
Pese a ser uno de los primeros países del mundo en ratificar el Tratado Global de los Océanos de Naciones Unidas, poco se está haciendo en la actualidad para proteger y conservar los ecosistemas marinos, claves para el desarrollo económico, social y cultural nacional.
05 de mayo, 2026. Con más de 4.000 kilómetros de costa continental -y sobre los seis mil si se consideran fiordos, canales e islas-, el mar forma parte esencial de la base ecológica, económica e incluso cultural del país. Tal es su relevancia en la vida nacional que en Chile se le dedica un mes completo: mayo, reconocido como el Mes del Mar.

La importancia del mar para las economías, la seguridad alimentaria y la identidad de cientos de comunidades que habitan en la costa chilena es enorme. Pero esta gran extensión de territorio costero y marítimo no sólo presenta enormes oportunidades para la población, sino también importantes desafíos que debemos resolver de manera cada vez más urgente.

La sobreexplotación pesquera, la acuicultura (especialmente la salmonicultura), la contaminación marina (petróleo, plásticos, descargas industriales y urbanas), la acidificación de los océanos, la crisis climática y el calentamiento de los mares y la pérdida acelerada de especies son algunas de las principales amenazas que hoy enfrentan los ecosistemas marinos en Chile y donde se requiere una respuesta contundente y con sentido de urgencia desde las autoridades.

“Nuestra sociedad tiene una alta dependencia de sus océanos, por lo que si estos ecosistemas colapsan se pierden empleos, ingresos y estabilidad económica, lo que afecta directamente a las comunidades locales, y también a toda la economía nacional”, asegura Silvana Espinosa, experta en Clima y Ecosistemas de Greenpeace Chile.
Es por esto que, a juicio de la especialista, cuesta entender la falta de acción del Estado chileno en torno a medidas de preservación y conservación oceánica: “Chile fue uno de los primeros países en ratificar el Tratado Global de los Océanos de Naciones Unidas, lo que representó un importante hito para la protección de la diversidad de nuestros océanos. Sin embargo, pese a que urgen señales y medidas concretas que avancen en la conservación de los ecosistemas marinos, sobre todo considerando la situación actual de degradación de los océanos de Chile y el mundo, tras la firma del tratado no se ha avanzado con la celeridad que se requiere”, explica Espinosa.

La salmonicultura, la segunda industria exportadora de Chile, se ha convertido también en una de las mayores amenazas para la preservación de los ecosistemas marinos, especialmente en la Patagonia. Su expansión ha dejado impactos significativos, como contaminación de fondos marinos, pérdida de biodiversidad, uso excesivo de antibióticos, escapes de especies exóticas, mala gestión de residuos y reiterados incumplimientos ambientales. “Lejos de ser hechos aislados, estos problemas reflejan un patrón recurrente, fuertemente asociado a la presión por maximizar la producción en entornos ecológicamente frágiles, incluso dentro de áreas protegidas, lo que vuelve urgente tomar conciencia sobre los riesgos que enfrentan tanto los ecosistemas como las comunidades costeras con su presencia”, puntualiza la vocera.
Para Espinosa, la situación de la comuna de La Higuera y el proyecto minero portuario Dominga es igualmente crítica: un proyecto de inversión que se tramita desde hace más de una década, que ha sido rechazado en múltiples ocasiones, con una línea base absolutamente obsoleta, pero que sigue presionando por la vía judicial para poder llevarse a cabo, y que de ejecutarse podría empujar a especies emblemáticas a la extinción (como el pingüino de Humboldt), afectando seriamente no sólo este ecosistema, sino también la calidad de vida de la comunidad local, dedicada a la pesca artesanal y el turismo.
“En este contexto, es fundamental que el Gobierno no solo avance en planes ambiciosos de conservación marina y costera -algo que, hasta ahora, no parece estar en el programa del Ejecutivo- sino que también revise críticamente aquellas iniciativas que pueden ir en sentido contrario. Propuestas como facilitar las relocalizaciones de la salmonicultura en la Patagonia o la promoción de proyectos de inversión que podrían ser destructivos -como Dominga- tensionan seriamente los esfuerzos de protección ambiental en ecosistemas ya altamente degradados. La coherencia entre desarrollo y conservación no es opcional: es una condición indispensable para resguardar el futuro de los mares y las comunidades que dependen de ellos”, concluye la especialista de Greenpeace.
En la actualidad, la cacería sigue siendo una amenaza para estos cetáceos, aunque otras causas ambientales también están afectando su supervivencia.
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