Una triste realidad de vivir en una ciudad como Chicago es que cada vez que leemos el periódico o escuchamos las noticias locales, nos enteramos de algún crimen trágico y sin sentido que se ha cobrado la vida de un inocente.

Nos indignamos, y exigimos justicia para aquellos que han perdido a sus hijos, padres, hermanos o cónyuges. En 1982, Chicago se enfrentó con un preocupante aumento de los homicidios y se mobilizó para detener la ola de violencia relacionada con armas.

De hecho, entre 1980 y 2006, unos 32.300 estadounidenses murieron al año debido a la violencia de armas de fuego (cifra que sólo es superada por accidentes automovilísticos en las muertes por lesiones).

Desde mi inicio como defensor del medio ambiente en el lado oeste de Chicago, me he preguntado por qué no somos capaces de sentir la misma sensación de indignación cuando el culpable de un crimen contra los inocentes no es un pistolero que busca dinero en efectivo, sino una corporación en búsqueda de mejorar su balance final.

Tal vez el impacto de las fechorías de una empresa son de una escala tan grande que para nosotros es difícil de imaginar. Según estudios realizados por la Clean Air Task Force y la Universidad de Harvard, la contaminación tóxica que se arroja desde las chimeneas de las plantas de carbón en Estados Unidos cada año, mata entre 13.000 y 34.000 personas.

Esta cifra desconcertante no incluye la contaminación de carbón – que representa un tercio de todas las emisiones de EE.UU y que impulsa al planeta a un cambio climático fuera de serie. Las vidas perdidas a la industria del carbón son tan reales y tan importantes como cualquier otra, al igual que el dinero que la industria se lleva de nuestros bolsillos sin que nos demos cuenta.

Según un estudio recientemente realizado por el Centro para la Salud y el Medio Ambiente Mundial en la Escuela de Medicina de Harvard, entre los costos del seguro médico por los ataques cardíacos, ataques de asma y otras enfermedades respiratorias, defectos de nacimiento, entre los daños a las comunidades por la minería en la cima de las montañas, la degradación del suelo, los residuos sólidos, el carbón y otros impactos; los costos ocultos del carbón llegan a un total de medio trillón de dólares anuales.

Esto es quinientos mil millones de dólares que usted y yo estamos pagando a la industria del carbón para que puedan continuar el envenenamiento de nuestras comunidades y obstaculizando el camino hacia energía limpia y renovable. Este costo masivo, público e invisible es tan sólo uno de los tantos trucos de contaduría utilizados por muchas empresas de servicios públicos para robar al público de miles de millones cada año.

Si esa escala es muy difícil de imaginar, tal vez deberíamos concentrarnos en un nivel más local. La ciudad de Chicago es el hogar de dos plantas de electricidad a carbón antiquísimas, propiedad de la filial de Edison International subsidiary Midwest Generation. Las plantas Fisk y Crawford arrojan millones de toneladas de contaminantes, incluyendo óxidos de nitrógeno, dióxidos de azufre y bario- que causan impactos en la salud como los mencionados anteriormente.

Las plantas producen más contaminación de carbono que cualquier otra fuente en Chicago. Y, de acuerdo a múltiples estudios, estas dos plantas matan a más de 40 personas de esta ciudad cada año. Si esos números le molestan, le deberían. Pero aún más escandaloso es esta cifra: el número de viviendas y negocios de Chicago que utilizan su energia es igual a cero.

Fisk y Crawford fueron construidos originalmente en 1903 y 1924 para proporcionar energía a la ciudad, pero desde que California Edison Internacional los compró en 1999, las plantas no han sido utilizadas para Chicago y en su lugar han vendido su energia a los mercados abiertos del Atlántico medio. Por lo tanto, estas plantas están enfermando y matando a los habitantes de Chicago para enviar energía a la Costa Este y las ganancias a California.

Para agregar sal a la herida, mientras que Edison afirma que el carbón es la única manera de preservar empleos en Illinois, en el sur de California están invirtiendo millones de dólares en la creación de empleos en energía limpia y verde. En lugar de la cúspide de industria de energía limpia encontrada en el sur de California, la ciudad de Chicago es estampada con $127 millones de dólares en costos de salud como resultado de estas dos viejas plantas de carbón.

Esta situación persiste debido a la falla de nuestro gobierno en tener el coraje de proteger a las personas. Los grupos de presión han destripado salvaguardias comúnes de salud pública, con el predecible resultado desastroso para la gente normal. Un ejemplo es el fracaso de la EPA para frenar la contaminación que brota de las chimeneas de la plantas a carbón, situación que luego de décadas de contaminación, ahora estan intentando corregir. Por desgracia, el fracaso también se extiende al gobierno de la ciudad de Chicago, que el mes pasado no votó a favor de la Ordenanza de Energía Limpia por el concejal Joe Moore, que habría controlado la contaminación de Fisk y Crawford.

Pero a veces se pasa por alto el hecho de que compañías como Edison tienen una responsabilidad real hacia las comunidades que los rodean. Fisk y Crawford son un buen ejemplo. Por la búsqueda de ganancias, Edison sigue funcionando las plantas de energía eléctrica que ya no son necesarias para Chicago, mientras que los habitantes se enferman y mueren.

La Coalición de energía limpia de Chicago, formada por más de cincuenta grupos locales, ha demostrado continuamente a Edison que la gente puede hacer frente al enorme poder destructivo de la industria del carbón. Las personas que han escrito cartas, se presentaron en las audiencias, marcharon, se reunieron y llamaron a sus concejales, son mi inspiración y nuestra gran esperanza para el futuro. Hoy, activistas de Greenpeace escalaron la chimenea de la estación de la calle Fisk para apoyar y asegurarse que el mensaje se escuche todo el camino hasta California.