a alguien que navegara un bote hacia Mururoa para protestar contra las pruebas nucleares.

La idea de tal viaje era tan atractiva como bizarra para McTaggart, quien no era activista, ni tenía idea acerca de las pruebas nucleares; a pesar de ello, muy pronto se dio cuenta de que la forma de detener la bomba era navegar justo fuera del límite territorial. El bote permanecería en aguas internacionales, así que los franceses no podrían tocarlo legalmente, y difícilmente detonarían la bomba con una protesta justo en la zona de destrucción.

McTaggart calculó el viaje de 11,000 kilómetros de Nueva Zelanda a Mururoa. Sabía que la prueba estaba calendarizada para el 1 de junio, para lo cual faltaban seis semanas, y considerando que estaban al menos a treinta días para llegar a Mururoa, eso significaba que en dos semanas debían arreglarse cientos de cosas necesarias para un viaje de esa naturaleza. El trayecto parecía difícil, pero McTaggart tenía el tiempo y la intención y contaba con el apoyo de la Fundación Greenpeace y con una tripulación de cinco miembros.

El Vega, también conocido como Greenpeace III, zarpa del puerto de Manzanillo hacia su tercera expedición contra las pruebas nucleares francesas. Noviembre, 1981. © Greenpeace / David McTaggart

El viaje enfrentó varios intentos de las autoridades para evitar que se emprendiera, como llevar a McTaggart a la cárcel durante una noche, pero el 30 de abril, después de hacer los arreglos de última hora, el Vega zarpó del Puerto Westhaven, con el nombre de Greenpeace III bordado y enarbolando los símbolos de la ecología y la paz.

Durante los primeros días el viaje hizo grandes progresos por los excelentes vientos a favor. Sin embargo, se suscitaron muchos problemas de comunicación a través de la radio y había una tensión creciente entre la tripulación.

Como resultado, McTaggart decidió desviarse cientos de kilómetros hacia Rarotonga, en las Islas Cook, donde los problemas de la tripulación alcanzaron un clímax, y por si fuera poco, todos contrajeron fiebre tropical. Finalmente sólo tres de ellos continuaron el viaje: Nigel Ingram, Grant Davidson y David McTaggart, que se lanzaron a cruzar los 2,400 kilómetros que les faltaban para alcanzar Mururoa antes de la prueba de junio.

Contra todo pronóstico, el 1 de junio el Vega navegó dentro de la zona prohibida y tomó su posición a 32 kilómetros del área de la prueba.

Sin saberlo, el Vega estaba siendo constantemente monitoreado por poderosas estaciones de rastreo en Tahití y Nueva Caledonia, y al día siguiente un avión los sobrevoló y un buque de guerra se les aproximó en forma alarmante.

Durante días, la tripulación del Vega continuó con sus esfuerzos para permanecer en la zona, a pesar de feroces vientos y grandes olas, mientras aviones y helicópteros los sobrevolaban constantemente. A mediados de junio, cuando estaba a 24 kilómetros de Mururoa, la tripulación del Vega avistó torres de radio y edificaciones en la base francesa, y claras señales de que la bomba estaba a punto de ser lanzada. En lugar de retroceder, los tres hombres decidieron acercarse más, al borde de cualquier nube del hongo. Al día siguiente, la tripulación del Vega transmitió un telegrama que decía: “Balón se levantó sobre Mururoa anoche. Greenpeace III dieciséis millas al noreste. Situación aterradora. Por favor recen”.

Después de un día de capotear condiciones atmosféricas difíciles, la tripulación avistó otro buque de guerra francés que los acosó durante dos días, hasta el 21 de junio, en que se les advirtió por escrito que se retiraran de la zona prohibida: la prueba era inminente.

Era obvio que su presencia estaba causando retrasos, así que al día siguiente otros dos buques aparecieron con la intención de acosar al Vega. Esto duró ocho días, mientras helicópteros y aviones los sobrevolaban hora tras hora.

La información manejada por la prensa internacional era, sin embargo, tergiversada: se hacía saber al mundo que Greenpeace había sido pacíficamente escoltado fuera del área muchos días antes. Sin embargo, la tripulación se mantuvo firme, y pasó más de 20 días luchando por su posición alrededor de Mururoa después de un viaje comparable en distancia a cruzar el Atlántico.

