Rex Weyler cuenta nuestra historia

Página - 6 mayo, 2009
Rex Weyler fue el primer Director de la Fundación Greenpeace, el editor del primer newsletter de la organización, y el cofundador de Greenpeace Internacional en 1979. Fue también fotógrafo y reportero en las primeras campañas de focas y ballenas de Greenpeace y ha escrito una de las mejores y más exhaustivas historias de la organización, “Greenpeace” (Raincoast, 2004). Su libro, “Sangre de la Tierra, una historia del Movimiento Indoamericano”, fue nominado al Premio Pulitzer. “Verde profundo” es la columna mensual de Rex, donde recorre las raíces del activismo y el ecologismo, y nos cuenta acerca del pasado, presente y futuro de Greenpeace. Mayo-junio 2009

Capítulo 15: Sobrepasando los límites

El calentamiento global es un síntoma de la indiferencia humana: el consumo y los desechos que sobrepasan la capacidad biofísica de la tierra. Si tratamos de bajar la fiebre, pero pasamos por alto la enfermedad, cuando mucho lograremos alargar el sufrimiento.

La mayoría de las especies, cuando se encuentran ante la situación de que hay abundancia de comida y carencia de depredadores, crecen más de lo que el entorno puede soportar. La langosta y los escarabajos del pino, devoran a su huésped y se destruyen. Las bacterias de una placa de Petri agotan la capacidad de alimentación y comen hasta morir. Esto es extralimitación.

En 1944, el ejército de Estados Unidos llevó 29 venados a la isla de St. Matthew, en el mar de Bering, para alimentar a los soldados.  No obstante, una vez terminada la guerra, los estadounidenses abandonaron la isla pero dejaron a los venados. Como no existían depredadores y había mucho liquen, el rebaño creció hasta alcanzar la cifra de mil venados en 15 años. Los biólogos consideraron que la isla podía haber sostenido al rebaño de mil venados, si éstos hubieran mordisqueado moderadamente de acuerdo con la capacidad de mantenimiento de la isla. Sin embargo, para 1965 el rebaño llegó a 6 mil venados. Entonces, en un sólo invierno, con el liquen arrasado, el rebaño se redujo a tan sólo 44 animales. Esto es extralimitación.

Los humanos y la Tierra

Los Rapanui de la Isla de Pascua, con una población de algunos centenares en el año 900 después de Cristo, ya habían sobrepasado la capacidad de la isla al cortar árboles para transportar las estatuas gigantes. 

Cuando la población Rapanui superó la cantidad de 7 mil habitantes en el año 1350 de nuestra era, el bosque desapareció y ellos se separaron en grupos que se dedicaron a pelear por los restos. Cuando los europeos llegaron en el siglo XVIII en busca de recursos para resolver sus propios problemas de extralimitación en el viejo continente, sólo quedaban unos cientos de Rapanui, luchando por sobrevivir en una tierra arrasada. 

A lo largo de la historia, los asentamientos y las ciudades han acabado con su entorno, desde las divisorias de aguas del Pleistoceno hasta el semidesierto de Estados Unidos, pasando por las llanuras aluviales de Mesopotamia. En estos casos, las comunidades pudieron emigrar, reubicarse o cambiar de fuente de alimento. Ahora, en el siglo XXI, la empresa humana ha ocupado todo el planeta. En esta ocasión, no podemos abandonar nuestra divisoria de aguas, tampoco podemos embarcarnos hacia una isla nueva o descubrir un nuevo hemisferio, pues ya se nos acabaron.

El nuevo sueño para mantener el consumo humano es la "innovación".  Nuestros supuestos líderes, tanto políticos como empresariales, negaron el calentamiento global por décadas. Luego, culparon a las manchas del sol, o afirmaron que podría ser algo bueno porque nos permitiría cultivar aguacates en Noruega y sacar petróleo del Ártico.

Ahora, escuchamos decir que a los industriales sí les importa el calentamiento global, observamos un tsunami de propuestas para crear una "economía verde", enfriar el planeta con aerosoles de sulfato, fertilizar los agónicos océanos con hierro, construir coches híbridos y construir sistemas gigantescos de "energía verde".

