En enero de 2008, se definirá nada menos que el futuro de la agricultura: después de tres años de trabajo, la ONU definirá su enfoque para la agricultura y éste será adoptado por los gobiernos en Nairobi. Es muy probable que éste se convierta en el punto de referencia dominante para los próximos años y oriente las inversiones en este sector. Hasta el 22 de octubre se recibirán comentarios públicos. Seguramente, gobiernos e industrias ya presionan a favor de la agricultura industrial, con sus fertilizantes, plaguicidas, ingeniería genética y otras prácticas destructivas. Por ello invitamos a científicos, agricultores, consumidores, ecologistas y a todos los interesados a enviar sus comentarios o suscribir esta carta dirigida a la Secretaría de Naciones Unidas encargada de asesorar presupuestos para la agricultura.
La carta (
en inglés) tiene el siguiente texto:
Tiempo de cambioA quien corresponda:Saludo la iniciativa de la Evaluación Global de la Agricultura y la posibilidad de comentar el borrador actual de este reporte. Ha llegado el momento de reconocer las falsas promesas de la agricultura industrial, los transgénicos y otras propuestas tecnológicas que benefician a unos cuantos mientras afectan a la mayoría.
La agricultura actual, que consume grandes cantidades de energía y de agrotóxicos, se parece más a la minería que a la producción agrícola, tratando de exprimir la mayor cantidad posible de valor económico de cada pedazo de tierra, sin prevenir impactos socioeconómicos, ambientales y generacionales adversos. La agricultura industrial es uno de los principales causantes del calentamiento global a través de la emisión de gases de efecto invernadero y la destrucción de sumideros naturales de carbono.
Incluso cuando la agricultura industrial crea ganancias, no es sustentable en el largo plazo y daña las áreas rurales de las que depende nuestra provisión de alimentos; no cubre las necesidades de ingreso, seguridad alimentaria y alimentación diversa y saludable de las comunidades locales.
El futuro de la agricultura descansa en la biodiversidad y en una agricultura intensiva que trabaje con la naturaleza, no contra ella; una agricultura que se pueda adaptar a un clima cambiante y al mismo tiempo reducir gases de efecto invernadero. Millones de agricultores en todos los continentes están dando testimonio de que los cultivos orgánicos y biodiversos pueden incrementar la seguridad alimentaria, reponer recursos naturales y proveer de una mejor vida a los granjeros y a las comunidades locales.
Ello ocurre a pesar de que la inversión en los métodos de la agricultura sustentable sigue siendo mínima: globalmente, la mayor parte de la inversión en investigación y desarrollo rurales, tanto pública como privada, ha sido destinada exclusivamente a las necesidades de la agricultura industrial y de las corporaciones químicas.
Para realmente beneficiarnos del potencial de una agricultura saludable y biodiversa, se requiere un cambio radical en las prioridades de investigación: de ahora en adelante, la mayor parte de la inversión en investigación agrícola y difusión del conocimiento, tanto nacional como internacionalmente, debe ser enfocada a sistemas productivos biodiversos, que no contaminen la biosfera ni destruyan recursos naturales y que permita a las comunidades alimentarse a sí mismas y a otros con una dieta nutritiva, mientras aseguran sus modos de vida a través de su trabajo productivo.
Llamo a las instituciones de Naciones Unidas involucradas en la Evaluación Global de la Agricultura y a todos los gobiernos del mundo a:
- incrementar la inversión pública en investigación y desarrollo agrícola que priorice la agroecología y formas biodiversas de agricultura;
- evitar la visión de arriba hacia abajo de la “revolución verde” y construir sobre la base del conocimiento local y la experiencia campesina;
- descartar el uso de cultivos genéticamente modificados, porque se ha demostrado que no son una solución al hambre y la pobreza. Los cultivos genéticamente modificados están exacerbando los errores de treinta años de agricultura industrial;
- específicamente prohibir la liberación de organismos genéticamente modificados en centro de diversidad;
- asegurar el principio “el que contamina paga” para la agricultura: los costos ambientales y sociales de los sistemas productivos deben ser internalizados y se deben eliminar todos los subsidios destructivos;
- rechazar firmemente las patentes sobre plantas, animales y otros organismos, así como secuencias de ADN y prevenir la biopiratería y la expropiación del conocimiento indígena y local bajo el pretexto de los “derechos de propiedad intelectual”.
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