Después de semanas de acoso, la tripulación creyó escuchar un trueno distante. Al tratar de acercarse, uno de los buques franceses nuevamente se acercó demasiado al Vega, pero esta vez sí lo golpeó fuertemente. El buque fue seriamente lastimado, su antena aplastada y cuando empezó a gotear, su tripulación no tuvo más remedio: McTaggart accedió a que los franceses los remolcaran hacia Mururoa.

Ahí los militares franceses dieron el golpe de gracia: la tripulación del Vega fue subrepticiamente filmada por tres fotógrafos, y las imágenes fueron enviadas a la prensa internacional, con el objetivo de negar los esfuerzos del Vega en su travesía hacia Mururoa, y demostrar que la protesta se había llevado a cabo y resuelto en los mejores términos. Con el bote seriamente dañado, y la moral baja, McTaggart, Ingram y Davidson fueron conducidos hacia Rarotonga.

 

Regreso a Mururoa

Mientras el dañado Vega cojeaba hacia Rarotonga el 15 de julio de 1972, un desafiante McTaggart voló a su antiguo hogar en Vancouver, donde no había estado durante los últimos 15 años, e ignorando a quienes decían que era imposible, estaba determinado a llevar a un poder mundial a la corte: “Volví a Vancouver y comencé mi pequeña guerra con Francia”, aseveró.

A pesar de la descorazonadora falta de apoyo inicial, y de los altos costos para reparar el Vega, McTaggart conoció a un abogado llamado Jack Cunningham, experto en leyes marítimas, quien accedió a hacerse cargo de su caso.

Así, McTaggart escribió cartas a políticos y a personas que apoyaban la causa, y cuando casi había terminado su libro, Outrage, encontró a un pequeño editor local que le dio una cantidad por adelantado, misma que le envió a Nigel Ingram a Nueva Zelanda para comenzar las reparaciones del Vega.

Era abril de 1973, y siguiendo las noticias de que los franceses planeaban detonar una bomba de hidrógeno ese verano, McTaggart decidió volver a la zona de prueba. El apoyo a la causa había crecido y reunió recursos para reparar el Vega. Antes de volver, McTaggart recibió una oferta de 5,000 dólares de los franceses a cambio de que desistiera de su segundo viaje, misma que declinó, por supuesto.

Para entonces, todos los ojos estaban puestos sobre Mururoa, y la oposición a las pruebas francesas había alcanzado un punto álgido. Durante ese año se anunciaron boicots en Nueva Zelanda y Australia, naciones sudamericanas expresaron desacuerdo con la lluvia nuclear, y en Europa 200 manifestantes marcharon bajo la bandera de Greenpeace, de Londres a París, pero fueron detenidos en la frontera francesa por la policía. La fuerza física era la reacción estándar del gobierno ante el disenso.

Esa primavera unos 25 botes de protesta se preparaban para navegar hacia el sitio de Mururoa, y buques de guerra fueron enviados por los gobiernos de Australia y Nueva Zelanda, en lo que fue probablemente la primera vez que se utilizó infraestructura militar moderna para la protesta pacífica. Imperturbables, los franceses comenzaron las pruebas el 21 de julio.

El Vega abordado por comandos franceses en Mururoa, zona de pruebas nucleares. Agosto, 1973. © Greenpeace / Ann-Marie Horne

Pronto, el bote que comenzó todo, el Vega, estaba nuevamente en acción. Esta vez volvió a Mururoa en 21 días. La tripulación estaba conformada por Ann-Marie Horne, Mary Lornie, Nigel Ingram y por supuesto David McTaggart.

El 14 de agosto el Vega ya estaba solo: los buques de guerra de Nueva Zelanda y Australia habían dejado el área y otros dos botes de protesta también se habían retirado. A su llegada, el Vega fue inmediatamente acechado por un avión y un buque franceses, y el 15 de agosto McTaggart atisbó a tres botes yendo en dirección del Vega.