Algunos de los llamados "proyectos verdes" podrían realmente tener un papel importante en el futuro de la humanidad, pero no si nos apresuramos a tratar los síntomas en lugar de atender la enfermedad. Un amigo de Los Ángeles me dijo que antes uno veía Porsches por donde quiera y ahora todo el mundo trae un Prius. En Washington DC, los funcionarios modernos manejan autos deportivos eléctricos Tesla que cuestan 100 mil dólares. ¿El hecho de cambiar el Porsche por el Prius o el Tesla, realmente le sirve de algo al planeta? No, pues conlleva un costo en metales, plásticos, energía y CO2, el floreciente rendimiento de la extralimitación humana.

Sandy Di Felice, de Toyota Canadá, afirma que los clientes que buscan los productos verdes, en realidad no desean cambiar radicalmente su estilo de vida. Ese es el problema: los consumidores más voraces del mundo se aferran a la esperanza de que la tecnología logrará evitar que tengan que modificar sus estilos de vida.

Los que emprenden negocios tecnológicos, sus apologistas dentro del medio académico, y sus porristas políticos, se afanan frenéticamente por producir nuevos productos "verdes", pero definitivamente no atienden la causa del mal: el imprudente consumo que hace el ser humano de las riquezas naturales de la tierra. Necesitamos producir y consumir menos cosas, no más.

El trance tecnológico

El obrero que sólo cuenta con un martillo, todo lo ve como clavo. En Estados Unidos, el gobierno formal de Obama se propuso de inmediato resolver el problema del calentamiento global con las únicas herramientas con las que cuenta: el dinero y la ingeniería. En un mundo adicto al aumento del suministro energético, busca una cepa de la misma droga que sea más limpia y verde, al mismo tiempo que, de manera contradictoria, lanza diversos proyectos de carreteras listos para iniciarse y usa curitas para aliviar las inevitables consecuencias. 

El asesor científico de Obama, John Holdren, propuso lanzar a la atmósfera partículas de sulfato para obstruir los rayos del sol. Cabe señalar, para ser justos con Holdren, que también advirtió que sería mucho mejor resolver este problema reduciendo las emisiones de gases de invernadero.  Sin embargo, en abril, Holdren dijo que el calentamiento global es tan alarmante, que el gobierno de Obama está buscando tecnologías más radicales para enfriar el aire de la Tierra.

En 1971, el científico Paul Crutzen, propuso por primera vez la idea de enfriar la atmósfera con partículas de azufre, imitando una erupción volcánica, para reflejar la energía solar y contrarrestar el efecto de los gases de invernadero. Este plan atenúa los síntomas sin considerar la enfermedad. El calentamiento global es provocado por la quema de hidrocarburos y la deforestación, no por el sol. El sol no es nuestro enemigo.

Un programa para lanzar sulfatos a la atmósfera quemará más combustibles fósiles, origen del problema, y amenazará con destruir la capa de ozono, además de que podría volver más secos los climas del mediterráneo y del oriente medio. Obstruir al sol es ir hacia atrás para sostener lo insostenible.

Los ingenieros de la Universidad de Columbia están elaborando un "estropajo para el carbono" que podría eliminar 300 toneladas de carbono de la atmósfera cada año. Lo malo, es que la humanidad emite actualmente más de 20 mil millones de toneladas de carbono al año, con un incremento del 3% anual.

Captar incluso la mitad de este carbono mediante los estropajos, implicaría un gasto de más de 6 billones de dólares para empezar, más los gastos de funcionamiento, mantenimiento y reemplazo de los estropajos. Si el público pagara esto, equivaldría a un rescate para las compañías de energía, tan enorme, como el rescate bancario actual y daría paso a otra recesión global.

Lo más relevante, según lo señaló Herman Daly hace décadas en la publicación Steady State Economics, es que los remedios "geo-ingenieriles" en realidad nos vuelven más vulnerables. Una vez que apuntalemos nuestros hábitos insostenibles con contratecnologías, estaremos atrapados. Caeremos en la dependencia de arreglar las cosas mediante la tecnología y cuando las generaciones futuras no puedan sostener nuestros arreglos, la caída inminente será peor.

Daly también señaló que éstos son "costos" de nuestra sociedad, no "beneficios", ya que estos términos se confunden en el análisis del PIB. Debemos volver a la calidad de vida auténtica en lugar de cifrar nuestras esperanzas en estimular más crecimiento insostenible, más objetos y más actividad.

Cómo revivir los océanos

Las emisiones de carbono aumentan la acidez del mar, destruyendo los arrecifes de coral y contribuyendo a la desaparición de especies marinas. En teoría, el verter piedra caliza molida a los mares invertiría la acidez y fertilizarlos con hierro estimularía la fotosíntesis del fitoplancton, que absorbería más CO2.

