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En Agua Dulce, Veracruz, las deficientes operaciones de Pemex siguen 
dejando una estela de muerte.

En Agua Dulce, Veracruz, las deficientes operaciones de Pemex siguen dejando una estela de muerte.

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Agua Dulce, Veracruz, México — Agua Dulce, Veracruz. El lunes 24 a las 7 de la noche ocurrió otro accidente en las instalaciones de Pemex. Un ducto que transportaba nafta de la planta de Cactus, en Chiapas, a la de Cangrejera, en Veracruz, sufrió un desperfecto a 25 kilómetros de Coatzacoalcos y dejó escapar el combustible, en el municipio de Agua Dulce. Quizá se pensó que era un incidente menor, lo cierto es que Pemex tardó más de 12 horas en reaccionar, cuando el lúgubre amanecer reveló cadáveres de ganado, aves de corral y perros que había sido fulminados por una nube tóxica.

La región fue acordonada por el ejército, 1,200 personas fueron enviadas a albergues y la paraestatal se encargó de retirar toda evidencia para luego asegurar que el accidente era de escasa peligrosidad. Greenpeace acudió al sitio para constatar una vez más que la empresa prefiere ocultar los problemas en vez de remediarlos.

Apenas unos días antes, el jueves 20, Juan Bueno Torio, director de Pemex-Refinación, declaró: "Una empresa tan grande no está exenta de este tipo de problemas, pero hemos mejorado". ¿En qué? En cuidado al ambiente y en seguridad, según sus propias palabras. Cuatro días después la realidad fue contundente: un nuevo derrame, ahora de nafta, escurrió 800 metros hasta llegar al río Aguadulcita para desplazar por su cauce una nube letal.

El martes 25, los habitantes del municipio de Agua Dulce recibieron un golpe en cuanto abrieron la puerta de sus casas. El impacto del aire cargado de sustancias tóxicas auguraba lo peor. Afuera, les esperaban los cadáveres de decenas de vacas, así como borregos, gallinas y perros, todos ellos rígidos como si un impacto súbito y tajante les hubiera arrebatado la vida.

De poco les había servido su aguda sensibilidad para detectar el peligro, era como les hubiera golpeado un relámpago. Trabajadores de Pemex explicaron lo ocurrido: la nafta es un hidrocarburo de alta concentración, materia prima de algunos combustibles. Debido a su concentración, resulta sumamente tóxica.

Conforme avanzaba la mañana de ese martes, algunos habitantes presentaron síntomas de intoxicación. En una secundaria ubicada a la orilla del río Aguadulcita hubo niños afectados por hemorragia nasal. Cuando percibieron las dimensiones del accidente, las autoridades paralizaron la actividad de la zona. El personal del Ejército Mexicano y del Sector Naval Militar fue enviado a acordonar la zona donde se había presentado la fuga en tanto cuerpos de Protección Civil estatal desalojaban a los vecinos de 20 colonias y los trasladaba a albergues.

Tapar el sol con un dedo

Para la mañana el miércoles, Pemex había limpiado su desorden y sus funcionarios trataban de convencer a los medios de comunicación de que el accidente no había sido grave.

Ante la presión, el director general de Pemex, Luis Ramírez Corzo, quien había viajado a Agua Dulce, reconoció problemas operativos en los ductos de Pemex y admitió: "No tenemos totalmente evaluado el riesgo de nuestras operaciones", lo cual es grave pues dicha evaluación debe anteceder cualquier actividad industrial para no exponer a la población. Agregó que Pemex trabaja en una propuesta para declarar sus actividades tema de seguridad nacional.

Por su parte, el presidente municipal de Agua Dulce demandó acciones urgentes. Expuso que la ayuda no fue suficiente, que escasearon los medicamentos, que los pozos artesianos fueron contaminados, que los pescadores también fueron afectados, tanto con el derrame de Nanchital (22 de diciembre) como con este último. Advirtió que no bastaba con indemnizar, pues hasta la fecha esa comunidad no cuenta con rutas de evacuación, ni equipos de comunicación, ni sistemas de alarma, ni información acerca de los ductos que pasan por el municipio y de lo que transportan.

"Pemex ha operado por décadas aquí y la población merece más respeto", señaló.

Río de muerte

Los pescadores del ejido El Muelle aseguran que a ese litoral, donde se unen los cauces del río Tonalá y el río Aguadulcita, solían llegar visitantes para comer "el pescado más limpio" de la región. Ahora, los únicos visitantes son los integrantes de la Armada y los miembros de Seguridad Pública, que hacen cumplir la suspensión de la pesca hasta nueva orden.

La gente se queja, demanda ayuda. Es una comunidad con más 100 pescadores, más de cien familias que no fueron consideradas en la evaluación de daños de Pemex. Algunos nos confunden con representantes de la empresa, nos muestran las evidencias del daño: en la ribera del río flotan peces muertos.

Nos desplazamos en una lancha por el río Aguadulcita, pestilente, turbio, con destellos acrisolados por las manchas de hidrocarburo sobre su superficie. Sorprende el contraste entre la exuberante vegetación y el estéril río. A nuestro paso, como lirios flotantes, pasan cadáveres de peces. Uno que otro sobreviviente boquea en la superficie, en un intento inútil por sorber un poco de vida.

Flotan a nuestro lado chucumites, robalos, lizetas, mojarras, bagres, mayacastes, guavinas... En este río bastaron unas horas para erradicar la vida de la pesquería. Las garzas no discriminan, aprovechan estas insólitas facilidades para engullir peces.

Pero el ave que más abunda en esta zona es el zopilote. Bandas del carroñero revolotean sobre varios tramos del río; algunos destazan peces en la ribera. Fueron atraídos por los cadáveres del ganado, pero las labores de limpieza fueron rápidas y no les permitieron saciarse. Ahora se concentran en el único sitio que permanece como evidencia de un accidente más de Pemex.

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