La tripulación se dio cuenta de que iban por ella. Trataron de escapar pero no fue posible. Mary y Ann-Marie tomaron fotografías mientras los comandos franceses abordaban el yate, y todo ocurrió muy rápido: pronto los comandos tenían amagado a McTaggart en el suelo, y lo apalearon hasta la inconciencia. Le golpearon la cabeza, las rodillas, la columna, y le hirieron gravemente el ojo derecho, mientras Ingram también era vapuleado.

La golpiza a McTaggart fue tal que tuvo que ser llevado a Tahití de emergencia, mientras que los otros fueron llevados a una base francesa. Durante el asalto, los comandos habían tirado por la borda la cámara de Mary, y decomisado la que ellos pensaban que había usado Ann-Marie durante el asalto, pero lo cierto es que había logrado esconderla y llevársela.

David McTaggart en el hospital tras ser golpeado por comandos franceses por protestar contra las pruebas nucleares en el Pacífico Sur, 1973. © Greenpeace / Ann-Marie Horne

El comando naval francés fabricó una historia para presentar a la prensa, que incluía que McTaggart se había golpeado a sí mismo al tratar de agredir a los franceses. Pero las 13 fotos de Ann-Marie llegaron a Greenpeace, que las entregó a la prensa: mostraban que los comandos estaban armados y que McTaggart había sido golpeado. Cuando este episodio terminó, aparecieron artículos sobre la salvaje golpiza en al menos 20 países, y los recortes de prensa llenaban 22 álbumes.

Fue una victoria real en otros términos, pues el 24 de septiembre de 1974, en la Asamblea General de las Naciones Unidas, Francia anunció que sus futuras pruebas nucleares se llevarían a cabo bajo tierra.

Pero para McTaggart no era un triunfo tan claro; estaba decidido a proseguir su caso en la corte. Vendió el Vega para reunir fondos y viajó a París para tratar de demandar a un gobierno que le bloqueaba la entrada.

El caso tomó dos años y, finalmente, el 17 de junio de 1975, ganó una victoria sustancial en el Tribunal Civil de París, cuando la corte dictaminó que la Armada Francesa era culpable de aplastar su bote y debía pagar daños. En el segundo y más serio cargo de piratería, la corte se consideró incompetente para juzgar, y aconsejó a McTaggart buscar otro tribunal.

McTaggart perseveró, y en enero de 1976 ese aspecto del caso fue escuchado, aunque no resuelto a su favor. Al final de la lectura del veredicto, el procurador hizo un comentario sorpresivo: “No debe negarse que McTaggart puede haber ayudado a persuadir al gobierno francés para decidir hacer pruebas bajo tierra, en lugar de atmosféricas (…) Es posible que la actitud de McTaggart, reforzada por las reacciones de ciertos países y ciertos grupos, causara que el gobierno de Francia lo pensara de nuevo”.

Fue una larga trayectoria la que llevó al Vega a tener éxito en sus viajes. Pero la cuestión estaba lejos de terminar.

 

Salvar a las ballenas

De Amchitka a Mururoa, la principal preocupación de Grenpeace hasta 1975 fue la cuestión de las pruebas nucleares, pero esto cambió radicalmente cuando la organización se volvió consciente de la emergencia de las grandes ballenas, en un momento en que muchas de sus especies eran llevadas a la extinción por la industria ballenera.

La figura central para el desarrollo de esta conciencia fue Paul Spong, un sicólogo de Nueva Zelanda que había sido despedido de su trabajo de investigación en el Acuario de Vancouver por indicar públicamente que su orca cautiva quería ser libre.

Pablo Spong (izquierda) y Bob Hunter (derecha). Mayo, 1976. © Greenpeace / Rex Weyler

Al principio, el grupo antinuclear dentro de Greenpeace resistió involucrarse en la cuestión de las ballenas, así que Spong y Robert Hunter desarrollaron las ideas iniciales bajo la bandera del Proyecto Ahab. Después de la muerte de Irving Stowe, en octubre de 1974, la Fundación Greenpeace cesó virtualmente sus funciones. El grupo conformado por el Comité del Proyecto Ahab integró el nuevo Greenpeace.

