Los incendios forestales son una de las problemáticas ambientales más graves y recurrentes. Se repiten año a año, en todas las latitudes del mundo. Cada vez, las llamas devoran inmensas extensiones de bosques, pastizales y humedales provocando daños que perduran durante décadas y ponen en jaque a miles de especies, al suelo y a las comunidades.
© Astrid LAGOUGINE / Greenpeace
Argentina ya se encuentra en emergencia forestal por la pérdida sufrida entre 1998 y 2025, de una superficie similar a la de una provincia entera (7 millones de hectáreas) de bosques nativos. Por lo tanto, hablar sobre prevención resulta fundamental.
Por eso cada 18 de agosto, al conmemorarse el Día Mundial de Prevención de los Incendios Forestales, se tiene una nueva oportunidad para llevar el tema al aula, conocer por qué se producen los incendios, cuáles son sus impactos y, sobre todo, reflexionar junto a las y los estudiantes sobre qué podemos hacer para prevenirlos y proteger nuestros ambientes naturales.
Lo primero que debemos saber: en la mayoría de los casos, el fuego no se inicia de manera natural
A diferencia de lo que se suele creer, la mayoría de las veces, los incendios forestales tienen origen humano y pueden comenzar por una colilla, un fuego mal apagado o encendido en lugares no habilitados. Inclusive, en muchos casos hay una intención deliberada de comenzar el fuego, motivada por un interés económico.
El Sur de Argentina, una de las regiones más afectadas por los incendios forestales
El ejemplo más claro de la gravedad de los incendios forestales es lo que ocurre en el sur de nuestro país, donde 95% de los casos de incendios surge por causas humanas y es la principal causa de pérdida de bosques de la región.
De hecho, el reporte más reciente que realizamos desde Greenpeace -que procesó imágenes satelitales- demostró que durante la última temporada primavera- verano los incendios forestales arrasaron con más de 60.000 hectáreas de bosques andino patagónicos, esto es, una superficie equivalente a tres ciudades de Buenos Aires.

Los resultados indican, sin lugar a duda, que se trató de los peores incendios forestales de las últimas seis décadas en la región. “La superficie afectada por el fuego se duplicó en comparación con la severa temporada anterior (31.722 hectáreas), y fue diez veces mayor al promedio de pérdida de bosques patagónicos de los años 2022, 2023 y 2024”, afirma Hernán Giardini, coordinador de la campaña de Bosques de Greenpeace.
Es clave remarcar que esto no fue un fenómeno excepcional e imprevisible. La ciencia y el movimiento ecologista vienen alertando desde hace décadas sobre el impacto del cambio climático. Sequías prolongadas, veranos con temperaturas extremas y vientos intensos, convierten a la Patagonia en un territorio cada vez más vulnerable al fuego. Sumado a esto, la expansión descontrolada de pinos exóticos, especies altamente inflamables que agravan el riesgo y dificultan la regeneración de los bosques nativos.
Ante esta situación tan delicada, hay que considerar que “Los incendios forestales en Argentina no son eventos aislados. Son emergencias climáticas producto de la falta de prevención y el desfinanciamiento de las políticas de protección de los bosques. El 95% de estos incendios se inicia por actividades humanas, ya sea por negligencia o de manera intencional; esto nos demuestra que sólo con apagar las llamas no alcanza, la verdadera urgencia nacional debe estar puesta en tener un plan serio de prevención, más recursos e infraestructura y en tipificar la destrucción de los bosques nativos como un delito penal.”, agrega Agostina Rossi Serra, Licenciada en Ciencias Biológicas y especialista en biodiversidad de Greenpeace Argentina.
Entonces, ¿qué se necesita para prevenir incendios?
A nivel de los ciudadanos y ciudadanas, es importante concientizar en que visitar un área natural también implica asumir un compromiso con su conservación. Por lo tanto, en temporadas de alto riesgo, prevenir incendios forestales exige evitar cualquier fuego, cigarrillo, pirotecnia, herramientas con chispas o quema de residuos en áreas naturales. Además, si se está viajando, es clave estacionar y acampar solo en zonas autorizadas —lejos del pasto seco—, apagar por completo las brasas en zonas permitidas con abundante agua y alertar de inmediato a las autoridades ante el menor rastro de humo o fuego.
En cuanto a lo que le compete a los gobiernos, es urgente que dejen de negar o subestimar la crisis climática y aumenten considerablemente la cantidad de brigadistas e infraestructura para el combate temprano al fuego, tanto a nivel provincial como nacional. Pero también es evidente que el sistema de multas económicas no resulta suficiente para desalentar tanto los desmontes como los incendios, por lo que se debe prohibir y penalizar la destrucción de bosques nativos. Y si hablamos de cambio climático no podemos dejar de avanzar en una transición energética justa hacia las fuentes renovables.
Prevenir los incendios forestales es una tarea que nos involucra a todos y que comienza con la información, la conciencia y el compromiso cotidiano. Llevar esta problemática al aula permite que las nuevas generaciones comprendan el valor de nuestros bosques y ecosistemas, reconozcan los riesgos y se conviertan en protagonistas de su cuidado. Porque proteger nuestros ambientes también es una forma de cuidar nuestro presente y construir un futuro más sostenible.