Estas 'soluciones' podrían servir de algo, pero no son remedios libres de consecuencias.  El diluir hierro y piedra caliza en el océano imita el proceso natural que realiza el viento de llevar arena fina hasta el mar, pero existe un problema. Para que el fitoplancton pueda absorber el CO2, los organismos tienen que morir y asentarse en el lecho del mar. Un estudio publicado recientemente en la revista Nature mostró que los proyectos absorbieron mucho menos carbono del esperado.

De igual manera, las pruebas de fertilización con hierro realizadas por el Instituto Alfred Wegener "apagaron la esperanza sobre la posibilidad de que los mares del sur absorban cantidades importantes de bióxido de carbono y con ello mitiguen el calentamiento global." El hierro sirvió para que la población de fitoplancton Phaeocystis aumentara un poco, menos que en los florecimientos naturales, pero los copépodos consumieron con rapidez las algas blandas carentes de concha. Entonces, los copépodos se convirtieron en comida para los anfípodos, parecidos al camarón, y éstos resultaron alimento extra para calamares y ballenas. Esto es positivo, pero el experimento no probó que fuera posible absorber toneladas de CO2 en el fondo del mar de manera segura.

Cómo tirar los hilos de la tecnología

El grupo de expertos conservadores estadounidenses, el Enterprise Institute, que alguna vez negó el calentamiento global, ahora se trepa al carro y propone la construcción de "árboles artificiales", torres gigantescas que absorberán el bióxido de carbono del aire y lo almacenarán. Como en el caso de los estropajos, esta idea exige más materias primas y energía fósil, el origen del problema.

Otros, proponen fertilizar los árboles con nitrógeno para estimular la absorción del CO2, pero las altas concentraciones de nitrógeno producen óxido nitroso (un gas de invernadero), contaminan el agua del subsuelo y aumentan la demanda de agua, ya que al consumir mayores cantidades de nitrógeno, los árboles necesitarán más agua.

En un episodio de Discovery Channel, Proyecto Tierra, se probó la idea de lanzar desde el aire plantones de árboles encapsulados en material biodegradable, en lugar de plantarlos a mano como normalmente se hace. El proyecto fue un fracaso.

En el día de la tierra, el asesor especial de Obama para el Trabajo Verde, hablando de los beneficios sociales de la remediación del medio ambiente, dijo en CNN, "los árboles no se plantan solos". El Sr. Jones parece ser agradable y bien intencionado, pero plantea una de las ideas equivocadas más comunes en relación con la ecología de los sistemas naturales. Noticia de última hora: los árboles sí se plantan solos. Para ello sólo necesitan un bosque intacto. Las propuestas de lanzar árboles desde aviones y de construir gigantescos "árboles artificiales" surgen del delirio del industrialismo.

Las supuestas soluciones tecnológicas adolecen de errores fundamentales, porque sus diseñadores no saben nada de ecología. Pretenden preservar un estilo de vida de abundancia que resulta insostenible. No hacen las cuentas elementales del costo neto de la energía y del carbono. Exigen un suministro siempre creciente de materias primas y energía, pero no han hecho un estudio exhaustivo del ecosistema.

La humanidad se ha extralimitado. Cada día, sin que se comente nada en nuestros medios "informativos", degradamos la capacidad de aguante del planeta, añadimos seres humanos y nos estiramos un poco más sobre el despeñadero de la sustentabilidad, sin nada que pueda detener nuestra caída.

Lo peor, es que las propuestas de soluciones a partir de la tecnología obstaculizan las soluciones genuinas. 

La humanidad debe consumir menos, no más. Debemos reemplazar nuestra cultura automotriz "traga-petróleo" por una cultura de transporte mediante tren ligero. Debemos contener la agricultura, conservar las tierras de cultivo y la energía, reciclarlo todo, formar comunidades con capacidad de recuperación y establecer un sistema económico estatal estable. Si en verdad nos importa el calentamiento global y conservar la naturaleza, debemos establecer una población humana con medios no evasivos como los derechos de la mujer y la anticoncepción.  Debemos dejar el resto de la tierra en paz para que se recupere a través de procesos naturales.

Estos remedios genuinos exigen que las naciones y los consumidores ricos modifiquen su estilo de vida, pero no comprando autos deportivos híbridos. Sabemos que estos cambios son muy difíciles en política, pero son el único camino de vuelta al paraíso.

Rex Weyler -

Mayo/Junio 2009

 

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