A principios de 1975 rentaron su primera oficina real, tres pequeños cuartos que pertenecían a un grupo anticontaminación, donde se instalaron para reunir dinero y financiar el viaje. Organizaron conciertos, vendieron camisetas, calcomanías, carteles y otros eventos.

Encontrar los botes que entrarían en acción fue fácil: los ya experimentados Phyllis Cormack y Vega (un profesor de leyes retirado, Jacques Longini, le había comprado el Vega a McTaggart y lo había puesto a disposición de Greenpeace).

Uno de los principales retos era localizar las flotas balleneras o los botes de Greenpeace acabarían rondando por el pacífico buscándolas. La tarea recayó en Paul Spong, quien a principios de 1975 viajó a Noruega, al Buró de Estadística Internacional de Pesca de Ballenas, donde se presentó como investigador de cetáceos, y obtuvo información para hacer cálculos aproximados para llevar a cabo el viaje.

Así, el 27 de abril de 1975 el Phyllis Cormack y el Vega zarparon de Vancouver. Ambos llevaban la bandera de Naciones Unidas y el nuevo símbolo adoptado para la campaña de las ballenas: la cresta de orca de los indios Kwakiutl. Unas 23,000 personas se reunieron en la Playa Jericó para verlos partir.

Durante días, los periódicos japoneses se llenaron con historias sobre la protesta, y el gobierno japonés amenazó con acción legal si Greenpeace interfería en la caza de ballenas. Como medio para incrementar la conciencia sobre el tema, la campaña fue un éxito.

Robert Hunter coordinaba la cobertura en medios, junto con el fotógrafo Rex Weyler. Esta vez toda la misión sería enteramente filmada. La tripulación incluía a Patrick Moore, Walrus Oakenbough, Paul Watson, Ramon Falkowski, George Korotva y Carlie Trueman.

Activistas de Greenpeace protestan en la popa de un buque factoría ballenero. Junio, 1975. © Greenpeace / Rex Weyler

Por las siguientes cuatro semanas los dos botes, operando fuera de una base del Puerto Winter en la Isla Vancouver, hicieron varios viajes en busca de ballenas. El 1 de junio los dos botes se separaron. El Vega se dirigió a Long Beach, mientras el Cormack navegó hacia el norte. Cinco días después, el Cormack alcanzó una transmisión de radio de un barco-factoría, cuya tarea era procesar a las ballenas capturadas por los botes arponeros.

En pocos días los barcos soviéticos estuvieron a la vista, a unos 80 kilómetros justo hacia el oeste de Eureka, California. Había una ballena muerta sangrando profusamente, y era demasiado pequeña: un bebé.

Entonces apareció un barco arponero amenazando con rociarlos con una manguera de alta presión. La tripulación inmediatamente trató de proteger el equipo fotográfico. Pero pronto el grupo tuvo una confrontación con el gigantesco barco-factoría. Mientras Easton y Weyler filmaban la sangre saliendo a chorros por un conducto de desecho del casco del barco arponero, y ante el asombro de la tripulación soviética ubicada en la plataforma del buque, los miembros de Greenpeace tomaron sus guitarras y entonaron canciones en contra de la caza de ballenas, tocándolas a todo volumen a través de bocinas.

El Phyllis Cormack entonces persiguió a otro buque arponero, que justo había bajado a seis ballenas a su fábrica a bordo y ahora iba a cazar más. Pronto el agua propulsada por los espiráculos de las ballenas fue claramente visible frente a los soviéticos. En minutos los botes inflables estaban en el agua. En uno, Hunter y Korotva alcanzaron la posición entre los arpones y las ballenas. Moore luchó por mantener su bote al lado de ellos. En la tercera nave, Watson y Easton eran golpeados por las olas. Pronto un arpón fue disparado justo sobre las cabezas de Hunter y Korotva, hundiéndose en una ballena justo junto a ellos, la granada del arpón explotó en la espalda del animal. El cable del arpón pasó a menos de metro y medio de Korotva y Hunter. La imagen fue capturada por las cámaras y pronto sería famosa. El New York Times publicó: “Por primera vez en la historia de la caza de cetáceos, los seres humanos han puesto sus vidas al frente por las ballenas”.

