Cada año llega una fecha que pone en evidencia una realidad preocupante: la humanidad consume los recursos naturales más rápido de lo que la Tierra puede regenerarlos. A ese momento se le conoce como el Día del Sobregiro de la Tierra, una alerta sobre el ritmo insostenible con el que utilizamos los recursos de nuestro único hogar.

El concepto surgió a partir de una idea del economista Andrew Simms en la década de 2000 y fue presentado a nivel mundial en 2006 por Global Footprint Network y la New Economics Foundation. Su propósito es mostrar el momento del año en que la demanda de recursos naturales supera la capacidad del planeta para sostenerlos.
Según cifras del Fondo Mundial para la Naturaleza, actualmente estamos consumiendo como si tuviéramos a nuestra disposición 1.8 planetas Tierra, pero solo tenemos uno. Esta cifra es un promedio global que oculta enormes desigualdades, ya que no todos los países contribuyen de igual manera a este consumo, estando los países del norte global muy por encima del resto de naciones.
No solo es el consumo de “recursos” que le benefician a la humanidad…
Pensar en el Día del Sobregiro como una preocupación únicamente por sostener la vida humana como la conocemos, es una visión bastante egocéntrica si no nos detenemos a reflexionar sobre que nuestra huella de carbón impacta ecosistemas completos, fauna diversa, sus modos de vida y reproducción,así como sustento de comunidades únicas que han vivido en armonía con la naturaleza, y la han defendido desde siempre.
Por mencionar algunos ejemplos:
En el Sureste
Los recursos de la Selva Maya están cada vez más amenazados por distintas actividades humanas: los megaproyectos de infraestructura fragmentan, desplazan y ponen en riesgo a especies en peligro de extinción; al mismo tiempo el crecimiento descontrolado de desarrollos inmobiliarios; turismo masivo que afecta recursos hídricos y destruye ecosistemas costeros y acuíferos; mega granjas de cerdos, que contaminan los cenotes y el agua subterránea con desechos fecales y afectan la salud de animales y de las comunidades.
Se han deforestado cerca de 10 mil hectáreas de selva por el crecimiento inmobiliario, el turismo masivo y los megaproyectos.

Recientemente en el puerto de Chuburna, Yucatán se ha denunciado una alerta de ecocidio por la construcción del complejo turístico Las Dunas, al señalar que el proyecto podría afectar la duna costera, los manglares y zonas utilizadas por la fauna silvestre para su alimentación y reproducción.
En el Norte
La Bahía de Ohuira, en Sinaloa, es un ecosistema de gran importancia por su biodiversidad y por ser una zona donde habitan especies como el camarón, un recurso fundamental para las comunidades pesqueras, así como delfines y el emblemático de la bahía: Pechocho, un delfín que se asentó en la bahía desde hace varios años y que es muy querido y visitado por la comunidad y el turismo. Sin embargo, justo ahora esa biodiversidad corre peligro ante una megaplanta de amoniaco que podría afectar la calidad del agua, los ecosistemas marinos y las especies que dependen de ellos. Además que la pesca de camarón, es una actividad esencial para la región, es decir, como actividad comercial, como fuente de alimento para las comunidades y para el mismo turismo.

En el centro
El Golfo de México se ha convertido en mucho más que un cuerpo de agua, ahora parece ser que es una zona de sacrificio ambiental. Pues a pesar de que es hogar de una enorme diversidad de vida como organismos microscópicos que nutren los suelos marinos, hasta especies majestuosas como tiburones, delfines y tortugas. Hoy ellos y su hábitat resisten ante la continúa amenaza de los derrames de petróleo, exploraciones de pozos, basura espacial, y megaproyectos tóxicos, como el fracking, que apuesta por mantener las energías fósiles a pesar de la evidencia del mal que generan.

O el proyecto del Parque de Economía Circular en San José Chiapa, Puebla, un proyecto de pirólisis de basura que lejos de ser una solución para el manejo de residuos, se convierte en una amenaza ambiental debido a que promueve un modelo lineal de tirar y desechar sin atender el problema de raíz, no cuenta con una manifestación de impacto ambiental y no se conoce la magnitud en que pueda afectar a las comunidades y la fauna y flora cercana. Dicho proyecto se ha intentado imponer desde una lógica vertical, sin valorar las demandas territoriales que buscan prevenir la contaminación de la zona y la incineración de desechos.
Perder áreas naturales, ecosistemas, recursos tan vitales como el agua y el aire limpio es perder el equilibrio. Es abrir la puerta a más enfermedades, inseguridad alimentaria y crisis ambiental.
No es solo cuidar lo que consumimos por nuestro futuro, sino el futuro de especies, territorios y vidas que no deben pagar por nuestra inconsciencia o desinformación.


