El 5 de septiembre es una fecha muy especial: se conmemora el Día de la Amazonía, como una oportunidad para volver hablar sobre uno de los ecosistemas más complejos y fundamentales del planeta,una red de vida sofisticada y contribuye al equilibrio climático, hídrico y biocultural de Colombia, de Sudamérica y del mundo entero. 

Estamos hablando de una región que ocupa aproximadamente el 42 % del territorio continental nacional (de la cual, 80% corresponde a área selvática). Se la considera una de las regiones más biodiversas del mundo: habitan al menos 17.500 especies de flora y 3.700 especies de fauna, además de pueblos indígenas y comunidades que han protegido estos territorios durante generaciones. Entre sus confines, el jaguar se pasea por los corredores, la danta dispersa semillas, la nutria gigante nada en sus ríos, el águila arpía se posa en los grandes árboles y el tití ornamental transita entre sus bosques conectados.

Además, la Amazonía cumple funciones fundamentales para Colombia y para el continente como regular ciclos hidrológicos, almacenar grandes cantidades de carbono, conectar ecosistemas estratégicos y contribuir a la estabilidad climática. En otras palabras, su rol es central porque es uno de los ecosistemas estratégicos de nuestro país para mitigar la crisis climática, almacenando carbono, regulando la temperatura y regular la disponibilidad hídrica de todo el país. 

A pesar de ser relevante en tantos aspectos, la presión que ejerce la deforestación sobre la Amazonía es mayor presión que en cualquier otra parte de Colombia. De acuerdo con datos oficiales, en 2024 el 68 % de la pérdida nacional de bosque ocurre aquí, especialmente en departamentos como Guaviare, Caquetá y Meta, donde la ganadería extensiva ha sido identificada como uno de los motores principales del cambio de uso del suelo.

El daño que genera la deforestación va mucho más allá que la destrucción de árboles, también rompe corredores ecológicos, fragmenta hogares, altera ríos y debilita las relaciones que permiten que la Amazonía se regenere.

La deforestación de la Amazonía también golpea la vida urbana

Para quienes vivimos en ciudades, a veces, puede parecer que la Amazonía está ‘allá lejos’ y que nada tiene que ver con nuestro día a día. Sin embargo, ocurre justamente lo opuesto. 

Los “ríos voladores” de la Amazonía transportan enormes cantidades de humedad, alrededor de 20 mil millones de toneladas de vapor al día, generando las lluvias que alimentan nuestros ríos y cultivos en en el país y distintas regiones de Sudamérica. Cuando se deforesta, cada árbol que cae rompe el ciclo de lluvias. Como consecuencia, hay sequías más intensas y sedimentación en el río Magdalena. Es así que sin selva, el agua será más escasa y más costosa de tratar, y la comida más cara. Esto puede alterar los patrones de lluvia, afectando la disponibilidad de agua, la agricultura y aumentar la vulnerabilidad frente a sequías e incendios. 

Por eso, la crisis de la Amazonía no empieza ni termina en la selva.

Ley de Ganadería Libre de Deforestación: ya tenemos la herramienta para proteger la Amazonía, ahora exigimos que funcione 

Sin saberlo, podrías estar comiendo carne que vino de un Parque Nacional de la Amazonía arrasado. No es tu culpa: el sistema tiene vacíos y por eso la información nunca llega a ti. 

Pero tenemos una buena noticia: Este año Colombia dio un gran paso con la aprobación de la Ley 2585 de 2026, una victoria que fue acompañada por una amplia movilización ciudadana. Es decir,  la normativa busca que la ciudadanía pueda verificar, de manera sencilla y confiable, que la carne que compra no proviene de la destrucción de la Amazonía ni de usos incompatibles con el régimen de protección de los Parques Nacionales Naturales. Esto abre una oportunidad histórica para que la ciudadanía pueda acceder a información y verificar si las cadenas ganaderas están realmente libres de deforestación. 

© Ricardo Funari / Lineair / Gr

Pero todavía falta lo más importante: que funcione en la práctica. Para lograrlo, se requiere implementar un sello fuerte para que dejemos de comprar a ciegas y las y los colombianos sepamos a ciencia cierta si lo que consumimos está conectado con la destrucción de la Amazonía. El riesgo es que si se reglamenta sin información pública, trazabilidad real y mecanismos de verificación, puede convertirse en una etiqueta débil: una promesa de “libre de deforestación” que la ciudadanía no pueda comprobar. 

Un trabajador manipula carne de ganado en un matadero de Marfrig.
© Ricardo Funari / Lineair / Gr

Diciembre marca una primera ventana decisiva: vence uno de los primeros plazos clave para definir cómo se acreditará a los productores libres de deforestación. Lo que se decida ahora puede determinar si esta acreditación se convierte en una herramienta verificable para proteger el bosque o en una promesa difícil de comprobar. Después vendrán otras etapas de implementación, y Greenpeace seguirá vigilando el proceso. 

Tenemos tiempo hasta diciembre para exigir que el sello de carne libre de deforestación no sea una promesa vacía, sino una garantía real para la gente y para el bosque.

Exige poder comprobar con información real si lo que comes proviene de la deforestación de la Amazonía