A pesar de que la criatura murió, las acciones de Greenpeace salvaron otras ocho ballenas de los arpones soviéticos. Luego el Cormack se dirigió a San Francisco, donde la prensa esperaba con una gran cantidad de personas que apoyaban la causa. Fotografías que mostraban a la tripulación de Greenpeace interponiéndose entre la ballena y el arpón fueron transmitidas por compañías de televisión de Estados Unidos, Canadá, Europa e incluso Japón, y la misión tuvo un éxito sin precedente.

Durante los siguientes dos años aparecieron grupos que se llamaban a sí mismos Greenpeace, desde Tennessee a Saskatchewan, sin embargo, todavía era una organización en ciernes, con sólo 30 trabajadores, aunque en San Francisco comenzó a formarse un sólido grupo que organizó campañas que permitieron que una oficina se abriera ahí en 1976.

En Vancouver, la oficina principal tenía una deuda que requería un manejo más profesional. Así que un grupo de directores se formó, con Hunter como presidente, y Moore, Korotva y Rod Marining como vicepresidentes a cargo de política, comunicaciones y operaciones, respectivamente. También contrataron a un administrador, establecieron una tienda y comenzaron su propio periódico.

Un barco ballenero ruso es rodeado por dos botes inflables de Greenpeace en el Pacífico Norte. 1976 © Greenpeace / Rex Weyler

A principios del verano de 1976, Greenpeace había reunido suficiente dinero para financiar una segunda misión contra los balleneros, que partió de Vancouver el 13 de junio, esta vez a bordo del James Bay, un buque de 47 metros suficientemente rápido para seguir a los balleneros y con espacio para 36 personas. “Si Rusia y Japón deciden seguir cazando ballenas, tendrán que hacerlo sobre nuestros cadáveres”, anunció Robert Hunter.

El barco de Greenpeace se lanzó a esta nueva expedición. Interfiriendo con una cacería en progreso en julio, a 2,250 kilómetros al suroeste de San Francisco, cuatro botes de Greenpeace formaron una barrera entre los botes soviéticos y una familia de pequeñas ballenas, haciendo imposible para los arponeros alcanzar sus blancos. Por un total de diez días, el barco de Greenpeace estuvo en confrontación con la flota soviética o en cercana persecución de ella. En cierto punto podían cruzarse con el buque ballenero y, a través de fuertes bocinas, lanzaban mensajes en seis idiomas para detener la caza.

De acuerdo con Paul Spong, durante su segunda campaña contra la caza de ballenas, Greenpeace salvó directamente a 100 cetáceos y, al mantener a los balleneros lejos de sus lugares normales de caza, indirectamente salvó otras 1,300 o más. Tal éxito resultó inspirador, pero estos fueron sólo los inicios de la batalla.

 

Sangre en el hielo

En el periodo entre los dos viajes para impedir la caza de ballenas, Greenpeace hizo suya otra causa de gran resonancia: cientos de miles de crías de foca de Terranova estaban siendo cazadas, especialmente por flotas comerciales de Noruega a Canadá. Los cazadores descendían a las zonas de crianza en febrero y marzo, cuando tenían apenas unas semanas, las golpeaban en la cabeza y les quitaban la piel sobre el hielo.

Para mediados de 1970, la caza intensiva había reducido considerablemente la población de focas. Pueblos indígenas y colonizadores tomaban focas adultas para consumir su carne, piel y aceite, por supervivencia, en cambio, los cazadores comerciales, tomaban las pieles de las focas bebés o muy jóvenes para hacer abrigos, guantes, botas de esquí y otros artículos de lujo.

La atención pública miró primero hacia la caza de focas. Una secuencia suponía representar la antigua lucha entre hombre y naturaleza, mostrando a focas recién nacidas siendo golpeadas hasta la muerte, sacudiendo a espectadores a través de Canadá y Estados Unidos.

Entre esos espectadores estaban Walrus Oakenbough y Paul Watson, quienes discutieron la caza a bordo del Phyllis Cormack al final del primer viaje por las ballenas en 1975. Su idea era viajar hacia Terranova y tratar de detener la masacre rociando a las crías con una inofensiva tinta verde para que sus pieles ya no fueran útiles para los cazadores, lo cual preservaría las vidas de las crías.

