
El 22 de mayo se conmemora el Día Internacional de la Diversidad Biológica. Este es un concepto que puede parecer un poco abstracto pero, en verdad, no lo es. La “diversidad biológica” es algo tan concreto como bello y refiere a la red formada por cada uno de los organismos vivos de la Tierra (insectos, aves, plantas, bacterias, hongos, mamíferos, anfibios, peces, el suelo vivo y los microorganismos que lo habitan, etc.) que, al interactuar y conectarse entre sí, conforman ecosistemas y mantienen el equilibrio del planeta.
Como especifica la Organización de las Naciones Unidas (ONU) enlazar a , la Diversidad Biológica “también incluye las diferencias genéticas dentro de cada especie -por ejemplo, entre las variedades de cultivos y las razas o líneas animales-, así como la variedad de ecosistemas (lagos, bosques, desiertos, campos agrarios) que albergan múltiples interacciones entre sus miembros (humanos, plantas, animales) y su entorno (agua, aire, suelo)”.
Esta red infinita y maravillosa de relaciones es lo que garantiza el equilibrio planetario y hace posible algo que no debemos olvidar nunca: permite la subsistencia de nosotros, los seres humanos, haciendo que esta tierra sea un lugar habitable para todos.



La Diversidad Biológica se extingue frente a nuestros ojos
Sin embargo, la realidad indica que a pesar de depender de ella (para alimento, medicina, vestimenta, agua y mucho más), la estamos perdiendo a un ritmo más rápido de lo que podemos recuperarla. La situación es crítica. Al punto que la crisis por pérdida de biodiversidad está considerada como parte de la tríada de la triple crisis planetaria, junto al cambio climático y la contaminación. En particular, en Argentina, esa destrucción silenciosa está sucediendo frente a ante nuestros ojos.
Este daño -muchas veces irreparable– es producto de los cambios en el uso de la tierra, entre ellos el avance de la frontera agropecuaria y de los intereses inmobiliarios, la sobreexplotación de recursos y el cambio climático.
En este contexto, este año el lema del Día Internacional de la Diversidad Biológica es «Actuar localmente para un impacto global». El foco de esta edición, entonces, está en incentivar acciones locales y comunitarias para frenar la pérdida de naturaleza, alineándose con las metas del Marco Mundial de Biodiversidad Kunming-Montreal (también conocido como El Plan de Biodiversidad), que establece 23 metas para 2030 y 4 grandes objetivos mundiales para 2050 con un propósito claro: detener y revertir la pérdida de la naturaleza.
Los nombres propios de la desaparición de la vida silvestre en Argentina
“Mientras organismos internacionales alertan sobre una crisis sin precedentes a escala planetaria —con un millón de especies en peligro de extinción de acuerdo a datos de la ONU—, en el país la pérdida y la afectación de la biodiversidad se traduce a nombres propios, impunidad de empresas y gobiernos y cicatrices profundas sobre los ecosistemas que difícilmente puedan ser remediadas”, apunta con precisión Matías Arrigazzi, especialista en biodiversidad de Greenpeace Argentina.
Arrigazzi hace otra observación clave cuando dice que “las grandes catástrofes ecológicas globales se ejecutan en lo local”. Basta pensar cómo, en el marco de los límites de cada nación y de cada provincia, cuando los permisos y las leyes de protección se flexibilizan y los gobiernos hacen la vista gorda, se destruyen miles de hectáreas de hábitats críticos en pos de intereses particulares y privados, eliminando así el refugio de la vida silvestre.

Para citar un ejemplo siempre actual, la deforestación y los incendios en el Gran Chaco y los bosques Andino Patagónicos —producto de la negligencia y la intencionalidad fomentada por la actividad ganadera y sojera— eliminan polinizadores clave para la agricultura sostenible como mariposas, colibríes, abejas y abejorros, al mismo tiempo que atacan directamente la soberanía alimentaria y el sustento de comunidades indígenas y campesinas.

En otro nivel de daño, quizás menos evidente, está el que se inflige a la microfauna del suelo y ecosistemas invisibles para el ojo humano; con la contaminación de acuíferos provocada por un pozo petrolero abandonado en Pichanal, Salta, o en el vertido ilegal de agroquímicos en el Río Paraná por parte de empresas como Atanor, que operaba en San Nicolás, Buenos Aires.

Es lamentable comprobar que los ejemplos de daños a la diversidad biológica, abundan. La masacre de pingüinos de Magallanes en el Área Natural Protegida Punta Tombo ocurrida en 2021, es otro de ellos que mostró cómo la codicia o la negligencia local pueden desvastar en minutos el ciclo reproductivo de colonias enteras de especies migratorias. Afortunadamente, la justicia local pudo aseverar la gravedad del daño y condenó al responsable por los cargos de daño ambiental agravado y crueldad animal.


Todo esto debería ser evidencia suficiente para entender que , como dice Arrigazzi, “No hay posibilidad alguna de alcanzar un futuro sostenible si seguimos tratando a la naturaleza como una zona de sacrificio y un recurso inagotable a explotar. La protección ambiental no es un lujo; es el soporte vital para la sociedad”. Ante esta realidad, el rol de la sociedad civil para fiscalizar se vuelve vital para poder denunciar los crímenes ambientales. Desde Greenpeace, no sólo le brindamos apoyo y trabajamos con todos ellos (asambleas movilizadas, organizaciones de la sociedad civil, comunidad científica, etc.). A su vez, reforzamos nuestro compromiso cotidiano de trabajar en la Educación Ambiental, acercando el mundo natural -y toda la maravilla y belleza que eso implica- a los argentinos y argentinas de todas las edades, para que no dejemos nunca de sentirnos parte de este planeta increíble, sabiéndonos hermanados con todas las formas de vida que lo habitan, y que es nuestra responsabilidad cuidar.


