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Los comentaristas coincidieron en señalar que ni California ni Baja California necesitan del GNL, un combustible riesgoso, con precios sumamente volátiles, proveniente de regiones políticamente inestables. California, por ejemplo, cuenta con los proyectos más ambiciosos de promoción de energías renovables; esto, que podría dar un giro a la política energética de Estados Unidos, sería trastocado por un uso generalizado de gas.
Por otra parte, Baja California tiene una reducida demanda de gas y sus necesidades energéticas podrían ser cubiertas con energía eólica y solar. Pese a ello, se han promovido dos proyectos para instalar plantas regasificadoras de GNL, en Costa Azul, cerca de Ensenada, y en las Islas Coronado, frente a las playas de Tijuana. Debido a su peligrosidad, estos proyectos fueron rechazados por varias poblaciones californianas. Ahora, se les pretende instalar en territorio mexicano para abastecer el mercado estadounidense.
Aprovechando la laxitud de las regulaciones mexicanas, estos proyectos de GNL han sido indiferentes a las indispensables medidas de seguridad. Además, podrían convertir a México en un basurero ambiental y contable, al tiempo que lo insertarían en un esquema de trasnacionalización energética ya definido desde 2001 en el documento Nuevos Horizontes, elaborado por el gobierno de Estados Unidos.