El 2 de marzo de 1976, la primera expedición de Greenpeace para salvar a las focas partió de Vancouver. Era a finales del invierno y las tormentas de nieve estaban azotando. Como si la terrible temperatura no fuera suficiente obstáculo, Greenpeace encontraría a un grupo de enojados habitantes de la zona bloqueando el camino hacia el pueblo. Conforme se acercaban, la multitud los empujaba. Pero la violencia fue efímera, y una reunión fue concertada para esa tarde, permitiendo a cada parte presentar su caso.

Paul Watson abraza a una cría de foca para protegerla de los cazadores. Marzo, 1976. © Greenpeace / Patrick Moore

Los habitantes no eran los únicos molestos con la interferencia de Greenpeace. El gobierno canadiense escribió apresuradamente una ley en contra de rociar focas y prohibió mover a las crías o situarse entre una foca y un cazador. Los activistas enfrentaban así la posibilidad de acabar en la cárcel.

En una acre reunión de 400 personas, Hunter anunció que, como gesto para los residentes de San Antonio, Greenpeace había decidido dejar a un lado el plan de rociar a las focas y entregaría la tinta al día siguiente. La decisión fue controversial y causó alboroto entre quienes apoyaban a Greenpeace, que lo vieron como rendición. La oficina de Greenpeace en Vancouver se inundó con llamadas de gente demandando de regreso sus donaciones. Pero Greenpeace no tenía la intención de rendirse, su táctica buscaba enfocar la atención en las flotas noruegas comerciales de caza de focas, no en la comunidad local.

El 15 de marzo, los helicópteros de Greenpeace llegaron al campamento base de Belle Isle, a unos 50 kilómetros al norte de San Antonio, listos para encontrarse con los noruegos. Con la prohibición de aterrizar a menos de 800 metros de las focas, los manifestantes tenían que hacer el camino a pie a través del hielo a las zonas de caza.

Mientras se acercaban, el aire estaba lleno de desesperados gemidos y gritos, las madres focas indefensas atestiguaban cómo sus crías eran brutalmente golpeadas y peladas. La sangre era visible incluso desde el helicóptero a más de 600 metros sobre el hielo. Al “Jet” Johnson, un miembro de Greenpeace, se ató a sí mismo a una cría, escudándola con su cuerpo del cazador. Esa acción se llevó a cabo repetidas veces. Una vez más, Greenpeace tenía éxito situándose entre el cazador y su presa.

Pero el viento y la tormenta forzaron a Greenpeace a evacuar el campamento base y a regresar a San Antonio para esperar que la temperatura mejorara. Usando los helicópteros, volaron 130 kilómetros al sur de su último encuentro con los cazadores, que estaban en plena acción y las pieles yacían por todas partes. Ahí, Robert Hunter y Paul Watson se situaron entre un enorme barco y una foca. Y las reacciones no se hicieron esperar, hasta que el barco retrocedió, pero sólo para impulsarse hacia delante y tratar de amedrentarlos. Finalmente, al levantar a la cría y tratar de ponerla a salvo, se cruzó en su camino un oficial de pesca, que empezó a leerles la enmienda del Acta de Protección de las Focas que prescribía que era un delito mover a una foca viva del hielo. Los miembros de Greenpeace lo hicieron, y comenzaron ahí nuevos problemas con las autoridades canadienses: al día siguiente oficiales del Departamento de Pesca reclamaron que los pilotos de los helicópteros estaban violando otras regulaciones de dicha acta porque habían volado más bajo de los 600 metros permitidos. Así que Greenpeace tuvo que pagar 10,000 dólares por cada helicóptero.

Paul Watson (izquierda) y Robert Hunter (derecha) bloquean el paso a un buque utilizado por los cazadores de focas. Marzo, 1976. © Greenpeace / Patrick Moore

Este acoso por parte de las autoridades caracterizaría la campaña en los años siguientes, pero Greenpeace no se detendría. A pesar de que las acciones del grupo salvaron sólo a un puñado de focas ese año, tendrían éxito una vez más atrayendo atención hacia la causa.

La “membresía activa” de Greenpeace era ya de 8,000 miembros, con 13 ramas en todo el mundo. Para 1977, la campaña de focas era internacional, incluyendo a gente de Noruega, Inglaterra, Estados Unidos y Canadá. La cúspide de la campaña fue la aparición en el hielo de la actriz francesa Brigitte Bardot; mientras atraía la atención, los activistas de Greenpeace intentaban detener a los cazadores noruegos. Después de una confrontación que mandó a Paul Watson al hospital con un hombro dislocado, los otros activistas continuaron con sus protestas, salvando crías y forzando a un barco cazador a retirarse, dejando 100 pieles detrás, en el hielo. Ese año por primera vez hubo una reducción significativa en el número de focas muertas.

A pesar de sus logros, la organización enfrentaba disputas internas que mermaron su efectividad. Hunter renunció como presidente y fue remplazado, el 20 de abril de 1977, por Patrick Moore. Paul Watson fue removido y más tarde formaría su propio grupo. Varios grupos se derivaron de la organización.

Durante 1976 y 1977, David McTaggart, aún luchando contra el gobierno francés por actos de piratería y daños al Vega, reunió a varios activistas que pronto formarían el núcleo de Greenpeace Europa. Trabajando desde París, McTaggart buscó fundar una oficina en Londres. Peter Wilkinson, otro integrante de Greenpeace, recuerda: “en 1977 cuatro personas dieron origen a Greenpeace Inglaterra, en una oficina prestada en Londres (…) y con mucha determinación”.

 

Frutos

La historia aquí vertida es sólo un atisbo al origen de Greenpeace. Apenas esboza el impulso y la pasión de sus primeros integrantes, que han inspirado a nuevas generaciones que conforman el equipo en México y en todo el mundo, así como a voluntarios, activistas, donadores y seguidores en general: equipos que han retomado de estos umbrales un motor para seguir actuando.

Acción de Greenpeace contra el vertido de desechos nucleares al mar. Junio, 1982. © Greenpeace / Pierre Gleizes

Estos son sólo algunos de los protagonistas, algunas de las acciones, unos cuantos sitios donde se han logrado cambios sustanciales; unos cuantos logros desde sus inicios:

- Moratoria a la cacería comercial de ballenas en aguas internacionales, en 1986.

- Prohibición de que se realicen ensayos nucleares a nivel atmosférico.

- Prohibición del vertido de residuos nucleares a los mares.

- Elaboración y entrada en vigor de diversos convenios internacionales que buscan proteger el medio ambiente: Convención de Estocolmo, Protocolo de Kyoto, Convenio de Basilea, Convención de Diversidad Biológica, Convenio de Cartagena, etc.

-Posicionamiento público de los delitos ambientales desconocidos por la sociedad (pesca ilegal en mares africanos, destrucción de la Amazonia para el cultivo de soya, la siembra y comercio de organismos transgénicos, la responsabilidad de las corporaciones en el deterioro ambiental) a fin de que sean castigados y revertidos.

A 40 años de las aguas congeladas rumbo a Amchitka, Greenpeace ha transformado el sueño en una consistente realidad que opera en los puntos más críticos del planeta: Estados Unidos, China, Brasil, Indonesia, Israel, Líbano, Rusia y una gran diversidad de sitios que ya alcanzan el continente africano.

Los límites continúan siendo el horizonte en el esfuerzo de Greenpeace: la defensa de las ballenas entre los témpanos del Océano Antártico, la protección de bosques y selvas lo mismo en los resquicios recónditos e intensos de la Amazonia que en el Gran Bosque de Agua, la negociación de convenciones y protocolos en las Naciones Unidas, o el trabajo conjunto de más de un millón de ciberactivistas que organizan campañas a través de Internet, son piezas en este vasto conglomerado en el que Greenpeace y cada uno de sus miembros actúa poniéndose a sí de por medio, para actuar a favor de la vida, de nuestro planeta, de todos nosotros.

En todos los lugares donde ha enraizado, Greenpeace ha defendido las premisas básicas de ser una organización global, ambientalista, no gubernamental e independiente política y económicamente.


Notas:

1. “No hagan olas. Es su falla si nuestra falla va”.
2. Bearing witness.
3. Don’t Make a Wave Comittee.

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